CAPÍTULO 14 #3
—Quizá deberíamos preguntarle a Maruxa. Ella parece saberlo todo sobre cualquier cosa que pueda crecer, venderse o comerse.
—Maruxa también me vendió cinco manzanas cuando yo solo quería cuatro. No sé si confiaría en su imparcialidad.
—Podemos preguntarle sin comprar nada.
—Eso sí que sería un error. Maruxa consideraría la consulta un servicio y nos cobraría en castañas.
Vera cerró el cuaderno despacio, pero antes de hacerlo dejó un pequeño espacio entre las páginas para no aplastar los pétalos.
Se levantó y buscó en uno de los cajones del mostrador una hoja de papel limpio.
Alma la observó moverse por el espacio conocido, con esa seguridad que nacía de años de trabajar entre estanterías y pasillos estrechos.
Vera no necesitaba que nadie le describiera dónde estaba cada cosa; sabía en qué cajón guardaba el papel de envolver, dónde dejaba las etiquetas adhesivas y cuánto espacio había entre el mostrador y la mesa auxiliar.
Cuando un objeto no estaba donde esperaba, preguntaba o lo buscaba con paciencia.
Alma empezaba a comprender que respetar su autonomía no significaba fingir que nunca había dificultades, sino permitirle decidir cómo quería resolverlas.
—Voy a buscar una caja pequeña —dijo Vera—. No quiero que la flor se quede aplastada entre las páginas mientras decidimos qué hacer con ella.
—Puedo mirar en el almacén si quieres.
Vera giró la cabeza hacia ella.
—Sí, gracias. En la estantería de abajo, junto a las bolsas de papel, debería haber una caja de las que usamos para los marcapáginas. ¿Puedes traerla?
—Por supuesto.
Alma fue al almacén y encontró tres cajas, dos paquetes de bolsas y una cantidad poco razonable de cintas decorativas que Vera había comprado para la velada literaria y después había olvidado.
Regresó con la caja más pequeña y la dejó en el mostrador, donde Vera preparó un lecho de papel suave.
No intentaron sacar la flor del cuaderno de inmediato.
Primero comprobaron cómo descansaba entre las páginas, después levantaron con cuidado una de las hojas y deslizaron una tira de papel por debajo del tallo.
Alma sostuvo la cubierta mientras Vera guiaba el movimiento, y entre las dos consiguieron trasladar la flor sin doblar los pétalos.
Cuando estuvo en la caja, parecía aún más improbable.
Su tamaño era modesto, apenas más grande que una moneda, pero el color tenía una intensidad que atraía la mirada.
No había señales de humedad ni de tierra, y el tallo estaba limpio, como si nunca hubiera estado unido a una planta.
Alma se inclinó para observarlo desde distintos ángulos.
La cámara seguía dentro de su bolsa, al otro lado del mostrador, y durante unos segundos sintió el impulso de sacarla para registrar aquel objeto tan extraño.
Era una reacción automática. Una flor desconocida, una luz interesante, una historia que todavía no comprendía: su mente ya estaba buscando el encuadre.
Podía hacer una fotografía con una profundidad de campo reducida, dejar el fondo de la librería desenfocado y utilizar la luz gris de la mañana para destacar el naranja de los pétalos.
Podía enviar la imagen a Inés, preguntarle si había visto alguna vez algo parecido y convertir la rareza en una anécdota que contarían dentro de unos años.
Pero Vera estaba a su lado, observando la flor con una expresión que Alma no quería interrumpir.
No sabía si aquello era simplemente una curiosidad botánica o si, de algún modo que no podía explicar, la había conmovido.
Tal vez lo más importante no era obtener una imagen, sino permanecer allí el tiempo suficiente para descubrir qué significaba compartir una pregunta sin tener que resolverla enseguida.
—¿Quieres que le haga una foto? —preguntó, en lugar de coger la cámara sin más.
Vera tardó un instante en responder.
—Podrías hacerla, si te apetece. Pero no hace falta que la fotografíes para que haya ocurrido.
Alma notó el peso de aquellas palabras, precisamente porque Vera las había dicho sin intención de convertirlas en una lección.
No era una crítica a su trabajo ni una invitación a renunciar a él.
Era una observación sencilla sobre el momento que estaban compartiendo, y Alma sintió que algo dentro de ella se aflojaba.
Durante mucho tiempo había creído que conservar una experiencia era una forma de protegerla, como si los recuerdos necesitaran pruebas para seguir siendo verdaderos.
Ahora empezaba a comprender que algunas cosas podían permanecer con ella sin pasar por una pantalla, una tarjeta de memoria o una explicación.
—Me apetece mirarla un rato —dijo—. Después, quizá, le haga una foto.
—Me parece un plan excelente.
Vera volvió a sentarse y Alma ocupó la silla de al lado.
Durante unos minutos hablaron de otras cosas, aunque la flor siguió presente en el borde de su atención.
Vera tenía que revisar el pedido de novedades y responder a dos correos de distribuidores; Alma debía enviar una selección de imágenes a una pequeña empresa de turismo rural que le había encargado fotografías para su página web.
Se pusieron a trabajar sin alejar la caja, y el día recuperó parte de su normalidad.
La librería olía a café, papel y madera húmeda.
La lluvia persistía en los cristales, pero había dejado de golpear con fuerza.
Alma editó tres fotografías desde el portátil, seleccionó una cuarta para hacer una corrección de color y respondió a un correo sobre las fechas de la campaña.
La agencia había escrito de nuevo aquella mañana.
Aceptaban en principio la estructura de trabajo que había propuesto, aunque necesitaban confirmar la disponibilidad del equipo y el calendario de las sesiones.
Alma leyó el mensaje dos veces, anotó las preguntas que tendría que plantear y contestó que estaba disponible para una llamada el lunes.
No había una garantía absoluta, pero el proyecto empezaba a parecer algo que podía encajar en su vida sin obligarla a tratar el resto como un obstáculo.
Vera, que había terminado de revisar el pedido, cerró el ordenador y se volvió hacia ella.
—¿Buenas noticias?
—Buenas noticias con asteriscos.
—Las mejores suelen venir así.
—Parece que aceptan trabajar por fases. Dos periodos presenciales y el resto desde aquí, si conseguimos organizar el calendario. El lunes hablaremos de fechas y presupuesto.
—¿Y tú qué quieres?
La pregunta no era nueva, pero Alma agradeció que Vera la formulara sin adornos.
Ya no le bastaba con contestar lo que sonaba sensato o lo que creía que una persona enamorada debía decir.
Quería aprender a distinguir sus deseos de sus temores, y eso requería admitir que algunas cosas podían ser ciertas al mismo tiempo.
—Quiero hacer la campaña —respondió—. Quiero que salga bien y que me sirva para conseguir otros trabajos.
También quiero seguir viviendo aquí. No quiero convertir cada oportunidad profesional en una mudanza ni cada relación en una razón para rechazarla.
Creo que puedo hacer ambas cosas, aunque todavía no sepa exactamente cómo.
Vera asintió despacio.
—Me alegro de que estés encontrando una manera de planteártelo.
—¿No te preocupa que tenga que irme durante esos periodos?
—Claro que me preocupa. Me gustaría verte, y si estás fuera te echaré de menos. Pero no quiero que me contestes a una pregunta que no te he hecho. No te estoy pidiendo que elijas entre la campaña y yo.
Alma bajó la mirada hacia sus manos. Había esperado que aquella conversación resultara difícil, pero escuchar a Vera decirlo con tanta claridad le produjo una mezcla de alivio y vértigo.
Una parte de ella seguía acostumbrada a convertir cualquier afecto en una negociación anticipada: si alguien la quería, tarde o temprano tendría que renunciar a algo; si ella quería a alguien, acabaría atrapada en una vida que no había elegido.
Vera no le estaba prometiendo que nunca habría conflictos ni fingía que las distancias serían irrelevantes.
Le estaba ofreciendo algo mucho más exigente: la posibilidad de hablar de lo que sucediera cuando sucediera.
—Me gustaría que estuvieras en mi vida mientras descubro cómo organizarla —dijo Alma—. No como una decisión que tengo que resolver antes de empezar la campaña. Como una persona a la que quiero seguir conociendo, incluso cuando no tenga todas las respuestas.
Vera apoyó el codo en el mostrador.
—Eso puedo entenderlo.
—¿Solo entenderlo?
—No voy a facilitarte las cosas demasiado. Tengo una reputación que mantener.
—La reputación de mujer misteriosa de la librería está en peligro desde que me dejaste ayudarte a colgar una guirnalda.
—No confundas confianza con falta de criterio.
Alma se echó a reír, y Vera sonrió con esa satisfacción tranquila que a ella le gustaba tanto.
No hubo promesas grandiosas ni un beso que sellara la conversación.
Vera se limitó a acercar la mano hasta encontrar la de Alma sobre el mostrador, y sus dedos se acomodaron juntos con una naturalidad que no borraba la incertidumbre, pero sí la hacía más llevadera.
La flor seguía en la caja.
Poco después del mediodía, cuando la lluvia se convirtió en una llovizna casi imperceptible, Vera propuso cerrar la puerta unos minutos para ir a comprar algo de comer.
Había pasado la mañana trabajando y no quería llegar a la tarde con dolor de cabeza por haber olvidado el almuerzo.
Alma aceptó con entusiasmo, sobre todo porque había descubierto que acompañar a Vera a hacer recados era una actividad mucho más agradable de lo que parecía.
No necesitaban transformar cada salida en una cita especial.
Podían comprar pan, discutir sobre qué sopa resultaba más adecuada para un sábado gris y detenerse a saludar a alguien que conocía a Vera desde hacía veinte años.