CAPÍTULO 13 #4
Vera guardó el teléfono, sonriendo. No insistió. Había aprendido que no todas las preguntas necesitaban una respuesta inmediata, y que a veces resultaba agradable dejar un pequeño espacio para lo inesperado.
Alma llegó a la librería aquella tarde, después de terminar sus encargos.
Llevaba una mochila, el abrigo húmedo y un paquete rectangular envuelto en papel marrón.
Antes de entregárselo, preguntó si Vera tenía un momento libre.
Vera terminó de atender a un cliente, cerró la caja y la invitó a pasar a la pequeña mesa del fondo.
Alma se sentó frente a ella y dejó el paquete sobre la madera, con una expresión que mezclaba nervios y satisfacción.
—No es un regalo de aniversario —dijo—. Ni una declaración de nada. Ni una forma de convencerte de que la librería necesita una inversión en papelería.
—Qué alivio. Ya estaba pensando que tendría que revisar el presupuesto.
—Es algo que vi y me hizo pensar en ti. Y en nosotras, supongo, aunque no quiero que eso suene demasiado solemne.
Vera sonrió y palpó el envoltorio. El papel era grueso, ligeramente rugoso, y estaba sujeto con un cordel fino.
Alma le explicó que podía abrirlo si quería, y Vera deshizo el nudo con cuidado.
Dentro había un cuaderno de tapas duras, cubiertas por una tela color cobre que cambiaba de tono cuando la luz le daba de lado.
El papel interior era de un marfil cálido, con un tacto suave y un gramaje suficiente para que la tinta no traspasara con facilidad.
En la primera página había una pequeña hoja seca prensada, colocada junto a una nota escrita a mano.
Vera pasó los dedos por la cubierta, recorriendo el borde y la textura del tejido.
Le gustó el color, aunque lo que más le llamó la atención fue la forma en que Alma había pensado en los detalles: el tamaño era cómodo para sostenerlo, las páginas se abrían con facilidad y no había adornos que dificultaran usarlo.
Era un objeto elegido para acompañar una vida real, no solo para resultar bonito al entregarlo.
—Es precioso —dijo Vera.
Alma soltó el aire que parecía haber estado conteniendo.
—Me alegro. Lo vi en una tienda pequeña de Pontevedra cuando fui a recoger unas copias impresas.
La mujer que los hacía me contó que utilizaba retales de tela para las cubiertas, así que cada cuaderno salía un poco distinto.
Pensé que te gustaría porque puedes usarlo para lo que quieras, no tiene fechas ni apartados que te digan cómo organizarte.
Vera abrió la primera página y leyó la nota. La letra de Alma era clara y ligeramente inclinada.
Para las cosas que no queremos dejar pasar. No hace falta escribirlas todas ni recordarlas siempre. Podemos empezar por las que nos hagan sonreír.
Vera se quedó un rato con los dedos apoyados sobre el papel.
Había recibido regalos más caros, más espectaculares y mucho más difíciles de guardar, pero aquel cuaderno tenía algo que le tocaba un lugar muy íntimo.
No le prometía que nada cambiaría, ni que Alma estaría siempre a su lado, ni que la librería sobreviviría a todos los inviernos.
Le ofrecía un espacio para registrar momentos, si le apetecía hacerlo.
Un lugar donde las cosas pequeñas podían quedarse sin necesidad de convertirse en grandes acontecimientos.
—¿Quieres que lo usemos juntas? —preguntó Vera.
Alma asintió.
—Si te apetece. Podemos escribir cosas que hayamos hecho, frases que nos hayan gustado, sitios a los que queramos volver o tonterías que no tengan ninguna importancia.
Y si un día prefieres escribir algo tú sola, también está bien.
No tiene que convertirse en una tarea ni en una prueba de que estamos haciendo las cosas bien.
Vera sonrió. Aquella última frase era tan propia de Alma que sintió una ternura profunda, mezclada con la certeza de que ambas estaban aprendiendo a construir algo que no se pareciera a sus miedos anteriores.
—Me gustaría —dijo—. Pero con una condición.
Alma se llevó una mano al pecho.
—Ya empezamos con las negociaciones.
—La primera entrada tiene que ser sobre Don Ramiro y su disfraz de espantapájaros. Es un acontecimiento histórico que no podemos permitirnos olvidar.
Alma se rio y se inclinó para besarla.
—Acepto. Aunque creo que el cuaderno merece una historia mejor.
—Podemos escribir las dos cosas. La historia de nuestro primer beso y la de Don Ramiro. No veo por qué una tendría que excluir a la otra.
Alma la miró con una expresión tan cálida que Vera sintió que el corazón se le apretaba un poco.
—Me gusta esa idea.
Vera abrió el cuaderno por la primera página en blanco.
Tomó el bolígrafo que guardaba junto al mostrador y escribió despacio, comprobando cada palabra con la ayuda de sus herramientas habituales cuando lo necesitó.
No quería que la letra quedara perfecta; quería que fuera suya.
Anotó la fecha, el título de la velada literaria y una frase sobre la manera en que la librería se había llenado de voces, libros y olor a manzana.
Después añadió que Alma había llevado demasiadas galletas y que Don Ramiro había intentado convencer a todo el mundo de que su disfraz era una obra de arte.
—Eso último es una interpretación sesgada —protestó Alma.
—Es un documento histórico. Debe ser fiel a los hechos.
—Exijo derecho de réplica.
—Puedes escribirlo en la página siguiente.
Alma tomó el bolígrafo y añadió una línea debajo de la de Vera:
La autora de esta entrada omite que las galletas salvaron la operación literaria y que Don Ramiro tenía razón sobre el arte contemporáneo.
Vera soltó una carcajada. Le gustó ver cómo la página empezaba a llenarse con dos letras distintas, dos maneras de mirar la misma tarde y una broma que probablemente no tendría sentido para nadie más.
El cuaderno no necesitaba convertirse en una crónica completa de su relación.
Podía contener fragmentos, notas, recuerdos que una de ellas hubiera considerado importantes y la otra apenas recordara.
Podía quedarse abierto durante semanas sin que eso significara que habían dejado de cuidarlo.
Era un objeto para usar, no una promesa que tuvieran que cumplir.
—Gracias —dijo Vera, acariciando la cubierta de tela—. No solo por el regalo. Por haber pensado en algo que no intenta arreglar nada.
Alma se quedó callada un instante.
—Supongo que estoy aprendiendo que no todo lo que importa necesita una solución. A veces basta con prestar atención.
Vera levantó la mano y le acarició la mejilla.
—Eso también me gusta de ti.
Se besaron sobre la mesa, con el cuaderno abierto entre ambas y la lluvia golpeando suavemente el escaparate. Cuando se separaron, Alma apoyó la frente contra la de Vera y sonrió.
—¿Crees que deberíamos escribir también el beso de hoy?
—No. Ese podemos recordarlo sin necesidad de archivarlo.
—¿Y si se nos olvida?
Vera volvió a besarla, breve y cariñosamente.
—Entonces tendremos que repetirlo.
Alma se rio y la abrazó con cuidado, dejando que Vera decidiera cómo acomodarse.
Permanecieron así un rato, sin hablar, mientras la librería seguía siendo la librería: un negocio pequeño con dificultades reales, una colección de historias que todavía podían encontrar lectores y un lugar donde Vera seguía tomando decisiones sobre su propio futuro.
Alma no había llegado para salvarlo ni para convertirse en la respuesta a todos sus temores.
Había llegado para conocerla, para compartir algunas tareas y para aprender a quedarse cuando la vida dejaba de parecer una escena romántica y volvía a ser, sencillamente, vida.
Antes de marcharse, Alma guardó el bolígrafo y ayudó a Vera a dejar el cuaderno en el cajón del mostrador, donde podría encontrarlo fácilmente.
Acordaron que la siguiente entrada la escribiría Alma, aunque Vera se reservó el derecho de revisar cualquier exageración histórica.
Después hablaron de la cena del viernes, de los plazos de la agencia y de la posibilidad de organizar otra actividad literaria antes de Navidad.
No tomaron ninguna decisión definitiva. Dejaron las ideas sobre la mesa, como quien coloca varios libros a la vista para elegir uno cuando llegue el momento.
Alma se despidió con un beso y salió a la calle, donde la lluvia había vuelto a convertirse en una llovizna fina.
Vera la escuchó alejarse por los adoquines y después regresó al mostrador.
Tenía pedidos que preparar, facturas que revisar y una lista de cosas que no podía resolver aquella tarde.
Pero también tenía una velada que había salido bien, una fotografía que quería conservar y un cuaderno color cobre en el que ya había escrito la primera página junto a alguien que no le pedía que dejara de ser quien era.
Cerró el cajón y pasó la mano por la madera, como hacía a veces cuando necesitaba un momento para ordenar sus pensamientos.
La vida no se había vuelto más sencilla.
Lo que estaba cambiando era su manera de habitarla: empezaba a dejar espacio para que otras personas la acompañaran sin entregarles las llaves de todo, y a aceptar que podía necesitar ayuda sin perder por ello la capacidad de decidir.
Quizá aprender a quedarse no consistía en aferrarse a alguien ni en prometer que nunca habría distancia. Quizá consistía en hacer sitio, una tarde cualquiera, entre las cuentas y los libros, para un cuaderno que todavía tenía casi todas sus páginas en blanco.
Y en confiar en que, cuando llegara el momento, podrían elegir juntas qué escribir en la siguiente.