Un octubre para encontrarte CAPÍTULO 13
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CAPÍTULO 13

APRENDER A QUEDARSE

El día amaneció con una lluvia fina que parecía haber olvidado cómo terminar.

No era el aguacero de las noches anteriores, sino una llovizna persistente que empañaba los cristales, oscurecía los adoquines y dejaba las hojas pegadas al suelo como cartas que alguien hubiera decidido no recoger.

Vera la escuchó desde la cama mientras calculaba, con esa mezcla de esperanza y temor que se había convertido en una compañera habitual, cuántas personas podrían acudir a la velada literaria de aquella tarde.

Había preparado las lecturas, confirmado la asistencia de los participantes y enviado recordatorios a los vecinos que se habían interesado durante Halloween.

También había revisado las previsiones de gastos dos veces, aunque sabía que ninguna cifra iba a cambiar por mirarla con suficiente intensidad.

Lo que no había calculado era cuántas veces pensaría en Alma antes de levantarse.

Desde el sábado, los recuerdos de sus besos aparecían en los momentos más inoportunos: mientras buscaba las llaves, al ordenar los libros que tenía pendientes de devolver a los proveedores o cuando intentaba concentrarse en una conversación y descubría que estaba sonriendo por una frase que Alma había dicho dos días atrás.

No era una distracción desagradable. Al contrario, le gustaba aquella sensación de llevar consigo algo cálido, una pequeña certeza que no necesitaba exhibir para saber que estaba allí.

Lo que le resultaba extraño era que la ilusión no hubiera reducido el resto de sus preocupaciones.

La librería seguía teniendo dificultades, su visión continuaba cambiando y el futuro de ambas estaba lleno de preguntas.

Sin embargo, por primera vez en mucho tiempo, Vera no sentía que debía resolver todas aquellas cuestiones antes de permitirse disfrutar de algo bueno.

Se levantó, se preparó café y consultó el programa de la velada mediante el lector de pantalla.

La tarde estaba organizada en tres partes: una conversación inicial sobre los libros elegidos, lecturas breves de algunos asistentes y un pequeño intercambio de recomendaciones en el que cada persona podría sugerir una novela para alguien a quien no conociera demasiado.

Vera había querido que no fuera una presentación formal ni una sucesión de discursos, sino una reunión en la que los libros sirvieran de excusa para que la gente se escuchara.

No esperaba llenar la librería ni conseguir que la actividad resolviera sus problemas económicos.

Quería comprobar si aquel lugar todavía podía reunir a personas que, de otro modo, quizá pasarían la tarde en casa sin saber muy bien qué hacer con la lluvia.

Sobre la mesa de la cocina había una lista de tareas escrita la noche anterior.

Revisar las sillas, comprobar el micrófono, preparar las tarjetas de recomendaciones, colocar las bebidas y llamar a la panadería para confirmar que el pedido estaría listo antes de las cinco.

Vera recorrió la lista con la punta de los dedos, tachó una tarea que ya había completado y añadió otra: Preguntar a Alma si puede traer el adaptador de la cámara .

Después se quedó mirando aquella última anotación y sonrió.

Había algo íntimo en incluir a otra persona en una lista de cosas por hacer.

No era una declaración romántica ni una prueba definitiva de que estuvieran construyendo una relación, pero significaba que Vera había empezado a imaginar su presencia en el día antes de que llegara.

No como una sorpresa que irrumpía en su rutina, sino como alguien con quien podía contar para una tarea concreta, siempre que ambas lo hubieran hablado.

Aquella diferencia importaba. Vera había pasado mucho tiempo defendiendo su independencia como si aceptar cualquier ayuda fuera una grieta por la que pudieran entrar todas las decisiones ajenas.

Ahora empezaba a comprender que elegir apoyarse en alguien no tenía por qué significar entregar el control.

A veces, pedir ayuda era precisamente una forma de decidir.

Al llegar a A Última Folla , encontró un mensaje de Alma.

Vera contestó mientras abría la puerta.

Alma respondió con una carcajada escrita y un corazón.

Vera guardó el móvil, encendió las luces y dejó que el olor familiar de los libros la recibiera.

La librería estaba más desordenada de lo habitual.

En el escaparate seguían algunos adornos de Halloween que no había tenido tiempo de retirar, las sillas se apilaban junto a la pared y una caja de novelas esperaba sobre el suelo para ser revisada.

Aquel desorden no la inquietó tanto como esperaba.

Había aprendido a calcular qué tareas podía hacer con comodidad y cuáles requerían más tiempo, y había preparado el espacio para no tener que improvisar demasiado cuando empezaran a llegar los asistentes.

La primera hora pasó entre comprobaciones.

Vera ajustó el tamaño de letra de las tarjetas digitales, verificó el documento de las lecturas y probó el micrófono hasta asegurarse de que no producía aquel zumbido que había amenazado con invocar a un demonio durante Halloween.

Colocó las sillas formando un semicírculo y dejó un pasillo despejado hacia la mesa de las bebidas.

No quería que las personas tuvieran que sortear bolsas, cajas o muebles para encontrar sitio, y había preparado las indicaciones para que cualquiera pudiera orientarse sin tener que preguntar cada dos minutos dónde estaba cada cosa.

Aun así, cuando terminó de colocar la última silla, sintió que el cansancio empezaba a acumularse en los hombros.

Se sentó un momento detrás del mostrador y cerró los ojos.

La visión borrosa de las últimas semanas no había desaparecido por haber dormido bien, y la luz de la mañana le resultaba incómoda después de varias horas mirando la pantalla.

No era un dolor intenso, sino una fatiga que le pedía bajar el ritmo antes de que el cuerpo lo hiciera por ella.

Se masajeó suavemente la sien y bebió un poco de agua.

Durante unos segundos pensó en todas las tareas que todavía faltaban, en la posibilidad de que hubiera cometido un error en las invitaciones o de que acudiera tan poca gente que la sala pareciera vacía.

Después se recordó que podía pedir ayuda.

No era una idea nueva, pero todavía tenía que practicarla.

Se le daba bien decirle a otra persona que podía contar con ella; le costaba bastante más reconocer cuándo era ella quien necesitaba que alguien se quedara un rato a su lado.

No quería convertir esa dificultad en una prueba de carácter.

Si algo había aprendido durante las últimas semanas era que no tenía que ganarse el derecho a descansar demostrando primero que podía hacerlo todo sola.

Cogió el teléfono y escribió a Alma.

La respuesta llegó enseguida.

Vera dejó el móvil sobre el mostrador y sintió que la tensión de sus hombros disminuía apenas un poco.

Alma no había preguntado si estaba segura, ni había insistido en que descansara, ni había convertido la petición en una oportunidad para demostrar que sabía cómo cuidar de ella.

Había preguntado qué necesitaba y se había puesto en marcha.

Aquello no significaba que siempre fuera a entenderlo todo a la primera; ninguna persona podía hacerlo.

Significaba que estaban aprendiendo a hablarse, y que ambas podían corregir el rumbo cuando hiciera falta.

Alma llegó con la lámpara portátil, el adaptador de la cámara y una bolsa de papel que, a juzgar por el olor, contenía bastante más que una cantidad razonable de galletas. Dejó sus cosas junto a la mesa, se quitó el abrigo y miró a Vera con una sonrisa que no intentó ocultar.

—Buenos días, librera.

—Ya es casi mediodía.

—Buenos días de todas formas.

—¿Has venido a trabajar o a discutir sobre el significado del saludo?

—Puedo hacer ambas cosas. Soy una profesional polivalente.

Vera se acercó a ella y le dio un beso breve. Le gustaba que pudieran hacerlo sin convertirlo en un acontecimiento que interrumpiera todo lo demás. Alma le rodeó la cintura un instante y después se apartó para dejar la bolsa sobre la mesa.

—He traído galletas de jengibre —dijo—. Y una pequeña cantidad adicional de provisiones por si la operación literaria se prolonga más de lo previsto.

—¿Cuántas?

—No considero apropiado revelar esa información antes de que se realice la inspección.

—Voy a necesitar un inventario.

—Lo prepararé con la máxima transparencia.

Trabajaron juntas durante la siguiente hora.

Alma colocó la lámpara portátil donde Vera le indicó y ajustó la luz hasta que el contraste resultó más cómodo.

Después revisaron la disposición de las sillas, comprobaron el encuadre de algunas fotografías y prepararon un pequeño cartel con el programa de la tarde.

Alma había hecho varias propuestas de diseño, pero no insistió en ninguna cuando Vera explicó que prefería una versión con menos elementos y letras más grandes.

En lugar de defender su trabajo por orgullo, preguntó qué parte resultaba más difícil de leer y modificó el archivo.

—Creo que esta versión funciona mejor —dijo al cabo de unos minutos—. El título destaca, la información está ordenada y no hay demasiadas cosas compitiendo por la atención.

Vera pasó los dedos por el borde del papel impreso y pidió que le leyera el texto para comprobar que no faltaba nada.

—Está bien —dijo cuando terminó—. Gracias por cambiarlo.

—No tienes que agradecérmelo.

—Ya lo sé. Pero quiero hacerlo.

Alma la miró durante un instante y después le rozó la mano con los dedos.

—Entonces lo acepto.