CAPÍTULO 11 #5
—Yo también tengo miedo. A veces me gustaría saber cómo va a ser mi vida dentro de cinco años, pero ni siquiera sé cómo estará la librería dentro de seis meses.
No quiero fingir que no me preocupa. Solo quiero dejar de usar la incertidumbre como una razón automática para apartarme de las cosas que deseo.
—Entonces tendremos que recordárnoslo.
—¿El qué?
—Que podemos tener miedo y seguir hablando. Que podemos cambiar de opinión sin castigar a la otra persona por ello. Que no tenemos que resolver toda nuestra vida antes de decidir si queremos volver a besarnos.
Vera apretó suavemente sus dedos.
—Eso último me parece especialmente importante.
—Podríamos practicarlo.
—¿Hablar de nuestras emociones?
—No. Lo de besarnos otra vez.
Vera sonrió y se acercó a ella antes de que Alma tuviera tiempo de añadir otra broma.
Esta vez fue Vera quien buscó sus labios, con la seguridad tranquila de quien ya ha elegido y no necesita que la convenzan.
Alma respondió enseguida, y el segundo beso fue menos tímido, más cálido, aunque conservó la misma delicadeza del primero.
Vera sintió la mano de Alma en su mejilla y la suya apoyada en el hombro de aquella mujer que había vuelto al pueblo creyendo que solo necesitaba un cambio de paisaje y que, sin proponérselo, había terminado encontrando a alguien con quien quería compartir parte del camino.
Cuando se separaron, la lluvia seguía cayendo y los farolillos continuaban encendidos en el escaparate.
Vera apoyó la cabeza un instante contra el hombro de Alma y dejó que el silencio hiciera lo que las palabras no necesitaban hacer.
No había una certeza nueva sobre el futuro, ni una solución para los problemas que las esperaban.
Había un beso, dos tazas de té enfriándose y la mano de Alma entre las suyas. Por aquella noche, era suficiente.
—Tengo que confesar una cosa —dijo Alma después de un rato.
—Si es que has escondido más chocolatinas, no pienso perdonártelo.
—Es algo mucho más grave. He hecho una fotografía de la librería esta noche.
—Eso no parece especialmente grave.
—No es una fotografía de la librería vacía ni de los farolillos. Es una fotografía de ti leyendo el cuento.
Vera levantó un poco la cabeza.
—¿Y por qué sería grave?
—Porque todavía no sé si quiero incluirla en la selección para la campaña de la librería. No quiero que parezca que estoy utilizando una imagen tuya para contar una historia que todavía no me has autorizado a contar.
Vera agradeció que lo hubiera pensado. La fotografía podía ser bonita, podía transmitir algo que a ella le costaba explicar con palabras, pero seguía siendo una imagen suya y la decisión de compartirla le correspondía a ella.
También comprendió que Alma no le estaba preguntando solo por una fotografía: estaba intentando encontrar una manera de estar cerca sin apropiarse de lo que le importaba.
—Enséñamela cuando la tengas preparada en un formato que pueda revisar —dijo Vera—. Si me gusta, la usamos. Si no, puedes guardar la fotografía para ti o borrarla. No pasa nada.
—Me parece justo.
—Y no necesitas convertir cada cosa bonita en una imagen.
Alma guardó silencio unos segundos. Vera imaginó que estaba mirando la cámara, todavía colgada del respaldo de la silla donde había dejado el disfraz.
—Lo sé —respondió—. Creo que esta noche he aprendido algo al respecto.
—¿Ah, sí? Ilumíname.
—Que a veces prefiero estar dentro de lo que está pasando en lugar de quedarme detrás de la cámara intentando conservarlo.
Vera sintió una ternura inesperada. No porque creyera que Alma tuviera que cambiar su forma de trabajar o abandonar la fotografía, sino porque empezaba a conocer el espacio que existía entre la persona que era y la que quería llegar a ser.
No se trataba de elegir entre mirar y participar, entre conservar y vivir.
Se trataba de descubrir cuándo necesitaba cada cosa y de no esconderse siempre detrás de la que resultaba más cómoda.
—Eso parece bastante sensato —dijo.
—No te acostumbres. Podría ser un accidente.
—Lo tendré en cuenta.
Alma volvió a besarla, esta vez en la comisura de los labios, y Vera le apretó la mano.
Permanecieron juntas unos minutos más, hablando de cosas pequeñas, como si ambas necesitaran regresar despacio al mundo cotidiano.
Alma le contó que una de las niñas le había preguntado si los fantasmas podían hacer fotografías de otros fantasmas; Vera respondió que, si podían, seguramente las imágenes saldrían desenfocadas porque nadie conseguía que posaran quietos.
Después discutieron sobre qué novela debía recomendarse para la siguiente actividad y si el gato de cerámica merecía un disfraz propio el año que viene.
La conversación avanzó con la facilidad que había tenido desde el principio, solo que ahora, de vez en cuando, una de ellas sonreía y la otra le daba un beso breve, como si ambas estuvieran comprobando que lo sucedido no había sido un sueño.
Cuando por fin se dispusieron a cerrar la librería, Vera apagó las luces de la sala mientras Alma recogía las últimas tazas.
Los farolillos del escaparate proyectaban manchas cálidas sobre el suelo, y el reflejo de la calabaza que había rodado por la mañana se dibujaba en el cristal junto a la calle mojada.
Vera se detuvo frente a la puerta para comprobar que el cierre estaba bien echado.
Alma esperó a su lado, sin apresurarla, y cuando Vera terminó le ofreció la mano.
—¿Quieres que te acompañe a casa? —preguntó—. Está lloviendo bastante.
Vera aceptó la mano, entrelazando los dedos con los de ella.
—Sí. Pero primero tengo que recoger el paraguas del despacho. No pienso dejar que nuestra primera caminata después de besarnos termine con las dos empapadas y con una neumonía.
—Me parece un criterio razonable para una primera cita.
Vera se volvió hacia ella.
—¿Una cita?
Alma se quedó quieta, y durante un segundo Vera temió que volviera a refugiarse en una broma. Pero Alma le apretó la mano con suavidad.
—Si quieres llamarla así. No tenemos que ponerle nombre esta noche, pero me gustaría que hubiera más.
Cenas, paseos, tardes en la librería, días en los que tengamos tiempo y otros en los que apenas podamos vernos.
Me gustaría seguir descubriendo cómo es estar contigo cuando no hay una fiesta de Halloween que organizar ni una calabaza que amenaza con destruir el mobiliario.
Vera sintió que aquella alegría tranquila regresaba a su pecho. No era una promesa de que todo sería fácil. Era una invitación a compartir lo que viniera, con la posibilidad de hablar cuando algo no funcionara y de elegir de nuevo cuando hiciera falta.
—Entonces sí —respondió—. Me gustaría que hubiera más.
Alma sonrió y se inclinó para besarla una última vez antes de que Vera fuera a buscar el paraguas.
Fue un beso breve, cálido, sin urgencia, y a Vera le gustó que no intentara convertirlo en el final perfecto de una noche perfecta.
Cuando abrieron la puerta, el aire frío entró en la librería con olor a lluvia, tierra mojada y hojas de castaño.
Alma sostuvo el paraguas mientras Vera cerraba, y luego caminaron juntas por los adoquines, despacio para no resbalar, con los farolillos de las casas encendidos a lo largo de la calle.
San Amaro das Follas parecía distinto a esas horas, aunque Vera sabía que la diferencia no estaba en el pueblo.
Las ventanas iluminadas, el rumor del agua en las canaletas y el olor dulce que todavía llevaba pegado a la ropa eran los mismos de todos los octubres.
Lo que había cambiado era la manera en que Vera escuchaba la noche, con la mano de Alma enlazada a la suya y el recuerdo de sus labios todavía presente, cálido y real.
Al llegar a la esquina, Alma se detuvo para dejar pasar a una pareja que caminaba deprisa bajo un paraguas demasiado pequeño. Vera notó que su mano se tensaba un poco entre la de ella, como si Alma estuviera a punto de decir algo y no supiera cómo empezar.
—¿Qué pasa? —preguntó Vera.
—Nada malo. Solo estaba pensando que mañana tendré que levantarme temprano para enviar el calendario definitivo a la agencia, revisar las fotografías y responder a tres correos que llevo aplazando desde el lunes.
—Una noche romántica y ya estás pensando en tus correos. Qué decepción.
—Quiero que sepas desde el principio con quién te has metido.
—Lo estoy descubriendo poco a poco.
Alma rio, pero enseguida recuperó la seriedad.
—Y también estaba pensando que mañana quiero volver a verte. Aunque solo sea un rato. No quiero que lo de esta noche se convierta en algo que guardemos en un cajón porque no sabemos qué hacer después.