CAPÍTULO 12 #2
—No quería empezar nuestra relación con una falta de respeto a la repostería.
Vera se rio y señaló una silla junto al mostrador.
—Siéntate. Pero que conste que el bizcocho no va a modificar mi opinión sobre las cuentas.
—No esperaba menos de ti.
Se acomodaron en la pequeña mesa del fondo, donde Vera había preparado el ordenador y varios documentos impresos.
Alma dejó el bizcocho a un lado y escuchó mientras Vera le explicaba cómo había ido la revisión de los gastos.
Las cifras no eran alentadoras. La velada de Halloween había generado algunas ventas, varias personas habían dejado donaciones y dos clientes le habían preguntado por futuras actividades, pero los ingresos seguían siendo insuficientes para compensar el descenso de las últimas semanas.
Vera estaba valorando reducir el horario de apertura durante los meses de invierno y estudiar otras opciones para mantener la librería a flote sin terminar agotada.
Alma notó el impulso de proponer una docena de ideas.
Podían organizar un calendario de eventos, preparar una campaña en redes, vender paquetes de libros sorpresa, colaborar con cafeterías o crear una suscripción mensual.
En su cabeza, las soluciones aparecieron tan deprisa que por un momento casi le pareció que bastaba con ordenarlas en una lista para que alguna funcionara.
Entonces recordó lo que Vera le había dicho: no necesitaba que alguien entrara en su vida para hacerse cargo de sus problemas.
Necesitaba poder compartirlos sin que eso significara perder el derecho a decidir cómo afrontarlos.
—¿Quieres que te ayude a pensar opciones o prefieres que te escuche mientras me cuentas lo horrible que es este número? —preguntó Alma, señalando la hoja de cálculo.
Vera soltó una risa cansada.
—Hoy preferiría lo segundo. Mañana quizá te pida ideas. Pero ahora mismo llevo dos horas mirando estas cifras y, si alguien me propone vender tazas con frases literarias, creo que tendré que abandonar el pueblo.
—Entendido. No mencionaré las tazas.
—Ni las bolsas de tela.
—Jamás.
—Ni los calendarios con fotos de Don Ramiro.
Alma apretó los labios para no reírse.
—Eso sería una oportunidad comercial extraordinaria.
—Alma.
—Perdón.
Vera le explicó qué facturas tenía que pagar primero, cuáles podía negociar con los proveedores y qué gastos estaba intentando reducir sin perjudicar el funcionamiento diario de la librería.
Habló también de lo que le costaba pensar en una reducción del horario, no solo por el dinero, sino porque significaría renunciar a una parte de la rutina que había construido con tanto esfuerzo.
A veces, cuando imaginaba un futuro en el que tuviera que cerrar antes o pedir ayuda para ciertas tareas, le preocupaba que los cambios terminaran decidiendo por ella más de lo que quería admitir.
No quería quedarse aferrada a una idea de independencia que la obligara a agotarse, pero tampoco quería que las dificultades económicas o su visión cambiante se convirtieran en razones para que otras personas asumieran el control de su vida.
Alma la escuchó sin interrumpirla. De vez en cuando le hacía una pregunta para entender mejor algún detalle, pero no intentó convertir la conversación en un plan de acción.
Cuando Vera terminó, el silencio que quedó entre ellas no fue incómodo.
Era el silencio de dos personas que habían compartido algo real y podían dejarlo reposar sin apresurarse a arreglarlo.
—Gracias por contármelo —dijo Alma al cabo de un momento.
Vera se encogió de hombros, aunque Alma percibió que aquella respuesta le había llegado.
—No es exactamente una conversación divertida para una tarde de sábado.
—Tampoco lo es hablar de una oferta de trabajo que todavía no está cerrada. Supongo que estamos ampliando nuestro repertorio.
—Una pareja de lo más emocionante.
La palabra quedó suspendida entre ellas.
Alma no se apresuró a responder, pero tampoco la corrigió.
Vera pareció darse cuenta de lo que había dicho y bajó la cabeza hacia el cuaderno, fingiendo que buscaba una anotación.
Alma sintió una oleada de ternura, junto con el deseo de no asustarla convirtiendo aquel pequeño desliz en una conversación trascendental.
Habían acordado que no necesitaban ponerle nombre a todo de inmediato.
Eso no significaba que tuvieran que evitar las palabras para siempre, solo que podían dejar que algunas aparecieran cuando estuvieran preparadas para sostenerlas.
—A mí me parece bastante emocionante —dijo Alma—. Aunque quizá deberíamos incluir algo más divertido en el repertorio. Una cena, por ejemplo.
Vera levantó la cabeza.
—¿Me estás invitando a una cena?
—Sí. Una cena de verdad. Sin disfraces, sin invitados y sin una búsqueda del tesoro que me obligue a esconderme detrás de una estantería. Podríamos salir a algún sitio o cocinar juntas, si prefieres. Mañana, por ejemplo.
Vera se quedó pensativa.
—Mañana tengo que abrir la librería por la mañana y preparar unos pedidos. Podría cerrar un poco antes, pero no quiero pasarme el día corriendo para llegar a una cena.
—Entonces podemos hacer otra cosa. Un paseo, un café, una comida. No hay ningún premio por conseguir tener una cita perfecta a las veinticuatro horas del primer beso.
—¿Estás segura? Porque yo había entendido que el premio incluía una corona y una caja de bombones.
—La corona puedes quedártela. Los bombones son negociables.
Vera sonrió y cerró el cuaderno.
—Mañana podría salir a dar un paseo después de comer.
Si no llueve demasiado, podemos ir hasta el camino del río.
Después podríamos cenar algo en tu casa, pero sencillo.
No quiero que te pases cuatro horas cocinando para demostrarme que eres capaz de preparar una comida digna de una novela romántica.
Alma levantó una mano.
—Me parece una propuesta excelente. Aunque me reservo el derecho a preparar un postre.
—Un postre está permitido. Una tarta de tres pisos no.
—Me estás imponiendo unas condiciones muy estrictas.
—Es mi especialidad.
Alma sintió que la alegría se le extendía por el cuerpo de una manera tranquila.
No era la emoción vertiginosa de la noche anterior, sino algo más estable, hecho de detalles concretos: una hora que todavía tendrían que decidir, un paseo junto al río, una cena sencilla y la posibilidad de volver a besar a Vera sin que ninguna de las dos tuviera que fingir que no deseaba hacerlo.
Le gustaba que la invitación hubiera nacido de una conversación sobre facturas y horarios, porque aquella era la vida que quería compartir con alguien.
No solo las noches especiales, sino también las tardes corrientes, las decisiones pequeñas y las cosas que no se podían solucionar con una frase bonita.
Cuando terminaron el bizcocho, Alma le enseñó a Vera la selección de fotografías que había preparado.
Describió cada imagen con precisión y le preguntó cuáles quería incluir en la promoción de la librería.
Vera eligió varias: una de los farolillos, otra de la mesa de las galletas y una en la que las manos de los niños sostenían las tarjetas de la búsqueda del tesoro.
Cuando Alma llegó a la fotografía de la lectura, se detuvo.
—Hay otra que hice de ti mientras leías. No la he incluido en la selección porque quería preguntarte primero si te apetece verla y decidir qué hacemos con ella.
Vera se quedó callada un instante.
—Sí. Me gustaría verla. ¿Puedes describírmela?
Alma lo hizo despacio, sin limitarse a decir que salía guapa.
Le contó cómo la luz de los farolillos iluminaba el borde de su capa, cómo tenía una mano apoyada en las páginas y la otra cerca del micrófono, y cómo parecía concentrada en una frase justo antes de levantar la cabeza hacia el público.
Le explicó que el encuadre incluía parte de la librería y que las personas sentadas delante aparecían desenfocadas, como si toda la atención de la imagen se hubiera reunido en aquel pequeño espacio alrededor de Vera.
—¿Qué te gusta de ella? —preguntó Vera.
Alma tardó un poco en responder.
—Que parece que estás haciendo exactamente lo que quieres hacer. No estás posando ni intentando demostrar nada. Estás leyendo, y la gente te escucha. La librería está llena, pero no pareces necesitar que nadie te diga que estás en el lugar correcto.
Vera permaneció en silencio. Alma se preguntó si había dicho demasiado, si había convertido una fotografía en una declaración que Vera no había pedido. Estaba a punto de disculparse cuando Vera extendió la mano sobre la mesa.
—Me gustaría verla con más calma —dijo—. No para publicarla todavía. Quiero saber qué sensación me produce cuando pueda revisarla con el lector de pantalla y mirar los detalles a mi manera. Pero puedes guardarla. No me molesta que la hayas hecho.
Alma asintió, aliviada.
—Por supuesto. Es tuya también, de alguna manera.
—No exactamente. Tú has hecho la fotografía.
—Sí, pero eres tú quien aparece en ella. No quiero olvidar ninguna de las dos cosas.
Vera sonrió y le apretó los dedos. Alma sintió que aquel gesto contenía algo más importante que un agradecimiento.
Era una forma de reconocer que podían compartir una experiencia sin tener que convertirla en propiedad de una sola persona, y que el hecho de mirar de maneras distintas no las separaba necesariamente.
Alma veía la imagen; Vera podía conocerla a través de la descripción, de sus propias sensaciones y de la posibilidad de revisarla con las herramientas que prefería.
Ninguna de las dos tenía que renunciar a su manera de estar en el mundo para encontrarse con la otra.