Un octubre para encontrarte CAPÍTULO 11 #3
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CAPÍTULO 11 #3

Vera se apoyó en el mostrador y dejó que el cansancio le bajara hasta los hombros.

Tenía los pies doloridos, la garganta algo áspera y la cabeza llena de voces, canciones y fragmentos de cuentos.

También tenía una sensación de satisfacción que no quería confundir con seguridad.

La velada había funcionado, pero todavía tendría que revisar los gastos, calcular cuánto habían recaudado con las donaciones y pensar en las siguientes actividades.

No podía permitirse el lujo de convertir una noche bonita en una excusa para dejar de mirar los números.

Sin embargo, por aquella noche, podía dejar que el orgullo existiera junto al miedo sin obligar a uno de los dos a desaparecer.

—¿Quieres que te prepare algo de beber? —preguntó Alma—. Puedo hacer té. O café, aunque después de las diez quizá sea una forma de sabotaje.

—Té, por favor. Y puedes quitarte esa cosa de la cabeza antes de que te quedes atrapada en ella para siempre.

—¿No te gusta mi disfraz?

—Me parece una amenaza para la arquitectura de la librería.

Alma se quitó la capucha y la dejó sobre una silla. El pelo se le había quedado aplastado en un lado y levantado en el otro, lo que hizo que Vera sonriera antes de poder evitarlo.

—No digas nada —advirtió Alma.

—No he dicho nada.

—Tu silencio está lleno de comentarios.

—Es uno de mis talentos.

Mientras Alma preparaba el té en la pequeña cocina de la parte trasera, Vera terminó de ordenar los libros que habían quedado fuera de sitio y apagó las luces de la zona del escaparate.

El reflejo de los farolillos convertía los cristales en pequeñas ventanas de luz cálida, y la lluvia seguía cayendo sobre los adoquines con la constancia de quien no tiene ninguna intención de terminar pronto.

Cuando Alma regresó con dos tazas, se había quitado el disfraz y llevaba el jersey oscuro que Vera había visto tantas veces durante las últimas semanas.

Dejó una taza cerca de la mano derecha de Vera, tal como sabía que ella prefería, y se sentó al otro lado del mostrador.

Durante un rato hablaron de la velada. De la niña que había preguntado si Vera podía transformar a alguien en rana, de las pistas que habían resultado demasiado difíciles y del hecho de que Don Ramiro se había tomado muy en serio su papel de espantapájaros.

Alma le contó que había hecho algunas fotografías que quería seleccionar con calma antes de compartirlas, y Vera le pidió que le enviara una copia accesible de la selección para poder revisarla con el lector de pantalla y decidir qué imágenes usarían para promocionar la librería.

Alma aceptó sin convertirlo en un favor especial; hablaron de tamaños, formatos y textos alternativos como hablarían de cualquier otra parte del trabajo.

Fue entonces cuando Vera se dio cuenta de que llevaba toda la noche esperando que se quedaran solas.

No había dejado de atender a los invitados ni de disfrutar de la celebración, pero una parte de su atención había seguido pendiente de Alma, de sus pasos entre las mesas y de su risa cuando alguien contaba un chiste malo.

Ahora no había ninguna niña esperando una pista, ningún vecino pidiendo otra taza de chocolate ni ningún libro que necesitara volver a su estante.

Solo estaban ellas, el té enfriándose despacio y una pregunta que ninguna de las dos parecía dispuesta a pronunciar primero.

Alma dejó la taza sobre el mostrador.

—Vera, hay algo que quiero contarte con más calma. Lo de la campaña.

Vera sintió que su cuerpo se tensaba un poco, pero no apartó las manos de la taza.

Habían hablado de ello durante la semana y Alma le había explicado que estaba negociando las condiciones para no tener que abandonar Galicia durante meses seguidos.

Vera sabía que la propuesta implicaba trabajo presencial en dos periodos y edición a distancia entre ambos, aunque todavía faltaban detalles por cerrar.

También sabía que Alma no quería prometer algo que dependiera de una empresa, de un calendario o de circunstancias que ninguna de las dos controlaba por completo.

—Te escucho.

—La agencia ha aceptado estudiar la propuesta.

No está cerrado del todo, pero la idea sería que viajara para las sesiones principales, trabajara allí durante unas semanas y después regresara para editar y preparar el resto desde aquí.

Habría otro periodo presencial más adelante, pero entre medias podría seguir llevando mis otros encargos.

Me han pedido que les envíe un calendario definitivo la semana que viene.

Vera asintió lentamente, dejando que la información encontrara su lugar.

No era exactamente una solución sencilla, pero sí una posibilidad concreta.

Alma no estaba renunciando a la campaña ni intentando convencer a la agencia de que el trabajo no le importaba.

Estaba buscando una forma de hacerlo que también encajara con la vida que quería construir.

—¿Y eso es lo que tú quieres? —preguntó Vera.

—Sí. Quiero hacer la campaña. Me interesa el proyecto, me interesa trabajar con ese equipo y sería una oportunidad importante para mí.

Pero también quiero seguir teniendo mi base aquí.

No quiero volver a organizar toda mi vida alrededor de la idea de que, si aparece algo interesante en otro sitio, tengo que marcharme y empezar de cero.

Llevo tiempo pensando en cómo quiero trabajar, y esto me permitiría probar algo distinto sin dejar atrás todo lo que he construido.

Alma hizo una pausa, como si quisiera asegurarse de no esconderse detrás de las palabras.

—Y quiero seguir conociéndote. No te estoy contando esto para que me digas que el plan te parece bien ni para que me des permiso.

Es mi trabajo y es mi decisión. Pero quiero que sepas lo que está pasando porque no quiero volver a dejarte fuera de una parte importante de mi vida por miedo a lo que puedas pensar.

Vera bajó la mirada hacia sus manos. La taza estaba tibia entre sus dedos, y el vapor del té llevaba un leve olor a canela que se mezclaba con el de las galletas y las hojas secas.

Había imaginado aquella conversación de muchas maneras durante los últimos días.

En algunas, Alma llegaba con una decisión definitiva y Vera tenía que elegir si podía aceptarla; en otras, las palabras se convertían en una despedida antes incluso de que ninguna de las dos se atreviera a decir que aquello había empezado.

En la realidad, Alma estaba sentada frente a ella, contándole una posibilidad que todavía podía cambiar, sin pedirle que la tranquilizara ni que le prometiera que todo saldría bien.

—Me alegra que hayas encontrado una forma que te interese —dijo Vera al fin—. Y me alegra que me lo cuentes. Creo que las dos cosas son importantes.

Alma soltó el aire con suavidad.

—Tenía miedo de que pensaras que estaba intentando decirte lo que querías oír.

—Lo habría pensado si hubieras dicho que ibas a rechazar la campaña por mí.

No quiero que hagas eso, Alma. No quiero convertirme en una razón para que dejes de hacer algo que te importa, y tampoco quiero ser la razón por la que te quedes si, en realidad, lo que deseas es irte.

No podría sentirme tranquila con una decisión así.

—Lo sé. Por eso he intentado separar las cosas. No siempre me ha salido bien, pero estoy intentándolo.

Vera levantó la cabeza y buscó su rostro.

La luz de los farolillos le dejaba algunas sombras suaves en las mejillas; no distinguía todos los detalles con la claridad de otros tiempos, pero reconocía la expresión concentrada que Alma adoptaba cuando se esforzaba por decir algo sin esconderse detrás de una broma.

A Vera le gustaba aquella expresión. Le gustaba que Alma se permitiera estar incómoda y no huyera de inmediato para recuperar el control de la situación.

—No puedo prometerte que no voy a tener miedo —dijo Vera—.

Hay muchas cosas que no sé. No sé cómo será mi visión dentro de unos meses, ni qué pasará con la librería, ni cómo nos sentiremos cuando empieces a viajar por trabajo.

No sé si vamos a encajar en todas las cosas que importan.

Pero sí sé que no quiero tomar todas esas incertidumbres como razones para no intentarlo.

Alma permaneció callada. Vera notó que estaba escuchando de verdad, sin apresurarse a responder ni a convertir lo que acababa de decir en una promesa que pudiera aliviarles la noche.

—Tampoco quiero que confundamos esto con tener que estar juntas todo el tiempo —continuó Vera—.

Tengo mi vida, mi trabajo y mis días buenos y malos.

No necesito que estés pendiente de mí a cada minuto.

Necesito poder decirte lo que me pasa, preguntarte lo que te pasa a ti y confiar en que no vas a desaparecer justo cuando una conversación se vuelva difícil.

Si algún día necesitas espacio, dímelo. Si necesitas marcharte por trabajo, dímelo.

Si cambias de opinión sobre mí, también tendrás que decírmelo.

Prefiero una verdad incómoda a pasarme semanas intentando interpretar un silencio.

Alma bajó los ojos un instante y después volvió a mirarla.

—No quiero que tengas que adivinarme. Y sé que decirlo ahora no demuestra demasiado. Tendré que demostrarlo cuando vuelva a tener miedo, que seguramente será antes de lo que me gustaría.

—Probablemente.

—Podrías fingir que no lo sabes.

—Podría, pero se me da fatal fingir.

—Eso me gusta de ti.