Un octubre para encontrarte CAPÍTULO 11 #6
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CAPÍTULO 11 #6

Vera se quedó unos segundos en silencio.

Había una parte de ella que habría querido decir que sí de inmediato, que el día siguiente estaba libre y que podían desayunar juntas, pasear por el mercado o quedarse en la librería hablando hasta que se hiciera de noche.

Pero no quería prometer una disponibilidad que quizá no tendría, ni convertir la emoción de aquel primer beso en una obligación de estar siempre a la altura.

Quería responder desde el mismo lugar honesto en el que habían aprendido a encontrarse.

—Mañana tengo que revisar las cuentas de la librería y preparar la lista de libros que devolveremos a los proveedores —dijo—. No es precisamente una actividad apasionante.

—He sobrevivido a cosas peores.

—Lo sé. Te has disfrazado de fantasma.

—Exactamente. Estoy preparada para cualquier desafío.

—Podrías venir a tomar café por la tarde. Si te apetece. No puedo prometerte que estaré de buen humor si los números salen tan mal como temo, pero sí puedo prometerte que no fingiré que todo está bien para que no te preocupes.

Alma le apretó la mano.

—Eso me parece una invitación estupenda.

—Y no tienes que arreglar mis cuentas.

—Lo sé.

—Ni convencerme de que la librería va a salir adelante.

—También lo sé.

—Ni traerme galletas para distraerme.

Alma guardó silencio.

—Esa última condición me parece excesiva.

Vera se rio y apoyó la cabeza un instante contra su hombro mientras seguían caminando.

La conversación no borró el miedo a las cuentas ni la preocupación por el futuro de la librería.

Tampoco eliminó la incertidumbre sobre la campaña de Alma o sobre lo que significaría mantener una relación con viajes, horarios y vidas que no siempre encajarían a la primera.

Pero aquellas incertidumbres habían dejado de ser una pared frente a ellas.

Eran parte del camino, y ninguna tenía que recorrerlo fingiendo que no existían.

Cuando llegaron a la casa de Vera, Alma cerró el paraguas y se quedó junto a la verja.

La lluvia había amainado, dejando en el aire un olor intenso a tierra húmeda y manzanas maduras.

Vera buscó las llaves en el bolsillo de la capa y las encontró al segundo intento.

Antes de abrir la puerta, se volvió hacia Alma.

—Gracias por esta noche.

Alma ladeó la cabeza.

—¿Por la decoración, las fotografías o las chocolatinas?

—Por haber venido. Por haberme contado lo de la campaña. Por no haber intentado convencerme de que todo iba a salir bien. Y por besarme cuando te dije que sí.

La expresión de Alma se suavizó.

—Gracias por dejarme estar aquí.

Vera se acercó y le dio un beso corto, sin necesidad de que ninguna de las dos preguntara esta vez, porque la respuesta ya estaba clara en el gesto con el que Alma le recibió la mano y en la manera en que Vera se inclinó hacia ella.

Cuando se separaron, Alma rozó su frente con la de Vera durante un instante.

—Mañana por la tarde —dijo—. Café y cuentas terribles.

—No olvides que no puedes arreglarlas.

—Prometo limitarme a ofrecer apoyo moral y, quizá, una galleta.

—Una galleta puede negociarse.

Alma empezó a retroceder hacia la calle, todavía sonriendo, y Vera entró en casa con la sensación de que el mundo seguía siendo tan incierto como por la mañana, pero un poco menos solitario.

Dejó la capa sobre una silla, se quitó las botas y permaneció unos minutos junto a la ventana, escuchando cómo la lluvia volvía a caer con suavidad sobre el tejado.

No necesitaba repasar cada segundo del beso para comprobar que había ocurrido.

Lo llevaba en el cuerpo, en el calor que aún le quedaba en las mejillas y en la manera involuntaria en que sonreía cuando recordaba la voz de Alma preguntándole si podía acercarse.

Más tarde, antes de acostarse, abrió el cuaderno donde anotaba los preparativos de la librería.

Pasó los dedos por el borde de la página hasta encontrar el espacio libre al final de la lista de Halloween.

Había números, tareas pendientes y una nota sobre las facturas que tendría que revisar por la mañana.

Vera no borró nada de aquello ni añadió una frase que pretendiera convertir la noche en un cuento con un final perfecto.

Solo escribió, con letra firme, una línea nueva:

Volver a ver a Alma mañana.

La leyó una vez, guardó el bolígrafo y cerró el cuaderno.

Fuera, el viento arrastró algunas hojas por la acera, y una de ellas golpeó suavemente el cristal antes de deslizarse hacia el suelo.

Vera apagó la luz de la mesilla y se acomodó bajo las mantas, pensando que quizá el valor no consistía en dejar de tener miedo, ni en encontrar a alguien capaz de prometer que nunca iba a doler.

Quizá consistía en poder abrir una puerta sin saber exactamente qué habría al otro lado, escuchar una voz conocida en medio de la lluvia y decidir que, al menos esa noche, merecía la pena acercarse.

Y por primera vez en mucho tiempo, cuando pensó en lo que podía cambiar durante los próximos meses, Vera no intentó imaginar todas las maneras en que podría perderlo. Se permitió pensar, aunque solo fuera durante unos segundos, en todo lo que todavía podía empezar.