Un octubre para encontrarte CAPÍTULO 14 #2
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CAPÍTULO 14 #2

Había algo en la manera en que pronunciaba su nombre que seguía desarmándola.

No era una inflexión especialmente dulce ni una demostración evidente de afecto.

Era, sencillamente, la voz de alguien que se alegraba de que hubiera llegado, y Alma descubrió que no sabía muy bien dónde guardar esa clase de alegría.

Se acercó al mostrador y se inclinó para besarla.

Vera le rozó primero la mejilla con los dedos, como hacía a veces para localizarla cuando Alma se acercaba por un lado que no esperaba, y después volvió ligeramente la cabeza.

El beso fue breve, cálido y familiar de una manera que todavía resultaba nueva.

—Ahora sí —dijo Vera cuando se separaron—. Ya puedo enseñarte la cosa misteriosa.

—Espero que esté a la altura de mis expectativas.

—Tus expectativas son bastante difíciles de evaluar. Ayer dijiste que una empanada podía cambiar el rumbo de una tarde.

—Y lo mantengo.

—Entonces no sé si estamos preparadas para esto.

Vera cerró el cuaderno sobre el mostrador y señaló con la barbilla la pequeña puerta que comunicaba con el almacén.

Alma esperó a que le explicara qué necesitaba, pero Vera se limitó a levantarse y buscar algo en un cajón.

La vio sacar un sobre de papel, una goma elástica y, finalmente, el cuaderno de tapas cobrizas que Alma le había regalado unos días antes.

El objeto parecía todavía más bonito bajo la luz de la lámpara: la cubierta tenía un brillo discreto, como una hoja seca que hubiera conservado un poco de sol, y las esquinas empezaban a adquirir ese aspecto suave de las cosas que se utilizan en lugar de guardarse para una ocasión especial.

—Pensé que lo habías dejado en casa —dijo Alma.

—Lo traje ayer porque quería escribir una cosa después de cerrar. Luego tuve que revisar un pedido, llamé a una distribuidora y terminé discutiendo con una factura que, al parecer, considera que los libros se venden por intervención divina. Así que el cuaderno se quedó aquí.

—Quizá deberías probar a pagar las facturas con oraciones.

—Lo he considerado. De momento, los proveedores parecen preferir las transferencias bancarias.

Vera abrió el cuaderno por la primera página. Allí seguía escrita la nota que Alma había dejado al entregárselo:

Para las cosas que no queremos dejar pasar. No hace falta escribirlas todas ni recordarlas siempre. Podemos empezar por las que nos hagan sonreír.

Debajo aparecía la primera entrada, escrita entre las dos después de la velada literaria.

Vera había añadido una frase sobre la expresión de Don Ramiro cuando descubrió que alguien había colocado un sombrero de bruja sobre la cabeza de la figura de cerámica, y Alma había escrito que las galletas de jengibre estaban demasiado buenas para haber sido hechas por una persona que afirmaba no tener talento para la repostería.

—Quería enseñarte esto —dijo Vera, pasando con cuidado la yema de los dedos por el margen de la página—.

Anoche pensé en añadir otra entrada. Algo sobre la cena del jueves, quizá.

O sobre el hecho de que has conseguido besarme tres veces sin que se te caiga encima ninguna parte del disfraz de Halloween.

—La tercera vez no llevaba el disfraz.

—Por eso la cuento como una victoria.

—Me parece una clasificación injusta. La ropa normal también presenta dificultades técnicas.

Vera soltó una carcajada y Alma sintió aquella alegría familiar que empezaba a reconocer como una especie de brújula.

No quería convertirla en una promesa de eternidad ni utilizarla como argumento para ignorar los problemas que todavía tendrían que resolver.

Quería, sencillamente, que siguiera existiendo.

Quería descubrir qué otras cosas podían hacerla reír de aquella manera, qué silencios llegarían a compartir sin incomodidad y qué conversaciones difíciles serían capaces de mantener cuando la novedad dejara de facilitarles el camino.

Vera levantó la cubierta para buscar una página en blanco. Entonces se quedó quieta.

No fue un gesto dramático. No dejó caer el cuaderno ni contuvo el aliento de una forma evidente. Simplemente mantuvo los dedos inmóviles sobre el papel y frunció el ceño, como si hubiera encontrado una palabra que no encajaba en una frase. Alma se inclinó un poco para mirar por encima de su hombro.

Entre dos páginas, justo después de la primera entrada, había una flor.

Era pequeña, de un naranja intenso, con pétalos estrechos dispuestos alrededor de un centro oscuro.

No parecía una flor prensada, de esas que se vuelven frágiles y casi transparentes después de pasar semanas entre las páginas de un libro.

Los pétalos conservaban volumen y una curva delicada en los bordes; el tallo, fino como un hilo, descansaba sobre el papel sin haber dejado una mancha visible.

La flor parecía recién cortada, aunque no había ninguna gota de agua a su alrededor y el cuaderno llevaba días cerrado en el cajón del mostrador.

Alma tardó unos segundos en encontrar una explicación razonable.

Pensó en una flor de jardín que alguien hubiera dejado entre las páginas durante la fiesta, quizá una de las niñas que habían participado en la búsqueda del tesoro.

Pensó en que el cuaderno había podido quedarse abierto mientras ellas recogían las cosas y que alguna hoja se había desprendido de un ramo.

Pensó incluso que la flor podía haber estado allí desde el primer día, escondida en el pliegue de la cubierta, y que ninguna de las dos la había visto.

Pero ninguna de esas posibilidades terminaba de encajar.

Habían escrito en el cuaderno delante de la librería, lo habían cerrado juntas y después Vera lo había guardado en un cajón que solo ella abría durante la jornada.

Alma recordaba haber comprobado que no se doblaran las esquinas de las páginas porque quería que el regalo durase mucho tiempo.

Recordaba la cubierta, el papel marfil, la nota escrita con su letra. No recordaba ninguna flor.

—¿La has puesto tú? —preguntó Vera.

La pregunta fue tan directa que Alma agradeció no tener que fingir que no estaba sorprendida.

—No.

—¿Estás segura?

—Bastante. Mi memoria no es perfecta, pero creo que recordaría haber metido una flor en el cuaderno que te regalé. Sobre todo porque me habría parecido una idea muy bonita y habría estado esperando el momento de hacerme la interesante.

Vera acercó un poco el rostro, sin tocar la flor.

Alma notó que su expresión cambiaba: la curiosidad inicial daba paso a una concentración más cuidadosa, la misma que adoptaba cuando un cliente le describía un libro que no conseguía encontrar o cuando una palabra impresa se resistía a distinguirse con claridad.

No parecía asustada. Tampoco se apresuraba a descartar lo que tenía delante.

Estaba observando, reuniendo información y dejando que la pregunta permaneciera abierta.

—Yo tampoco la he puesto —dijo—. Y no parece una flor seca.

—No lo parece.

—¿Podría haberse caído de alguna decoración?

—Es posible. Aunque no recuerdo que tuviéramos flores naranjas en la librería.

—Tuvimos calabazas, telarañas falsas, murciélagos de cartulina y un fantasma que parecía una bolsa de patatas.

—Y una bruja con una escoba demasiado corta.

—No veo qué tiene eso que ver con la flor.

—Estoy intentando establecer el ambiente de la investigación.

Vera sonrió, pero no apartó la atención de la página.

Alma se quitó el abrigo y lo dejó sobre una silla antes de acercarse más.

El aroma llegó cuando inclinó la cabeza: una mezcla suave de manzana y canela, como la cocina de su apartamento cuando horneaba algo en una tarde lluviosa.

Debajo había un matiz fresco, vegetal, parecido al olor que dejaban las hojas al romperse entre los dedos.

No era un perfume añadido ni un olor fuerte que pareciera proceder de algún producto. Se percibía apenas, pero estaba allí.

Alma volvió a inclinarse para comprobarlo.

—¿Hueles eso?

—Sí —respondió Vera—. Manzana y canela.

—Exactamente.

—¿La has rociado con algún perfume?

—Vera, si quisiera hacer una sorpresa romántica, elegiría algo menos inquietante que una flor desconocida escondida en un cuaderno.

—No he dicho que sea inquietante. He preguntado si la has rociado.

—Y yo he respondido que no. Además, no sabría dónde encontrar una flor que oliera a tarta de manzana.

—En esta casa hay una persona que hace galletas de jengibre y afirma que no sabe cocinar. No descartaría nada.

Alma se llevó una mano al pecho, fingiendo estar ofendida, aunque la risa le ganó antes de que pudiera construir una respuesta.

La flor permanecía entre ellas, pequeña y perfectamente tranquila, como si no tuviera la menor conciencia del revuelo que acababa de provocar.

De pronto, la librería pareció más silenciosa.

La lluvia golpeaba los cristales con suavidad, y desde la calle llegaba el ruido amortiguado de un vehículo que cruzaba los adoquines.

En algún lugar del fondo, la calefacción hizo un chasquido.

—Vamos a necesitar una hipótesis mejor —dijo Alma.

—Podríamos empezar por una pregunta sencilla: ¿qué clase de flor es?

Alma había fotografiado jardines, ramos de novia, flores silvestres junto a caminos y plantas de interior que sus clientes insistían en incluir en los retratos familiares.

Conocía lo suficiente para distinguir algunas variedades, pero nunca había pretendido ser una experta en botánica.

Aquella flor tenía algo familiar en su forma, aunque el naranja de los pétalos era demasiado vivo y uniforme, y el centro parecía más oscuro que el de las especies que le vinieron a la cabeza.

No había hojas visibles, solo un tallo muy fino, sin espinas ni ramificaciones.

—Podría ser alguna variedad de caléndula —aventuró—, aunque no estoy segura. O quizá una flor de jardín que no conozco.

—¿Y el olor?

—Eso no lo sé. Las flores que huelen a manzana y canela suelen ser las que una encuentra en las recetas, no en los jardines.