CAPÍTULO 11 #2
Alma se sentó junto a ella y empezó a ordenar las tarjetas en voz alta, canturreando cada número como si estuviera participando en un concurso.
Vera escuchó, corrigiendo un par de errores y descubriendo que una de las pistas se había quedado en blanco porque la impresora había decidido tomarse un descanso en el peor momento posible.
Cuando Alma encontró la tarjeta vacía, propuso escribirla a mano.
Vera dictó el texto y ella lo anotó con una letra sorprendentemente clara.
—¿Ves? —dijo Alma cuando terminó—. La tecnología puede fallar, pero el romanticismo de la tinta permanece.
—Eso ha sido tan cursi que casi me arrepiento de haberte invitado.
—Todavía puedes expulsarme.
—No mientras tengas las chocolatinas.
—Sabía que acabarías admitiendo que soy imprescindible.
Vera iba a responder cuando Alma le rozó la mano al dejar el bolígrafo sobre la mesa.
Fue un contacto breve, accidental en apariencia, pero ninguna de las dos retiró los dedos de inmediato.
Vera sintió el calor de la piel de Alma junto a la suya y notó que la conversación se quedaba suspendida en un punto delicado, como una palabra que una conoce y tarda un segundo más de lo habitual en pronunciar.
Después Alma apartó la mano con suavidad y retomó la tarea.
No hubo ninguna frase ingeniosa que deshiciera la tensión, y Vera agradeció que no la hubiera.
A las seis comenzaron a llegar los primeros vecinos.
La librería se llenó poco a poco de voces, paraguas mojados y el olor dulce de las galletas de jengibre.
Una niña vestida de fantasma entró con su padre y se quedó fascinada ante los farolillos que colgaban sobre la mesa de novedades.
Dos hermanos llegaron disfrazados de vampiros, con capas negras y dientes de plástico que se les caían cada vez que intentaban hablar.
Maruxa apareció con una diadema de hojas doradas y aseguró que aquello no era un disfraz, sino una declaración de principios.
Don Ramiro, que había decidido vestirse de espantapájaros, llevaba un sombrero tan grande que golpeó el marco de la puerta al entrar y fingió que no había pasado nada.
Vera se había puesto un vestido oscuro, botas cómodas y una capa de terciopelo que encontró en el fondo de su armario.
El sombrero de bruja descansaba sobre su pelo, sujeto con dos horquillas, y llevaba un pequeño broche en forma de luna que su hermana le había regalado años atrás.
No necesitaba verse de cuerpo entero para saber cómo había quedado el conjunto; había elegido cada pieza por su textura, por cómo le sentaba y por la sensación de seguridad que le daba.
Cuando una de las niñas le preguntó si era una bruja de verdad, Vera le contestó que solo los martes y que, por desgracia, aquella noche tenía demasiadas cosas que hacer como para convertir a nadie en rana.
La niña abrió mucho la boca, impresionada.
—¿Y puedes hacer aparecer cosas?
—A veces. Pero normalmente solo hago aparecer facturas.
La niña se rio, aunque su padre pareció preguntarse si debía preocuparse por la salud financiera de la librería.
Vera le aseguró que era una broma y los condujo hasta la mesa de las galletas, donde Alma esperaba con su propio disfraz: una especie de fantasma de tela blanca con una capucha demasiado grande, dos agujeros para los ojos y una pequeña cámara colgada del cuello.
La tela se le enganchaba de vez en cuando en los codos, y el conjunto tenía un aire tan poco aterrador que Vera sospechó que había sido diseñado con la intención de provocar ternura antes que miedo.
—¿Qué se supone que eres? —le preguntó cuando Alma se acercó.
—Un espíritu errante.
—¿Errante por dónde?
—Por la librería, principalmente. También por los pasillos, si no me tropiezo con la tela.
—Eso explica muchas cosas.
—¿Qué cosas?
—Que seas el primer fantasma que he conocido que necesita que le despejen el camino.
Alma se llevó una mano al pecho con fingida ofensa.
—No sabes lo difícil que es asustar a la gente cuando te ves obligada a caminar como si llevaras una cortina de ducha puesta.
—No lo sé, pero me alegro de que estés haciendo el esfuerzo.
Alma se inclinó un poco hacia ella y bajó la voz.
—¿Y tú? ¿Eres una bruja de las que preparan pociones o de las que lanzan maldiciones?
—Depende. ¿Has vuelto a desaparecer sin avisar?
La pregunta salió envuelta en una sonrisa, pero llevaba dentro algo más serio.
Vera no pretendía humillarla ni recordarle la conversación difícil como una deuda pendiente.
Sin embargo, tampoco quería fingir que el miedo de Alma no había tenido consecuencias, o que bastaba con una disculpa para que todo volviera a su sitio.
La confianza no era un interruptor que pudiera encenderse cuando resultaba conveniente; se parecía más a una habitación que se iluminaba poco a poco, conforme una aprendía dónde estaban las cosas y dejaba de tropezar con ellas.
Alma no apartó la mirada.
—No —respondió—. Hoy estoy aquí.
Vera asintió. No era una promesa de eternidad, y precisamente por eso podía creerla.
—Entonces te dejaré vivir. De momento.
—Qué generosa.
—Es Halloween. Estoy intentando ser amable con los espíritus.
La primera parte de la velada fue un pequeño caos encantador.
Los niños siguieron las pistas entre los estantes, los adultos discutieron con entusiasmo sobre quién había escrito los mejores acertijos y una pareja de vecinos se empeñó en que una novela de misterio tenía que contener un fantasma de verdad para considerarse apropiada para la fecha.
Vera presentó la lectura de cuentos desde un rincón despejado de la sala, con el micrófono que habían conseguido prestado en el centro cultural.
Antes de empezar, explicó cómo se desarrollaría la búsqueda y recordó que las personas podían pedir las pistas en voz alta si lo necesitaban.
Lo dijo como una indicación práctica, sin hacer de ello un discurso, y se sintió satisfecha cuando vio —o más bien oyó, en el murmullo de la gente que se organizaba— que todos lo aceptaban con la misma naturalidad con la que aceptaban las reglas de cualquier juego.
Alma se encargó de las fotografías de la celebración durante los momentos en que no estaba ayudando con la merienda.
Capturó las manos pequeñas sosteniendo tarjetas, la sonrisa de Maruxa al descubrir que su equipo había resuelto una pista antes que el de Don Ramiro y el instante en que uno de los niños se quedó dormido sobre el hombro de su padre mientras alguien leía un cuento de una casa encantada.
También fotografió a Vera leyendo, aunque lo hizo desde un lugar discreto y sin interrumpirla.
Vera supo que la estaba fotografiando por el leve clic de la cámara y por el silencio que Alma guardó después, y se preguntó qué habría visto ella en aquel momento.
No la imagen exacta, sino aquello que la había hecho querer conservarla.
Cuando llegó el turno de la lectura, Vera eligió un cuento breve sobre una mujer que recibía cartas de alguien que aseguraba vivir al otro lado del bosque.
No era una historia especialmente terrorífica; tenía una casa vieja, una luz que aparecía cada noche entre los árboles y un final que podía interpretarse de varias maneras.
A Vera le gustaban los cuentos que no cerraban todas las puertas, los que dejaban al lector con una pregunta que podía acompañarlo hasta casa.
Mientras leía, oyó el rumor de la lluvia detrás de los cristales y el crujido de las sillas cuando el público se acomodaba.
En un momento levantó la vista y distinguió la silueta blanca de Alma al fondo de la sala, inmóvil por una vez, con la cámara descansando contra el pecho.
No supo si Alma la estaba mirando o escuchando.
Tal vez ambas cosas. Vera continuó leyendo y, cuando llegó al final, dejó que el silencio durara un instante antes de cerrar el libro.
Los aplausos llenaron la librería y ella inclinó la cabeza, agradecida, con una calidez en el pecho que no provenía solo de la buena acogida.
Durante unos minutos, A Última Folla había sido exactamente lo que Vera siempre había querido que fuera: un lugar en el que la gente pudiera reunirse alrededor de una historia y sentirse parte de algo, aunque fuera durante una tarde lluviosa de octubre.
Eso no pagaría las facturas del mes siguiente.
No le devolvería los niveles de visión que había perdido ni le garantizaría que la librería seguiría abierta dentro de un año.
Pero era real, y Vera estaba aprendiendo a concederle a las cosas reales su valor sin exigirles que solucionaran el resto de su vida.
A las diez, cuando los últimos niños se marcharon con sus bolsas de caramelos y los adultos comenzaron a recoger sus abrigos, la librería recuperó poco a poco el silencio.
Maruxa se llevó las bandejas vacías y Don Ramiro prometió volver al día siguiente para ayudar a guardar las decoraciones, aunque Vera sospechaba que lo había dicho porque no quería cargar con la caja más pesada aquella noche.
Alma acompañó a los últimos invitados hasta la puerta y regresó para recoger los vasos, todavía envuelta en su disfraz de fantasma, con un mechón de pelo escapándosele por debajo de la capucha.
—Ha salido bien —dijo mientras apilaba las tazas.
—Ha salido bastante bien —corrigió Vera—. Dos niños se han peleado por una chocolatina, el micrófono ha hecho un ruido que podría haber invocado a un demonio y Don Ramiro ha intentado convencer a tres personas de que las hojas secas son una forma de arte contemporáneo.
—Entonces ha salido exactamente como debía salir.
—Supongo que sí.