Un octubre para encontrarte CAPÍTULO 12
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CAPÍTULO 12

EL DÍA DESPUÉS

Alma despertó con la certeza de que había olvidado algo importante y con la sensación de que, si no lo recordaba antes de levantarse, el día entero se torcería.

Permaneció unos segundos inmóvil, mirando el techo de su habitación, mientras la lluvia de la noche anterior seguía repiqueteando contra el alféizar.

Había una claridad gris detrás de las cortinas, el radiador hacía un ruido parecido al de una persona que carraspea para llamar la atención y, desde la cocina, llegaba el olor tenue de las manzanas que había dejado en un cuenco sobre la mesa.

Todo parecía estar exactamente donde lo había dejado antes de acostarse.

Su cámara descansaba junto a la mochila, el jersey que había llevado bajo el disfraz de fantasma estaba tirado sobre una silla y las botas seguían junto a la puerta, con los cordones desatados.

Entonces recordó.

Había besado a Vera.

No un beso imaginado durante una conversación que se había quedado a medias, ni uno de esos momentos que después podía fingir que no significaban nada porque habían ocurrido demasiado deprisa.

La había besado de verdad, dos veces en la librería, con las manos de Vera entre las suyas y los farolillos encendidos sobre sus cabezas.

Y Vera la había besado también. Había sido ella quien se acercó la segunda vez, quien tomó la iniciativa sin que Alma tuviera que adivinar si deseaba hacerlo, quien se rio contra su hombro cuando Alma intentó convertir los nervios en un discurso ridículo sobre solicitudes formales y reclamaciones.

Alma se tapó la cara con las manos y soltó una risa ahogada.

—Madre mía.

El radiador respondió con un golpe seco.

—No necesito tu opinión.

Se incorporó y buscó el móvil sobre la mesilla.

No había mensajes de Vera, lo cual era perfectamente normal, razonable y comprensible, pero Alma experimentó una decepción tan inmediata que tuvo que recordarse que la noche anterior habían hablado de verse por la tarde, no de iniciar una conversación interminable desde el momento en que una de ellas abriera los ojos.

Vera tenía una librería que atender, cuentas que revisar y una vida que no podía quedar suspendida porque Alma hubiese descubierto, con algo más de treinta años, que besar a una mujer que le gustaba podía desordenarle el cerebro hasta el punto de olvidar cómo funcionaba un sábado.

Abrió la conversación y escribió:

Lo leyó, hizo una mueca y lo borró. No quería empezar la mañana pidiendo confirmación de que Vera recordaba la noche anterior.

Por supuesto que la recordaba. Habían estado juntas hasta hacía apenas unas horas, se habían besado y habían acordado tomar café aquella tarde.

No necesitaba hacer un inventario de las pruebas para asegurarse de que el beso había sucedido.

Sin embargo, una parte de ella, la más antigua y peor acostumbrada, quería encontrar una salida antes de que la ilusión pudiera convertirse en algo que doliera.

En lugar de escribir, se levantó, se duchó y puso café a preparar. Después abrió el correo electrónico para revisar el mensaje de la agencia. El asunto seguía allí, con la misma sobriedad que la había tenido despierta buena parte de la semana:

Propuesta de calendario y condiciones de colaboración.

Habían respondido que el planteamiento era viable, aunque todavía necesitaban cerrar las fechas de las sesiones presenciales y el calendario de entregas.

Alma tendría que enviar una propuesta definitiva el lunes.

No era un contrato firmado ni una garantía de que todo saldría exactamente como esperaba, pero sí un avance real.

Leyó el mensaje dos veces y abrió un documento para anotar las fechas que debía comprobar.

Durante un rato se concentró en el trabajo, haciendo lo que llevaba años aprendiendo a hacer: ordenar los detalles, calcular tiempos, anticipar dificultades y preparar preguntas antes de una reunión.

Aquella parte de su vida no había dejado de importarle porque hubiera besado a Vera.

Al contrario, le gustaba saber que podía pensar en las dos cosas sin tener que elegir una de ellas como si la otra fuera una distracción.

Quería hacer aquella campaña. Quería seguir fotografiando, crecer profesionalmente y aceptar encargos que le exigieran algo más que repetir las fórmulas que ya conocía.

También quería quedarse en Galicia, conservar a sus clientes de la zona y descubrir qué podía construir allí si dejaba de considerar cada oportunidad como una invitación a marcharse.

Lo difícil no era decidir si quería trabajar o enamorarse. Lo difícil era aprender a no utilizar el trabajo como una excusa automática para salir corriendo cuando empezaba a importarle alguien.

A las once y media, después de haber respondido dos correos y de haber cometido el error de preparar un café demasiado fuerte, Alma se permitió volver a abrir la conversación con Vera. Esta vez escribió sin borrar ninguna frase.

La respuesta llegó unos minutos después.

Alma se echó a reír en mitad de la cocina.

Vera respondió con un emoticono de risa y, debajo, añadió:

Alma sintió que algo dentro de ella se acomodaba.

No porque aquella respuesta fuera una declaración de amor ni porque garantizara que todo iría bien.

Era un mensaje normal, con una hora concreta, una broma sobre las cuentas y una invitación que seguía en pie.

Precisamente eso le hizo bien. Vera no había desaparecido, no estaba jugando a mantenerla en vilo y tampoco había convertido el beso en una obligación de comportarse de una manera determinada.

Seguía siendo Vera, con su humor seco, sus preocupaciones y sus límites.

Alma podía acercarse a ella sin tener que inventarse un personaje más seguro, más resuelto o más romántico del que realmente era.

Antes de salir, se obligó a terminar el trabajo pendiente.

Seleccionó las fotografías de Halloween, descartó algunas que no le convencían y preparó una primera carpeta con las imágenes destinadas a la promoción de la librería.

En una de ellas aparecía Vera leyendo el cuento, ligeramente inclinada hacia el micrófono, con una mano descansando sobre las páginas y los farolillos dibujando círculos cálidos en el fondo.

Alma llevaba varios minutos mirándola cuando se dio cuenta de que estaba haciendo exactamente lo que Vera le había señalado la noche anterior: intentando convertir un momento bonito en una imagen para poder conservarlo sin tener que preguntarse qué significaba para ella.

La fotografía era buena. Eso no estaba en duda.

Había capturado la concentración de Vera, el gesto sereno de su boca y la manera en que parecía escuchar a la historia mientras la contaba.

Pero Alma no quería utilizarla sin hablar antes con ella, y tampoco quería fingir que la razón para guardarla era exclusivamente profesional.

La apartó en una carpeta separada y escribió una nota para preguntarle si quería verla.

Después cerró el programa de edición y dejó la cámara en la mochila.

No tenía que fotografiar cada cosa que le importaba. Algunas podían quedarse en su memoria, imperfectas y cambiantes, sin convertirse por eso en menos verdaderas.

A las cinco menos diez, Alma llegó a la librería con una bolsa de papel que contenía dos porciones de bizcocho de manzana.

Había estado a punto de llevar una tarta entera, pero recordó la advertencia de Vera sobre no utilizar la repostería como distracción para las cuentas y decidió que un bizcocho pequeño podía considerarse una concesión razonable, no un intento de soborno.

La calle estaba húmeda y casi vacía. Las decoraciones de Halloween seguían colgadas en el escaparate, aunque algunos farolillos se habían apagado y una guirnalda de hojas se había desprendido por un extremo.

Desde fuera, A Última Folla parecía más pequeña que la noche anterior, como si, una vez terminada la celebración, el local hubiera vuelto a su tamaño habitual.

Vera estaba detrás del mostrador, con el ordenador abierto y un cuaderno a su derecha. Llevaba un jersey color vino y tenía el pelo recogido de cualquier manera, con algunos mechones sueltos alrededor de la cara. Al escuchar la campanilla, levantó la cabeza y sonrió.

—Has llegado puntual. Empiezo a sospechar que tienes una doble vida en la que eres una persona organizada.

—No difundas esa información. Tengo una reputación que mantener.

Alma dejó la bolsa sobre el mostrador y se quitó el abrigo.

Durante un instante, las dos parecieron quedarse sin saber qué hacer a continuación.

La noche anterior habían terminado besándose bajo las luces de las calabazas; aquella tarde estaban en la librería, con una hoja de cálculo abierta y un bizcocho sobre la mesa.

Alma había imaginado que al verla sentiría una especie de vértigo insoportable, como si tuviera que decidir de inmediato si besarla de nuevo, abrazarla o fingir que nada había cambiado.

Pero lo que sintió fue algo más discreto: la alegría de encontrarla allí, de reconocer su voz y su sonrisa, y de saber que podía acercarse sin tener que inventar una excusa.

—¿Puedo darte un beso? —preguntó.

La sonrisa de Vera se hizo un poco más amplia.

—Hola a ti también.

—Estoy intentando ser una persona directa.

—Lo estás haciendo bastante bien. Sí, puedes.

Alma se inclinó y la besó con suavidad. Fue un beso breve, mucho más sencillo que los de la noche anterior, y quizá por eso le gustó tanto.

No había música ni farolillos, solo el olor a papel, la lluvia que volvía a golpear los cristales y el ruido lejano de un coche al pasar por la calle.

Vera apoyó una mano en su brazo y se acercó lo suficiente para que Alma comprendiera que no tenía que preocuparse por si había elegido el momento equivocado.

Cuando se separaron, Vera le rozó los dedos.

—Ahora sí. Hola.

—Hola —respondió Alma, sonriendo como una idiota.

—¿Has traído bizcocho?