CAPÍTULO 14 #4
Antes de salir, Vera guardó la caja en un armario del mostrador, en un lugar donde no pudiera caer al abrir un cajón.
Después comprobó que la puerta del almacén estuviera cerrada y dejó una nota para los clientes que pudieran llegar mientras estaban fuera.
Alma se puso el abrigo y esperó junto a la entrada.
—¿Lista? —preguntó.
—Sí. Y, por si acaso, no voy a preguntarle a la flor si quiere acompañarnos.
—Quizá deberíamos hacerlo. Podría ser una flor muy sociable.
—O una flor con una agenda complicada.
Caminaron hasta la pequeña tienda de ultramarinos de la plaza, donde compraron pan, queso y una bolsa de mandarinas.
La dependienta les preguntó si la velada literaria había salido bien, y Vera le contó que habían vendido algunos libros y que varias personas nuevas se habían interesado por las próximas actividades.
No presentó el resultado como un triunfo extraordinario ni escondió que la situación económica de la librería seguía siendo delicada.
Dijo que era un buen comienzo, que aún tenía que hacer números y que esperaba repetir la experiencia en invierno si conseguía encontrar una fecha adecuada.
Alma escuchó con atención, interviniendo solo cuando Vera le preguntó algo sobre la promoción.
Le gustaba que pudieran hablar de los problemas sin convertirlos en un examen de su relación.
La librería no iba a salvarse porque ella estuviera enamorada de su dueña, y Vera no necesitaba que alguien le prometiera que todo saldría bien.
Necesitaba tiempo, ideas, clientes y quizá una manera de distribuir mejor el trabajo.
Alma podía ayudar con algunas fotografías y carteles si Vera lo quería, pero también sabía que debía seguir haciendo su propia carrera y respetar el hecho de que la librería pertenecía a Vera, con todo lo que eso significaba.
Al regresar, dejaron las compras en la cocina pequeña del fondo y prepararon una comida sencilla. La flor permaneció guardada durante un rato, hasta que Alma, mientras recogía las tazas, miró hacia el mostrador y sintió de nuevo la curiosidad de quien se encuentra ante una pregunta sin resolver.
—¿Crees que deberíamos buscar información sobre ella? —preguntó.
Vera estaba secando un plato.
—Podemos hacerlo. Pero no sé si vamos a encontrar algo útil con una descripción tan vaga.
—Naranja, pequeña, sin hojas, olor a manzana y canela, aparece espontáneamente dentro de un cuaderno.
—No estoy segura de que esa última característica figure en las guías botánicas.
—Podría ser una edición especial.
Vera dejó el plato en el escurreplatos y se volvió hacia ella.
—¿Quieres buscarla ahora?
Alma pensó en su portátil, en la cámara, en las fotografías que aún tenía que entregar.
Podía dedicar una hora a investigar variedades de flores y, probablemente, acabar en un foro de jardinería leyendo discusiones sobre el momento adecuado para podar rosales.
También podía esperar. La flor no iba a desaparecer por no tener un nombre antes de la hora de comer, y su desconocimiento no convertía el día en una emergencia.
—Me gustaría averiguar qué es —dijo—, pero no tenemos que resolverlo todo hoy.
—Qué sensata te has levantado.
—Es el efecto del queso.
—Entonces deberíamos comprar más.
Sacaron la caja del armario y la llevaron hasta la mesa del fondo.
Vera la abrió con cuidado, y Alma se inclinó para observar los pétalos.
La flor seguía tan fresca como por la mañana.
No había perdido color ni se había encogido, y el tallo mantenía la misma flexibilidad.
Alma rozó el borde de un pétalo con la punta del dedo, apenas lo suficiente para comprobar que no era una pieza de tela ni de papel.
Era delicado, ligeramente aterciopelado, y se movió bajo el contacto.
—Está viva —murmuró.
—Eso parece.
Vera acercó la mano, pero no tocó la flor. La observó en silencio y después levantó la vista hacia Alma.
—¿Sabes qué es lo que más me desconcierta?
—¿Que haya aparecido sin explicación?
—Eso también. Pero sobre todo que no haya estropeado ninguna página. Si hubiera estado ahí desde hace días, esperaría encontrar alguna marca, humedad, algo.
Alma miró el papel marfil. Estaba limpio, sin manchas ni pliegues nuevos. La flor parecía haber descansado sobre él sin dejar más rastro que su propia presencia.
—Podría haberse quedado atrapada en la cubierta y haber caído cuando abriste el cuaderno.
—Podría.
—O alguien pudo ponerla allí cuando no mirábamos.
—¿Quién?
—Una persona con muy buenos modales y una preocupante afición por las sorpresas botánicas.
Vera soltó una risa breve.
—Si descubro quién ha sido, le pediré que pague las facturas de la librería.
Alma cogió el móvil, pero en vez de fotografiar la flor abrió el buscador y escribió una descripción.
Los primeros resultados mostraron imágenes de caléndulas, crisantemos, flores de azafrán y algunas variedades ornamentales que se parecían a la que tenían delante.
Ninguna coincidía del todo. La forma de los pétalos era similar a la de una caléndula, pero el centro resultaba demasiado oscuro, y ninguna de las páginas consultadas mencionaba un aroma parecido al de la manzana y la canela.
Buscaron durante un rato, comparando imágenes y leyendo descripciones que se contradecían entre sí.
Vera le pidió a Alma que le leyera algunos fragmentos y le explicó que podía ampliar el texto en su propio dispositivo si lo necesitaba, pero que prefería escuchar mientras tenían las manos ocupadas.
Alma leyó los nombres latinos con una solemnidad exagerada, como si estuviera presentando a los sospechosos de un crimen.
Vera corrigió su pronunciación en dos ocasiones, aunque admitió que no estaba segura de cómo se pronunciaban algunos de aquellos nombres y que quizá ambas estaban inventando una nueva lengua.
No encontraron una respuesta. La flor podía pertenecer a una variedad poco común, a una planta ornamental que ninguna de las dos conocía o a una especie cuyo olor resultara difícil de describir.
También podía ser una flor perfectamente normal que, por alguna razón, hubiera llegado al cuaderno sin que ellas lo recordaran.
Todas las explicaciones parecían posibles, pero ninguna terminaba de cerrar la pregunta.
Alma dejó el móvil sobre la mesa.
—Podríamos llevarla a Maruxa el lunes.
—Si no se la come antes.
—No creo que se coma flores.
—No conoces a Maruxa.
—Empiezo a sospechar que Maruxa es la verdadera amenaza de este pueblo.
—Lo es desde hace décadas. Nadie se atreve a decirlo en voz alta porque vende las mejores castañas.
Alma volvió a reírse. Vera cerró la caja y se quedó con la mano apoyada sobre la tapa. El gesto tenía algo pensativo, aunque no parecía preocupada. Cuando habló de nuevo, su voz había perdido el tono de broma.
—Me gusta que no sepamos qué es.
Alma la miró.
—¿De verdad?
—No digo que quiera que todas las cosas de mi vida sean misteriosas.
Ya tengo bastantes problemas con las facturas, la vista y las personas que colocan libros donde no corresponden.
Pero esto… No sé. No parece pedirnos nada.
Está aquí, es bonita y huele bien. Podemos intentar averiguar de dónde ha salido, pero no tenemos que convertirlo en una prueba de nada.
Alma sintió que aquellas palabras le llegaban más hondo de lo que esperaba.
Había pasado mucho tiempo creyendo que todo lo importante exigía una decisión inmediata: aceptar o rechazar un trabajo, marcharse o quedarse, acercarse o retirarse antes de que alguien pudiera hacerlo por ella.
Incluso la felicidad le parecía algo que debía analizar hasta encontrar el riesgo escondido.
Vera no le estaba pidiendo que abandonara la curiosidad ni que fingiera que la flor no era extraña.
Le estaba recordando que también podían convivir con una pregunta abierta.
—Me gusta esa idea —dijo Alma—. Podemos dejarla estar un poco.
—Con la condición de que no la dejemos dentro del cuaderno para que se seque.
—Por supuesto. No queremos que nuestra primera investigación conjunta termine en un desastre botánico.
Vera volvió a abrir el armario y buscó un recipiente pequeño de cristal que había utilizado para guardar botones y piezas de decoración.
Lo limpió, lo llenó con un poco de agua y dejó la flor dentro.
El tallo se hundió apenas, y los pétalos se inclinaron hacia la luz que entraba por la ventana.
No parecía marchita, aunque Alma se dijo que quizá solo era cuestión de tiempo.
Las flores cortadas podían mantenerse frescas durante varios días si tenían agua, y no había motivo para esperar algo distinto de aquella.
Sin embargo, cuando Vera colocó el recipiente sobre el mostrador, el aroma de manzana y canela pareció hacerse más perceptible.
Alma se acercó para comprobarlo y volvió a sentir la mezcla cálida, acompañada por aquel olor vegetal que le recordaba a los caminos después de la lluvia.
No dijo nada. Vera tampoco. Quizá ambas estaban prestando más atención porque sabían que el olor existía; quizá la calefacción había empezado a funcionar y el aire movía algún aroma que antes no habían percibido.
La tarde transcurrió con la tranquilidad de los sábados lluviosos.
Entraron tres clientes, uno de ellos buscando una novela de misterio que Vera recomendó con entusiasmo, y una mujer que llevaba meses prometiendo visitar la librería y finalmente apareció para comprar un libro de poemas.
Alma ayudó a preparar un paquete de regalo, siguiendo las indicaciones de Vera para cortar el papel y colocar la cinta.
No se apresuró a corregir el modo en que Vera organizaba los materiales, ni supuso que debía hacerse cargo de las tareas que parecían más complicadas.
Cuando una etiqueta quedó torcida, Vera decidió rehacerla; cuando Alma no encontró las tijeras, preguntó dónde estaban y las devolvió a su sitio después de utilizarlas.