Un octubre para encontrarte CAPÍTULO 14
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CAPÍTULO 14

LA FLOR QUE NO ESTABA ALLÍ

Alma había descubierto que salir con Vera Martín exigía aprender una forma distinta de medir el tiempo.

No porque Vera llegara tarde —de hecho, tenía una relación bastante más sensata con los horarios que ella—, sino porque algunos momentos parecían extenderse mucho más allá de los minutos que ocupaban.

Una taza de café compartida antes de abrir la librería podía acompañarla durante toda una mañana de trabajo; una mano apoyada en la suya mientras caminaban por una calle mojada podía volver a su memoria a media tarde, cuando estaba intentando decidir si una fotografía necesitaba más contraste o si llevaba veinte minutos mirando la misma imagen sin verla de verdad.

Y un beso, según había comprobado la noche de Halloween, podía seguir ocurriendo dentro de una persona incluso varios días después de haber terminado.

Lo peor era que no tenía intención de acostumbrarse demasiado deprisa.

El beso había sido maravilloso, sí. También había sido breve, un poco torpe al principio y mucho más natural de lo que Alma se había atrevido a imaginar.

Había sucedido bajo los farolillos de la librería, con el murmullo de la fiesta al otro lado de la puerta y el disfraz de fantasma de Alma deslizándosele de un hombro porque alguien había decidido que una sábana con agujeros para los ojos constituía una elección estética respetable.

Vera se había reído contra su boca cuando la tela volvió a caer, y Alma había pensado, con una claridad casi ofensiva, que llevaba años buscando una clase de felicidad que quizá no se parecía en absoluto a las cosas que había estado persiguiendo.

Desde entonces se habían visto varias veces, pero ninguna de las dos había intentado convertir aquellos primeros días en una declaración solemne.

Habían tomado café, compartido una comida improvisada y paseado por el pueblo cuando la lluvia concedía una tregua.

Se habían besado de nuevo, primero en la puerta de la librería y después, el jueves, en el portal de Vera, donde Alma había tenido que aceptar que no todas las despedidas necesitaban durar menos de diez segundos por miedo a que alguien interpretara el deseo como una promesa.

Habían hablado de volver a verse el sábado, de escribir otra entrada en el cuaderno y de la propuesta que Alma había enviado a la agencia para organizar la campaña sin tener que abandonar Galicia durante semanas enteras.

La respuesta de la agencia todavía no era definitiva.

Habían aceptado estudiar la estructura por fases que ella proponía, con dos periodos de trabajo presencial y tiempo intermedio para editar y coordinar desde su estudio.

Quedaban por cerrar fechas, presupuesto y algunos detalles de producción, pero por primera vez desde que había recibido la oferta Alma no sentía que tuviera que escoger entre dos versiones incompatibles de su vida.

Quería aquella campaña. Quería trabajar, viajar, conocer a la gente que formaría parte del proyecto y comprobar hasta dónde podía llevar su fotografía.

También quería despertarse en Galicia, conocer mejor a Vera y seguir encontrando motivos para regresar a la librería sin inventarse excusas relacionadas con las galletas.

Le parecía una combinación razonable, aunque su antigua costumbre de huir de cualquier cosa que pudiera importarle seguía apareciendo de vez en cuando, como una vecina entrometida que se asomaba a la ventana para preguntar si estaba segura de lo que hacía.

Aquella mañana, por ejemplo, se había sorprendido pensando que quizá era demasiado pronto para sentirse tan cómoda con Vera.

Habían pasado poco más de cinco semanas desde que entró en A Última Folla con un paraguas roto y una petición bastante vaga de novelas de Halloween.

Cinco semanas no eran nada. Cinco semanas podían ser el tiempo que duraba una mala racha de trabajo, un viaje improvisado o una suscripción que una olvidaba cancelar.

Sin embargo, también podían bastar para que una persona empezara a reconocer el sonido de tus pasos, supiera cómo tomabas el café y distinguiera cuándo estabas haciendo una broma porque algo te preocupaba de verdad.

Alma había aprendido algunas de esas cosas sobre Vera.

Vera, por su parte, parecía estar reuniendo información sobre ella con una discreción que resultaba mucho más eficaz que cualquier interrogatorio.

Sabía que Alma dejaba las llaves en el mismo bolsillo del abrigo y después pasaba dos minutos buscándolas, que se olvidaba de comer cuando editaba fotografías y que tenía la costumbre de mirar el cielo antes de salir de casa, aunque la aplicación meteorológica ya le hubiera confirmado que iba a llover.

Alma sabía que Vera prefería que le avisaran antes de mover algo de su sitio, que podía reconocer muchas ediciones de libros por el tacto de sus cubiertas y que se enfadaba con los objetos que no funcionaban, pero casi nunca con las personas que sí podían entender una explicación.

Lo que todavía estaban aprendiendo era qué hacer con todo aquello.

A las diez y cuarto, Alma estaba sentada en la cocina de su apartamento, con una tostada a medio terminar y el móvil junto al plato, cuando recibió un mensaje de Vera.

Alma sonrió antes de responder. La sonrisa le salió tan deprisa que se quedó un momento mirándola reflejada en el cristal oscuro de la pantalla, como si pudiera sorprenderse a sí misma en plena falta de prudencia.

La respuesta llegó poco después.

Alma dejó la tostada.

Guardó el móvil, terminó la tostada de dos bocados y fue a buscar el abrigo.

Antes de cerrar la puerta, se detuvo para comprobar que llevaba la cámara en la bolsa.

No la necesitaba para nada concreto, pero se había convertido en un gesto automático, una extensión de sí misma.

Durante años había utilizado el visor como una forma de acercarse al mundo sin exponerse demasiado a él: mirar a través de una cámara le permitía decidir qué quedaba dentro del encuadre y qué se quedaba fuera.

Había descubierto que también podía servirle de refugio.

Mientras fotografiaba, no tenía que preguntarse qué estaba sintiendo ni qué debía hacer con ello.

Aun así, no quería renunciar a su trabajo ni convertir cada costumbre en un defecto que debía corregir para merecer una relación.

La cámara era parte de su vida, y le gustaba que lo fuera.

Lo que empezaba a comprender era que podía dejarla en la bolsa cuando no la necesitaba, en lugar de sacarla cada vez que algo la conmovía por miedo a que el momento desapareciera.

La mañana estaba cubierta de nubes bajas.

Las hojas de los castaños se acumulaban junto a las aceras y la lluvia de la noche había dejado las piedras del pueblo oscuras y brillantes.

Alma caminó hacia el centro con las manos en los bolsillos, escuchando el repiqueteo de unas gotas que empezaban a desprenderse de los tejados.

En una ventana habían colocado una calabaza pequeña, ya algo arrugada, y en la plaza un hombre recogía las últimas guirnaldas de Halloween.

La fiesta había terminado hacía una semana, pero San Amaro das Follas parecía resistirse a retirar todos sus rastros.

Quizá nadie tenía demasiada prisa por admitir que el otoño avanzaba hacia la parte del año en que los días se volvían cortos y las tardes pedían una manta, una sopa caliente y una excusa para no salir de casa.

Alma conocía bien esa clase de resistencia.

Había pasado media vida marchándose antes de que las cosas pudieran cambiar demasiado y otra media convencida de que, si no se comprometía con ningún lugar, ninguna persona podría pedirle que se quedara.

Sin embargo, durante las últimas semanas había empezado a mirar el pueblo con una atención diferente.

No porque todo le pareciera más bonito desde que besaba a Vera, aunque era cierto que algunas calles le gustaban más desde que sabía que podían conducirla hasta ella.

Era algo más sencillo: estaba dejando de considerar su vida aquí como una estación de paso.

Cuando llegó a la librería, el letrero de A Última Folla se balanceaba apenas sobre la puerta.

Desde fuera vio a Vera detrás del mostrador, inclinada sobre una pila de libros.

Llevaba un jersey color teja y el pelo recogido de cualquier manera, con varios mechones sueltos alrededor de las orejas.

Tenía una mano apoyada sobre las páginas de un cuaderno abierto y la otra cerca del teclado de su ordenador.

La lámpara de escritorio estaba encendida, aunque la mañana no era especialmente oscura; Alma sabía que Vera había ido ajustando la iluminación de la librería a lo largo de los años, buscando un equilibrio que le permitiera trabajar sin que las luces demasiado intensas le resultaran incómodas.

Alma se quedó un instante al otro lado del cristal, observándola.

No levantó la cámara.

No se dijo que aquella imagen debía conservarse ni buscó mentalmente la distancia focal que habría utilizado para fotografiarla.

Se limitó a mirar a Vera, a reconocer la concentración de su rostro y el pequeño movimiento de sus labios cuando repasaba algo en silencio.

Después abrió la puerta y dejó que la campanilla anunciara su llegada.

—Si vienes a preguntarme si he secuestrado una cámara, la respuesta es no —dijo Vera sin levantar la cabeza—. Todavía no he recibido ninguna denuncia.

—He venido a ofrecerte una coartada.

—¿Para qué?

—No lo sé. Pero pareces una persona que podría necesitarla.

Vera sonrió y alzó el rostro hacia ella.

—Buenos días, Alma.