CAPÍTULO 12 #3
La tarde se deslizó hacia el anochecer sin que se dieran cuenta.
Vera terminó de revisar las últimas cifras y Alma recogió las tazas, las envolturas del bizcocho y los papeles que habían quedado sobre la mesa.
Antes de marcharse, acordaron la hora del día siguiente y quedaron en escribirse si el tiempo empeoraba.
Alma se puso el abrigo junto a la puerta y se volvió hacia Vera, que estaba comprobando el cierre del ordenador.
—¿Puedo darte otro beso antes de irme?
Vera levantó la cabeza y sonrió.
—Empiezo a pensar que te gusta besarme.
—Es una hipótesis que merece seguir investigándose.
—Entonces tendremos que recoger más datos.
Alma se acercó y la besó. Esta vez no hubo la cautela del primer beso ni la sorpresa del segundo.
Fue un gesto natural, breve y cariñoso, que terminó con Vera apoyando la mano en su mejilla y Alma rozándole los dedos antes de separarse.
No necesitaban quedarse allí mucho tiempo ni prolongar la despedida hasta convertirla en una escena.
Podían besarse y luego marcharse a sus respectivas casas, con sus trabajos pendientes y sus propios planes para la noche.
—Mañana —dijo Vera.
—Mañana.
Alma salió a la calle con una ligereza que no intentó disimular.
La lluvia había cesado y el aire olía a tierra húmeda, hojas de castaño y humo de alguna chimenea cercana.
Caminó hasta su casa pensando en el paseo que darían al día siguiente, en el postre que quizá prepararía y en el modo en que Vera había pronunciado la palabra «pareja» sin convertirla en una pregunta.
Se permitió imaginar cómo sería compartir con ella más domingos, más conversaciones y más besos.
Después dejó que aquellas imágenes se alejaran un poco, recordándose que imaginar un futuro no significaba tener que garantizarlo.
En casa, abrió el correo electrónico y terminó el borrador de la propuesta para la agencia.
Incluyó las fechas posibles para los dos periodos presenciales, el calendario de edición a distancia y una lista de compromisos que necesitaba aclarar antes de firmar.
No mencionó a Vera en el documento. No porque quisiera mantenerla fuera de su vida, sino porque la decisión profesional debía sostenerse por sí misma.
Quería aquel trabajo, quería mantener su base en Galicia y quería comprobar si podía organizar su carrera de una manera que no dependiera de escapar cada vez que algo cambiaba.
Esas razones eran suyas, y le gustaba poder reconocerlas sin tener que convertir a nadie en la explicación de todas sus decisiones.
Cuando terminó, guardó el archivo y se preparó una cena sencilla. Mientras comía, recibió un mensaje de Inés.
Alma se rio y respondió:
La respuesta de Inés llegó casi de inmediato.
Alma leyó la pregunta y dejó el móvil sobre la mesa.
Durante mucho tiempo había respondido a aquella clase de preguntas con frases fáciles: bien, tranquila, ocupada, ya veremos.
Le resultaba más cómodo explicar lo que hacía que reconocer lo que sentía, sobre todo cuando lo que sentía podía darle a otra persona la posibilidad de herirla.
Pero aquella noche no quería contestar por inercia.
Inés respondió con un corazón y un mensaje que decía que aquello ya era bastante para un sábado.
Alma dejó el móvil a un lado y se acercó a la ventana.
En el cristal se reflejaban las luces de la cocina, y detrás de ellas la noche parecía tranquila.
No tenía ninguna certeza sobre la campaña, sobre el futuro de la librería ni sobre la forma que tomaría lo que estaba empezando con Vera.
Pero había enviado un mensaje por la mañana en lugar de esperar a que la otra persona lo hiciera primero, había ido a la librería a la hora acordada y había escuchado hablar de las dificultades de Vera sin intentar resolverlas para sentirse necesaria.
Había compartido sus propios planes y aceptado que la respuesta no tenía que ser una promesa de nada.
Quizá quedarse empezaba así, pensó. No con una decisión enorme ni con una frase que lo cambiara todo, sino con una sucesión de gestos que parecían pequeños mientras se hacían y que, al mirarlos juntos, empezaban a formar una dirección.
A la mañana siguiente, Alma se despertó antes de que sonara el despertador.
Esta vez no tuvo que recordar nada: lo primero que pensó fue que iba a ver a Vera.
Preparó café, revisó el tiempo y descubrió que las nubes se habían abierto lo suficiente para dejar pasar algunos rayos de sol.
El camino del río estaría húmedo, pero podía recorrerse sin demasiado problema.
Preparó una mochila pequeña con una botella de agua, dos mandarinas y una bufanda extra por si el aire se volvía frío.
Después decidió no añadir nada más. No necesitaba llevar una cámara, ni una cesta de comida, ni un plan alternativo para cada posible inconveniente.
Iba a pasar la tarde con Vera, y eso podía ser suficiente.
A la una recibió un mensaje.
Alma respondió que estaría allí en veinte minutos.
Luego se quedó mirando el mensaje unos segundos, sonriendo.
No porque Vera hubiera reorganizado su día para verla, sino porque le había ofrecido un espacio en él sin dejar de atender sus propias cosas.
Había una diferencia importante entre hacer sitio para alguien y vaciar la vida entera para que pudiera entrar.
Alma empezaba a comprender que la primera opción era la que de verdad quería.
Cuando llegó a la librería, Vera estaba cerrando la puerta y guardando las llaves en el bolsillo. Llevaba un abrigo oscuro, una bufanda suave y las botas que solía usar cuando llovía. Se volvió al escuchar los pasos de Alma y sonrió.
—¿Preparada para una caminata de dificultad moderada y una conversación posiblemente peligrosa sobre el futuro de la librería?
—Estoy preparada para caminar y escucharte. Lo de la conversación peligrosa dependerá de si me permites comprar una chocolatina por el camino.
—Eso puede negociarse.
Alma le ofreció el brazo sin tomarla por sorpresa, y Vera lo aceptó.
Ajustaron el paso al salir de la calle principal y dirigirse hacia el sendero que llevaba al río.
El suelo conservaba el brillo de la lluvia, y las hojas se habían acumulado en los bordes del camino, formando pequeñas franjas doradas y cobrizas.
Alma describió un charco que ocupaba casi todo el paso, y Vera eligió rodearlo por el lado más firme.
No hubo dramatismo en el gesto, ni una pausa que convirtiera la situación en una prueba de nada.
Simplemente caminaron juntas, conversando sobre el tiempo, el trabajo y la posibilidad de que Don Ramiro intentara vender calendarios con su disfraz de espantapájaros.
Más adelante, cuando el sendero se abrió junto al agua, encontraron un banco bajo un castaño.
Se sentaron un rato a escuchar la corriente, que llevaba las últimas hojas hacia una curva donde el río desaparecía entre los árboles.
Alma pensó en sacar el móvil para fotografiar la luz que se filtraba entre las ramas, pero lo dejó en el bolsillo.
No quería prohibirse hacer fotografías, solo quería elegir cuándo hacerlo.
Aquel momento no necesitaba convertirse en una imagen para merecer su atención.
—¿En qué piensas? —preguntó Vera.
Alma se volvió hacia ella.
—En que ayer estaba tan nerviosa por venir a verte que he pasado media mañana intentando encontrar una excusa para no parecer demasiado contenta.
Vera rio.
—¿Y qué excusa has encontrado?
—Ninguna. Así que he decidido aceptar la humillación.
—Me parece un avance importante.
—¿Y tú? ¿Estabas nerviosa?
Vera tardó un poco en responder. Tenía las manos juntas sobre el regazo y el rostro vuelto hacia el sonido del agua. Alma no quiso llenar el silencio con otra broma; estaba aprendiendo que Vera se tomaba su tiempo cuando quería decir algo que de verdad importaba.
—Sí —admitió al fin—. Me preguntaba si hoy te comportarías como si lo de anoche hubiera sido una excepción. O si sentirías que, después de besarme, tenías que saber ya qué quieres de mí. Supongo que estaba preparada para cualquiera de las dos cosas, aunque no me gustara ninguna.
Alma sintió una punzada de tristeza al pensar que Vera hubiera tenido que prepararse para una retirada.
No podía cambiar lo que había ocurrido durante los días anteriores, ni pedirle que confiara de golpe porque ahora estaba intentando hacerlo mejor.
Solo podía responder a lo que Vera acababa de decir con honestidad.
—No quiero que lo de anoche sea una excepción —dijo—.
Y tampoco sé exactamente qué quiero de ti, si por eso entendemos tener una respuesta definitiva sobre el futuro.
Sé que quiero seguir viéndote, besarte, hablar contigo y descubrir cómo encajamos.
Quiero que tengas tu vida y que yo tenga la mía.
Y quiero aprender a decirte cuándo algo me asusta, en lugar de desaparecer para no tener que hablar de ello.
Vera giró la cabeza hacia ella.
—Eso me basta por ahora.
—¿De verdad?
—Sí. No necesito que me prometas que dentro de un año vamos a estar en el mismo sitio. Necesito que no me pidas que viva en un futuro que todavía no existe. Podemos ir viendo qué ocurre, siempre que las dos estemos dispuestas a hablar cuando las cosas cambien.
Alma asintió. Era una manera de querer que le resultaba nueva, no porque nunca hubiera deseado algo parecido, sino porque hasta entonces había confundido la falta de garantías con la falta de sentido.
Si no podía saber cómo terminaría una relación, se convencía de que debía evitar empezarla.
Vera no le estaba ofreciendo seguridad absoluta; le estaba ofreciendo una forma de estar presente en la incertidumbre.
Y Alma, por primera vez, quería aceptar la invitación sin buscar una puerta de salida.
—Entonces vamos despacio —dijo.
—Vamos despacio.