Un octubre para encontrarte CAPÍTULO 13 #3
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CAPÍTULO 13 #3

—¿Con dos chistes malos?

—No. Hoy estoy dispuesta a ofrecerte silencio de calidad.

Recogieron juntas la sala. Alma apiló las sillas mientras Vera ordenaba las tarjetas y comprobaba que no quedara ningún libro fuera de su sitio.

Después lavaron las tazas en la pequeña cocina y guardaron las bandejas vacías.

Cuando terminaron, Vera se sentó en el sillón del fondo, apoyó la cabeza contra el respaldo y cerró los ojos.

Alma se acomodó en la silla cercana, sin sacar el móvil ni intentar llenar el silencio con una conversación.

Durante diez minutos, el único sonido fue el de la lluvia que empezaba a caer otra vez y el leve crujido de la madera cuando alguna de las dos cambiaba de postura.

Vera agradeció aquel descanso más de lo que habría sabido explicar.

No necesitaba que Alma se marchara para poder estar tranquila, ni necesitaba hablar para demostrar que disfrutaba de su compañía.

Podían compartir una habitación sin convertir cada pausa en una pregunta.

Podían estar juntas y seguir siendo dos personas distintas, cada una con sus pensamientos, su cansancio y sus formas de recuperar fuerzas.

Cuando abrió los ojos, Alma estaba mirando hacia la ventana, con las manos descansando sobre las rodillas.

Vera le tendió la mano y ella la tomó sin decir nada.

Se quedaron así un momento, con los dedos entrelazados, hasta que Vera sintió que el cuerpo empezaba a relajarse y la cabeza dejaba de repasar mentalmente la lista de tareas pendientes.

—Ya han pasado los diez minutos —dijo Alma al fin.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque he estado contando.

Vera levantó una ceja.

—Eso no cuenta como silencio de calidad. Has estado haciendo cálculos.

—Soy una persona llena de recursos.

—Y de defectos.

—Por eso soy interesante.

Vera se rio y se levantó para recoger el abrigo.

Antes de salir, revisó el cierre de la puerta y guardó las llaves en el bolsillo.

Alma la esperaba bajo el pequeño toldo de la entrada, con el paraguas abierto y una expresión que Vera reconoció como una invitación a acercarse.

Caminaron juntas hasta la casa de Alma, donde prepararon una tortilla de patatas, calentaron un poco de sopa y terminaron la última porción de bizcocho de manzana que quedaba en la cocina.

No hablaron demasiado de la velada. Vera contó una anécdota sobre Don Ramiro y sus recomendaciones literarias, y Alma le enseñó una fotografía en la que Maruxa aparecía señalando un libro con una expresión tan solemne que parecía estar anunciando una sentencia judicial.

Después de cenar, se sentaron en el sofá con una manta sobre las piernas.

Vera apoyó la cabeza en el hombro de Alma y escuchó el sonido de la lluvia contra la ventana.

La televisión permanecía apagada. No había ninguna necesidad de llenar la noche con otra actividad.

Alma le acarició suavemente los dedos, y Vera sintió que el silencio se convertía en una forma de compañía que no le exigía nada.

—Estoy orgullosa de ti —dijo Alma al cabo de un rato.

Vera levantó la cabeza.

—¿Por qué?

—Por la velada. Por cómo has llevado todo, por haber pedido ayuda cuando la necesitabas y por haber seguido adelante aunque estabas preocupada.

Vera sintió una mezcla de gratitud y resistencia.

No le gustaba que el hecho de vivir con una condición progresiva se convirtiera en una historia de valentía constante, como si cada tarea cotidiana tuviera que ser una hazaña.

Había organizado una actividad literaria, algo que hacía porque le gustaba y porque quería mantener viva su librería.

Había tenido un día cansado, sí, pero no quería que la felicitaran por existir en medio de sus propias circunstancias.

Alma pareció advertir el cambio en su expresión.

—Perdona —añadió—. No quería que sonara como si hubieras tenido que superar una prueba.

Vera respiró hondo y le apretó la mano.

—Gracias por decirlo. Me alegra que te haya gustado la velada.

Y sí, estoy contenta de haberla organizado.

Pero no quiero que cada cosa que hago se convierta en una demostración de lo mucho que puedo hacer a pesar de mi visión.

A veces organizo algo porque me apetece, porque es mi trabajo o porque me parece una buena idea.

Y a veces necesito descansar. Las dos cosas son verdad.

—Lo entiendo. No quiero convertirte en una historia sobre la que pueda decir cosas bonitas. Quiero conocerte, incluso cuando no estás haciendo nada extraordinario.

Vera sintió que aquellas palabras la alcanzaban con una delicadeza inesperada.

No porque Alma hubiera encontrado una respuesta perfecta, sino porque estaba dispuesta a escucharla y corregirse.

Vera no necesitaba que siempre acertara.

Necesitaba poder decirle cuándo algo no le sentaba bien sin que aquello se convirtiera en una pelea o en una razón para que Alma se retirara.

—Eso me gusta —dijo—. Aunque también puedes decirme que estás orgullosa de mí cuando te apetezca. Solo recuerda que no necesito convertirme en una heroína para merecerlo.

Alma se inclinó y la besó en la frente.

—Trato hecho.

Permanecieron un rato más en el sofá, hablando de cosas pequeñas.

Alma le contó que había terminado de revisar el calendario de la campaña y que al día siguiente enviaría una propuesta definitiva a la agencia.

Vera le preguntó cómo se sentía al respecto, y Alma respondió que estaba nerviosa, pero que por primera vez el nerviosismo no le parecía una señal de que debía abandonar el proyecto.

Había negociado unas condiciones que encajaban mejor con la vida que quería, y ahora le tocaba comprobar si la agencia podía aceptarlas.

Si no, tendría que valorar otras opciones.

No era una garantía, pero sí una decisión tomada desde sus propias prioridades.

Vera escuchó con atención y después le dijo que esperaba que la propuesta saliera adelante, porque sabía cuánto le importaba aquel trabajo.

Alma sonrió y le dio las gracias. No hubo ninguna promesa de que encontrarían la manera de resolverlo todo juntas, ni un discurso sobre cómo el amor podía adaptarse a cualquier calendario.

Hablaron de fechas, de posibles viajes y de cuándo podrían verse durante las semanas de trabajo presencial.

Lo hicieron como dos adultas que empezaban a incluirse en sus planes sin dar por hecho que una debía reorganizar toda su vida alrededor de la otra.

Cuando Vera se marchó, la lluvia había disminuido y el aire olía a castañas asadas de algún puesto que todavía seguía abierto en la plaza.

Alma la acompañó hasta la puerta y la besó con suavidad antes de despedirse.

Vera le dijo que le escribiría al llegar a casa, y Alma respondió que no tenía que hacerlo si estaba cansada, que ya se habían despedido y que no necesitaba demostrar nada más aquella noche.

Vera sonrió, le dio otro beso y se marchó con la sensación de que aquella libertad para no hacer algo era, precisamente, lo que le permitía hacerlo porque quería.

En casa, dejó el abrigo en la entrada y preparó una infusión.

La velada había sido buena, pero el cansancio seguía presente y la preocupación por la librería no se había evaporado.

Se sentó a la mesa de la cocina, abrió el cuaderno de trabajo y anotó los resultados de la tarde: número aproximado de asistentes, libros vendidos, gastos de las bebidas y nombres de las personas interesadas en participar en futuras actividades.

Después añadió una nota para revisar el calendario de diciembre y otra para llamar a uno de los proveedores.

No escribió que la velada había salvado la librería, porque no era verdad.

Tampoco anotó que había fracasado, porque tampoco lo era.

Había sido una tarde valiosa, con resultados modestos y posibilidades que todavía tendría que explorar.

Vera cerró el cuaderno y se permitió estar satisfecha sin exigirle al día más de lo que podía darle.

Antes de acostarse, recibió un mensaje de Alma.

Vera respondió:

Alma envió una foto de su mano sosteniendo una galleta.

Vera sonrió, dejó el móvil sobre la mesilla y se preparó para dormir.

Había algo reconfortante en aquella conversación insignificante, en la promesa de una galleta y en la certeza de que al día siguiente seguirían teniendo cosas que hacer.

No necesitaba que la relación se llenara de momentos extraordinarios.

Quería que pudiera habitar también aquellos espacios pequeños: un mensaje al final del día, una cena sencilla, una conversación sobre el trabajo y la posibilidad de descansar juntas sin tener que demostrar que estaban aprovechando el tiempo.

A la mañana siguiente, Vera volvió a la librería.

Revisó las cuentas, respondió a un correo del proveedor y escuchó el mensaje de una clienta que quería reservar dos libros para Navidad.

Después abrió el documento con las fotografías que Alma había seleccionado.

La imagen de la lectura seguía separada del resto, esperando a que Vera decidiera qué quería hacer con ella.

La revisó con sus herramientas habituales, amplió algunos detalles y pidió a Alma una descripción más precisa de la expresión que aparecía en su rostro.

Cuando terminó, comprendió que quería conservarla.

No necesariamente para publicarla, ni para convertirla en una imagen que representara todo lo que había ocurrido aquella noche.

Quería tenerla porque le recordaba un momento en el que había hecho algo que le importaba y había compartido ese momento con personas que la escuchaban.

Escribió a Alma para decírselo.

Alma respondió que prepararía ambas cosas y que le enviaría el archivo en un formato que pudiera ampliar sin perder calidad. Después añadió:

Vera miró el mensaje durante un instante. Le gustaban las sorpresas cuando no venían acompañadas de una obligación, aunque su curiosidad se despertó enseguida.