Un octubre para encontrarte CAPÍTULO 12 #4
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CAPÍTULO 12 #4

—Pero no tan despacio como para tardar otros veinte días en besarnos.

Vera soltó una carcajada y le dio un pequeño golpe con el hombro.

—No te preocupes. No creo que tenga tanta paciencia.

Alma se volvió hacia ella, sonriendo, y Vera acercó la mano hasta encontrar la suya.

Se besaron allí, en el banco junto al río, con el sonido del agua y el rumor de las hojas moviéndose sobre sus cabezas.

No fue un beso de película ni una promesa de que a partir de entonces todo sería sencillo.

Fue un beso elegido, tranquilo, que terminó con ambas sonriendo y con las manos todavía enlazadas.

Después siguieron caminando. Hablaron de los libros que Vera quería recomendar para diciembre, de los encargos que Alma esperaba recibir y de los lugares del pueblo que les gustaba visitar cuando el tiempo acompañaba.

Vera le contó que había una panadería pequeña al otro lado del puente donde preparaban empanadillas de manzana los sábados, y Alma propuso que fueran la semana siguiente.

Ninguna de las dos convirtió la idea en un compromiso solemne.

La dejaron allí, entre otras posibilidades, como quien guarda una hoja bonita dentro de un libro para volver a encontrarla más adelante.

Al caer la tarde regresaron a casa de Alma para preparar la cena.

No hubo una receta complicada ni una mesa decorada con velas, aunque Alma encendió una lámpara pequeña junto a la ventana y puso música mientras cortaban verduras.

Vera se encargó de preparar una ensalada y Alma cocinó una pasta con setas y ajo, consultando dos veces una receta que aseguraba conocer de memoria.

Comieron en la cocina, hablando de la infancia, de los trabajos que habían tenido antes de encontrar sus ocupaciones actuales y de las cosas que les gustaba hacer cuando nadie esperaba nada de ellas.

Vera admitió que, a veces, le encantaba pasar una tarde entera reorganizando sus libros por criterios que no tenían ningún sentido para el resto del mundo.

Alma confesó que podía pasar horas fotografiando ventanas antiguas y que tenía una carpeta llena de imágenes de puertas que probablemente nunca enseñaría a nadie.

—Eso es bastante raro —dijo Vera.

—Lo dice la mujer que ordena libros por el grado de melancolía que le producen.

—Es un sistema perfectamente válido.

—No he dicho que no lo sea. Solo estoy señalando que somos dos personas muy peculiares.

—Eso sí que me parece una buena base para una relación.

Alma sonrió y se inclinó para besarla por encima de la mesa.

Vera le devolvió el beso con naturalidad, y después ambas siguieron comiendo como si aquello pudiera convertirse en una costumbre sin perder por eso su valor.

La noche avanzó entre platos que lavarían más tarde, una conversación sobre el calendario de la campaña y la promesa de volver a verse durante la semana, siempre que el trabajo y los horarios lo permitieran.

No intentaron resolver todas las dificultades ni decidir qué significaría cada una de sus próximas citas.

Se limitaron a hablar, a escucharse y a dejar que la cercanía encontrara su propio ritmo.

Cuando Vera se marchó, Alma la acompañó hasta la puerta y la besó antes de despedirse.

Esta vez no sintió la necesidad de preguntarse si debía escribirle al llegar a casa, si tenía que esperar a que Vera lo hiciera primero o si mostrar entusiasmo podía hacerla parecer demasiado vulnerable.

Se despidió con un beso, le deseó buenas noches y dejó que Vera se fuera a su propio hogar, a su propia cama y a sus propias preocupaciones.

Después recogió la cocina, guardó las sobras y revisó por última vez el correo de la agencia.

El futuro seguía sin estar decidido. La campaña requería una última negociación, la librería necesitaba nuevas ideas y el otoño avanzaba hacia un invierno que ninguna de las dos podía prever.

Alma no sabía qué iba a ocurrir cuando tuviera que viajar, ni cómo se sentiría Vera algunos días, ni qué forma tomaría aquella relación cuando la novedad dejara paso a las rutinas.

Pero ya no le parecía necesario conocer todas las respuestas para dar el siguiente paso.

Antes de acostarse, abrió la conversación con Vera y escribió:

Vera contestó al cabo de unos minutos.

Alma sonrió.

La última respuesta de Vera llegó acompañada de un corazón.

Alma dejó el teléfono sobre la mesilla y apagó la luz.

Por primera vez en mucho tiempo, no sintió la necesidad de ensayar mentalmente una despedida para protegerse de una posible pérdida.

No sabía cuánto duraría aquello ni qué dificultades aparecerían por el camino.

Sabía, en cambio, que al día siguiente seguiría teniendo trabajo, que Vera tendría que abrir la librería y que ambas continuarían siendo personas enteras, con sus propios deseos y temores.

Y sabía también que quería volver a verla.

Quizá, pensó mientras el sueño empezaba a alcanzarla, aprender a quedarse no consistía en prometer que una nunca se marcharía.

Quizá consistía en dejar de preparar la huida antes de que hubiera una razón para hacerlo, y descubrir que el día después de un beso podía ser tan importante como el beso mismo: porque una volvía, preguntaba, escuchaba, hacía sitio en su vida y, sin dejar de ser quien era, elegía intentarlo otra vez.