Un octubre para encontrarte CAPÍTULO 11 #4
76%

CAPÍTULO 11 #4

La frase quedó entre ellas, sencilla y cálida.

Vera sintió que el corazón le daba un pequeño vuelco, y por primera vez en toda la noche dejó de buscar una respuesta ingeniosa.

No porque no tuviera ninguna, sino porque no quería usarla para apartarse de lo que acababa de escuchar.

Alma había dicho que aquello le gustaba, que quería seguir conociéndola, que estaba intentando construir una vida en la que no tuviera que escapar cada vez que algo importaba.

Vera no podía saber qué haría con todo eso dentro de un mes, pero podía decidir qué hacer con lo que tenía delante en aquel instante.

—Alma —dijo despacio—, esta noche he pensado mucho en lo que me dijiste el otro día.

Alma se quedó muy quieta.

—¿Qué parte?

—La parte en la que dijiste que querías besarme.

Una sonrisa apareció en el rostro de Alma, pero esta vez no pareció utilizarla para protegerse. Fue una sonrisa pequeña, nerviosa y luminosa, como si la posibilidad de que Vera hubiera guardado aquellas palabras con el mismo cuidado que ella le diera una mezcla de alegría y vértigo.

—Yo también he pensado mucho en eso.

—Me lo imaginaba.

—¿Ah, sí?

—No te emociones. Es una suposición basada en que llevas toda la tarde mirando hacia aquí cada vez que crees que no me doy cuenta.

Alma abrió la boca, ofendida, y luego se echó a reír.

—Eso es una acusación muy grave.

—Puedes presentar una queja por escrito.

—La presentaré mañana. Hoy tengo otras prioridades.

Vera sintió que el calor le subía a las mejillas.

No estaba acostumbrada a que el deseo se instalara en ella con tanta claridad y, al mismo tiempo, con tan poca urgencia.

No necesitaba apresurarse para demostrar que quería a Alma cerca; tampoco quería fingir indiferencia cuando lo cierto era que llevaba días recordando el roce de sus manos, la cercanía de su voz y aquella conversación en la puerta de la casa de Alma en la que ambas habían admitido lo que deseaban sin atreverse a dar el paso.

—¿Y cuáles son esas prioridades? —preguntó Vera, aunque sabía perfectamente la respuesta.

Alma dejó la taza a un lado y se inclinó un poco hacia ella, sin invadir el espacio que las separaba.

—Me gustaría besarte. Si tú quieres. Y si prefieres que no sea esta noche, voy a seguir queriendo verte mañana.

Vera notó cómo se le aflojaban los hombros.

Había algo precioso en aquella última frase, en la forma en que Alma le ofrecía el deseo sin convertirlo en una exigencia y en que dejara claro que un no, o un todavía no, no tendría que transformarse en otra despedida.

Vera se tomó unos segundos para escuchar la lluvia, el leve zumbido de la calefacción y el murmullo distante de una conversación en la calle.

No estaba buscando una señal del universo.

Solo quería asegurarse de que la respuesta que diera fuera suya.

—Sí —dijo—. Quiero que me beses.

Alma no se movió de inmediato. La sonrisa se le volvió más suave, y Vera percibió que la seguridad que había intentado mostrar durante la conversación dejaba paso a una vulnerabilidad mucho más honesta.

—¿Puedo acercarme?

—Puedes.

Alma rodeó el extremo del mostrador y se detuvo a su lado.

Vera giró el cuerpo hacia ella, dejando la taza sobre la madera para tener las manos libres.

No necesitaba que Alma la guiara hasta el beso ni que decidiera por las dos cómo debía ocurrir.

Se conocían lo suficiente para que el espacio entre ambas no fuera desconocido, pero no tanto como para que Vera quisiera dar nada por hecho.

Extendió una mano y encontró los dedos de Alma, que la recibieron con una presión suave.

Después se puso en pie y se acercó un poco más, guiándose por la voz que tenía delante y por el calor que percibía cuando Alma respiraba.

—Estoy aquí —susurró Alma.

—Ya lo sé.

—Tenía que decirlo.

—Entonces me alegro de que lo hayas dicho.

Alma levantó una mano, pero antes de tocarla se detuvo un instante.

—¿Puedo acariciarte la cara?

Vera sonrió.

—Sí.

Los dedos de Alma rozaron primero su mejilla, con una delicadeza que hizo que Vera notara cada detalle del contacto: el pulgar cerca del pómulo, la tibieza de la palma, la pequeña pausa antes de que la mano se acomodara junto a su mandíbula.

Vera apoyó una mano en el brazo de Alma, no para sostenerse, sino porque quería tocarla también.

El tejido del jersey era suave bajo sus dedos, y el pulso de Alma parecía más rápido de lo que su voz había dejado entrever.

—Si te acercas un poquito más —murmuró Vera—, quizá consigas besarme antes de que amanezca.

Alma soltó una risa breve, nerviosa, y la distancia se redujo. Vera sintió el roce de su nariz, una pausa en la que ambas parecieron preguntarse si de verdad estaban a punto de hacerlo y, finalmente, el contacto de los labios de Alma sobre los suyos.

El primer beso fue suave, casi tímido. No tuvo nada de las escenas perfectas que aparecían en las películas románticas, con una música que subía justo en el momento adecuado y dos personas que parecían saber de antemano qué hacer con las manos.

Alma la besó con una cautela que Vera reconoció como respeto, y Vera respondió acercándose un poco más, dejando claro que no necesitaba que la trataran como si fuera a romperse.

Sus labios se encontraron otra vez, esta vez con menos incertidumbre, y Vera sintió que algo que había estado conteniendo desde hacía semanas se abría sin prisa, sin estruendo, como una puerta que por fin deja de atascarse en el marco.

La mano de Vera subió hasta el hombro de Alma.

La otra siguió entrelazada con la suya, y el beso se alargó lo suficiente para que el resto de la librería pareciera retirarse a una distancia amable.

Seguían allí las tazas de té, las cajas de adornos, los libros que tendrían que volver a sus estantes y las cuentas que Vera revisaría al día siguiente.

Seguía lloviendo sobre San Amaro das Follas, y el viento hacía temblar de vez en cuando los farolillos del escaparate.

Nada había cambiado de manera milagrosa.

Y, sin embargo, Vera sintió que algo importante acababa de ocurrir.

Cuando se separaron, no lo hicieron del todo. Alma mantuvo la frente cerca de la suya, y Vera escuchó su respiración, un poco entrecortada. No sabía qué expresión tendría en aquel instante, pero podía imaginarla con suficiente precisión como para sonreír.

—Hola —susurró Alma.

Vera soltó una carcajada suave.

—¿Hola?

—No se me ha ocurrido nada mejor.

—Después de todo lo que has dicho esta noche, esperaba una frase un poco más elaborada.

—Puedo intentarlo otra vez. Dame un segundo.

Alma carraspeó con solemnidad, como si fuera a pronunciar un discurso ante el ayuntamiento.

—Estimada Vera: por medio de la presente, deseo comunicarle que el beso ha superado ampliamente mis expectativas y que estaría encantada de repetir la experiencia en futuras ocasiones, siempre que la interesada esté de acuerdo y no presente una reclamación formal por exceso de torpeza.

Vera se rio tanto que tuvo que apoyar la frente un instante en el hombro de Alma.

—Acepto la solicitud —dijo cuando consiguió hablar—, aunque me reservo el derecho a revisar las condiciones.

—Por supuesto. Soy una profesional.

—Eso está por demostrar.

Alma le dio un beso breve en la sien, tan ligero que Vera casi lo sintió más como una promesa de cercanía que como un gesto romántico.

Después se apartó lo suficiente para que ambas pudieran respirar con comodidad, pero no soltó su mano.

Vera agradeció que no intentara convertir aquel primer beso en una declaración sobre todo lo que vendría después.

No le pidió que definieran la relación, ni que hicieran planes para las próximas semanas, ni que aseguraran que ninguna de las dos volvería a tener miedo.

Simplemente se quedó allí, junto a ella, con los dedos enlazados y una sonrisa que Vera podía oír incluso cuando no la veía con claridad.

—¿Estás bien? —preguntó Alma al cabo de un momento.

—Sí. ¿Tú?

—Estoy intentando recordar cómo se habla con normalidad.

—No te preocupes. Nunca ha sido tu especialidad.

—Qué crueldad. Acabo de besarte y ya estás destruyendo mi autoestima.

—Quiero que nuestra relación empiece con honestidad.

Alma se quedó callada un instante, y Vera percibió el cambio en su respiración antes de escucharla responder.

—¿Nuestra relación?

La pregunta no sonó exigente. Sonó sorprendida, casi maravillada, como si Alma hubiera escuchado una palabra que deseaba desde hacía tiempo y todavía no se atreviera a creer que podía pertenecerle.

Vera sintió que el rubor regresaba a sus mejillas.

—He dicho «nuestra relación» en el sentido amplio de la expresión. Nuestra relación como dos personas que se conocen, hablan, se besan y todavía no saben exactamente qué están haciendo.

—Ah. En ese caso, estoy de acuerdo con la definición.

—Menos mal.

—Aunque me gusta cómo suena lo de «nuestra».

Vera bajó la cabeza, sonriendo. No quería adelantarse, pero tampoco iba a negar que aquella palabra le había producido una alegría pequeña y persistente.

Le gustaba pensar que podían construir algo sin necesidad de decidir en una sola noche cómo sería.

Podían seguir trabajando, viajar, discutir, tener días malos y aprender a compartir los buenos.

Podían descubrir que algunas cosas resultaban más difíciles de lo que esperaban y que otras, quizá, eran más sencillas.

No tenían que saberlo todo para permitirse empezar.

Alma le acarició el dorso de la mano con el pulgar.

—No quiero que pienses que este beso significa que ya no tengo miedo —dijo—. Lo tengo. Mucho, de hecho. Pero esta noche no quiero dejar que decida por mí.

Vera asintió. Aquella frase le pareció más valiosa que cualquier promesa de no equivocarse nunca.