CAPÍTULO 13 #2
Aquella respuesta le gustó a Vera más de lo que habría esperado.
A veces, cuando alguien ofrecía ayuda, parecía necesitar que la otra persona aceptara también una especie de deuda emocional: una gratitud constante, una demostración de que el gesto había sido importante o la promesa de que volvería a recurrir a ella.
Alma empezaba a comprender que ayudar no tenía por qué colocarla en el centro de la vida de Vera.
Podía hacer algo útil, recibir un agradecimiento y continuar con su propia tarea.
Vera, por su parte, podía aceptar ese gesto sin sentir que había cedido una parte de su autonomía.
A las cuatro y media llegó la panadera con las empanadillas de manzana y una bandeja de pequeños bizcochos.
Detrás de ella apareció Maruxa, que traía una cesta de mandarinas y la firme convicción de que nadie podía celebrar una tarde literaria sin fruta.
Don Ramiro llegó unos minutos después, esta vez sin disfraz y con una bufanda tan voluminosa que parecía llevar una segunda cabeza debajo de la barbilla.
Se ofreció a colocar las bebidas, aunque Vera sospechó que su verdadera intención era comprobar quién acudía y poder contárselo después a medio pueblo.
Poco a poco, la librería empezó a llenarse.
Llegaron dos mujeres que participaban en el club de lectura de la biblioteca municipal, un profesor jubilado que siempre recomendaba novelas históricas, una pareja joven que acababa de mudarse al pueblo y varios vecinos que habían conocido la actividad a través de los carteles de Halloween.
También apareció una chica que trabajaba en la cafetería de la plaza y que, al entrar, le dijo a Vera que nunca había participado en una lectura pública porque le daba vergüenza hablar delante de otras personas.
Vera le explicó que podía limitarse a escuchar si lo prefería, y la chica pareció relajarse al descubrir que nadie iba a obligarla a leer en voz alta.
Cuando llegó la hora, Vera se colocó junto a la mesa de lecturas y dio la bienvenida a los asistentes.
No preparó un discurso demasiado largo. Agradeció a quienes habían ayudado con la organización, explicó el funcionamiento de la tarde y recordó que la idea no era demostrar quién sabía más de literatura, sino compartir historias que les hubieran acompañado en algún momento de sus vidas.
Mientras hablaba, escuchó cómo la gente se acomodaba en las sillas, cómo alguien dejaba un paraguas en el rincón y cómo el murmullo de la conversación se transformaba poco a poco en atención.
—Una librería es un lugar un poco extraño —dijo—.
La gente entra buscando una historia y, a veces, sale con otra que no sabía que necesitaba.
A mí me gusta pensar que no siempre venimos aquí a encontrar respuestas.
A veces venimos para descubrir que alguien más se ha hecho una pregunta parecida a la nuestra.
No sabía si aquella frase sonaría demasiado solemne, pero al terminar escuchó varias risas suaves y un aplauso espontáneo.
Se permitió sonreír antes de presentar la primera lectura.
El profesor jubilado leyó un fragmento de una novela que llevaba años recomendando sin conseguir que nadie le hiciera caso; después, una de las mujeres del club de lectura compartió un poema breve que había encontrado en un libro de segunda mano.
La chica de la cafetería, que al principio había preferido escuchar, terminó levantando la mano para recomendar una novela de misterio que había leído durante un viaje en tren.
Alma se movía por la sala con discreción.
Tomó fotografías cuando alguien le daba permiso, ayudó a acercar una silla a una mujer mayor que lo pidió y se aseguró de que las bebidas estuvieran al alcance de quienes las necesitaban.
En ningún momento se colocó delante de Vera para dirigir la actividad ni respondió en su nombre cuando alguien le hizo una pregunta.
Si un asistente le preguntaba dónde estaba un libro, Alma lo consultaba con Vera o señalaba la zona correspondiente, en lugar de asumir que podía reorganizar las estanterías por su cuenta.
Era una forma sencilla de colaborar, pero Vera notó el cuidado que había detrás de cada gesto.
A mitad de la velada, cuando tocaba pasar a la ronda de recomendaciones, una de las asistentes preguntó si podían elegir libros para alguien concreto.
La idea entusiasmó al grupo. Maruxa recomendó una novela de aventuras para su sobrino, Don Ramiro defendió con una seriedad desproporcionada una historia de detectives y la panadera aseguró que cualquier persona que no disfrutara de una novela con una buena historia de amor debía de tener el corazón demasiado ocupado.
La discusión se prolongó más de lo previsto y terminó con tres personas intercambiando títulos, dos vecinos prometiendo prestarse libros y una señora que confesó haber vuelto a leer por placer después de muchos años.
Vera observó todo aquello desde su lugar junto a la mesa.
La librería no estaba llena hasta el último rincón, pero había suficiente gente para que el espacio se sintiera vivo.
Las conversaciones se mezclaban con el olor de la manzana asada y el papel, y de vez en cuando alguien se acercaba a preguntarle por un título o a decirle que le había gustado una de las lecturas.
Vera sintió una satisfacción profunda, acompañada por el cansancio que empezaba a hacerse notar en la espalda y detrás de los ojos.
No era la felicidad perfecta que había imaginado alguna vez al pensar en su librería.
Era mejor que eso, porque no exigía que nada fuera perfecto.
Cuando terminó la actividad, varias personas compraron libros.
No fueron tantas como Vera habría necesitado para resolver los problemas económicos del mes, pero algunas se llevaron títulos que habían descubierto durante las lecturas y dos asistentes preguntaron si podían volver a la siguiente reunión.
La chica de la cafetería se acercó al mostrador y compró la novela que había recomendado, además de otra que Vera le sugirió después de escuchar sus gustos.
Antes de marcharse, le dijo que había disfrutado mucho de la tarde y que le gustaría participar de nuevo, quizá leyendo un fragmento la próxima vez.
Vera le agradeció la confianza y guardó el dinero en la caja.
Cuando la puerta se cerró tras la última persona, se quedó inmóvil unos segundos, escuchando el silencio que regresaba poco a poco a la librería.
Había sillas que recoger, tazas que lavar y tarjetas que ordenar.
También había una lista de gastos que tendría que revisar a la mañana siguiente.
Pero la velada había funcionado. La gente había venido, había hablado y había encontrado algo que llevarse consigo, aunque no todas las personas hubieran comprado un libro.
Alma se acercó con dos vasos de agua y le tendió uno.
—Ha sido una buena tarde.
Vera bebió un poco antes de responder.
—Sí. Creo que sí.
—No hace falta que lo digas como si estuvieras esperando que alguien te dé una nota.
Vera soltó una risa cansada.
—Estoy intentando no sacar conclusiones demasiado pronto. Han venido más personas de las que esperaba, pero las ventas no han sido suficientes para compensar todos los gastos. Me alegra que haya funcionado, pero sigo sin saber qué hacer con el invierno.
Alma asintió y dejó que Vera terminara de hablar. Después se apoyó en el borde del mostrador.
—¿Quieres que mañana revisemos juntas las fotografías y pensemos si alguna puede servir para anunciar la próxima actividad? Si te apetece, puedo prepararte también un pequeño calendario de publicaciones. Pero no tenemos que decidirlo ahora.
Vera la miró con una mezcla de alivio y afecto.
Alma había ofrecido una ayuda concreta, vinculada a su trabajo y a una tarea que podían hacer juntas.
No estaba prometiendo que las fotografías atraerían a cientos de personas ni que las redes sociales salvarían la librería.
Tampoco estaba convirtiendo el problema en una oportunidad para asumir el mando.
Simplemente había visto una posibilidad y se la estaba ofreciendo a Vera para que decidiera.
—Sí —respondió—. Mañana podemos mirarlo. Me vendrá bien tener otra opinión, sobre todo si me ayudas a elegir qué imágenes funcionan mejor. Pero quiero revisar yo los textos antes de publicar nada.
—Por supuesto. Tú decides qué contamos de la librería. Yo puedo ayudarte a encontrar la forma de contarlo.
Vera sonrió.
—Esa frase te ha quedado muy bien.
—Llevo toda la tarde esperando una oportunidad para decir algo inteligente.
—Pues has tenido que esperar bastante.
Alma se echó a reír y le dio un beso en la mejilla.
Vera giró un poco la cabeza y encontró sus labios en un beso breve, cálido y familiar.
Habían empezado a besarse hacía apenas unos días, pero aquel gesto ya no tenía el vértigo de la primera vez.
Seguía produciéndole una alegría especial, aunque ahora se mezclaba con la naturalidad de compartir una tarea, recoger unas sillas o discutir sobre la mejor manera de anunciar una actividad.
—¿Te apetece cenar conmigo? —preguntó Alma—. Puedo preparar algo sencillo. O podemos pedir comida, si hoy has terminado de negociar con las responsabilidades de la vida adulta.
Vera pensó en el cansancio que sentía, en la lista de tareas que quedaba por hacer y en las facturas que tendría que revisar por la mañana.
Una parte de ella quería quedarse sola, cerrar la puerta y disfrutar de una hora de silencio sin tener que conversar con nadie.
Otra parte deseaba pasar un rato más con Alma, sin que aquello significara renunciar a su descanso ni convertir cada encuentro en una prueba de compromiso.
—Me gustaría cenar contigo —dijo—. Pero necesito que me ayudes a recoger primero y después quiero sentarme diez minutos sin hablar de la librería.
—Puedo hacerlo. Y los diez minutos de silencio están incluidos en el servicio.