Un octubre para encontrarte CAPÍTULO 11
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CAPÍTULO 11

EL BESO DE MEDIANOCHE

La primera calabaza se cayó al suelo a las nueve y doce de la mañana, cuando Vera intentaba convencer a una guirnalda de hojas secas de que podía colgarse del estante de poesía sin arrastrar consigo tres novelas, un libro de recetas y la dignidad de quien llevaba veinte minutos asegurando que tenía la situación bajo control.

El golpe resonó por toda la librería y fue seguido por el rodar de algo pequeño que terminó chocando contra la pata del mostrador.

Vera se quedó quieta, con un extremo de la guirnalda entre los dedos y la otra mano apoyada en el borde de la escalera, mientras evaluaba los daños a partir de los sonidos.

—Si te has roto, espero que haya sido por una buena razón —le dijo a la calabaza.

—Yo diría que ha sido por una razón excelente.

La voz de Alma llegó desde la puerta, acompañada por el tintineo del pequeño cascabel que Vera había colgado en el marco para anunciar las entradas cuando la campanilla habitual quedaba ahogada por el ruido de la calle.

Vera no necesitó verla para imaginar la sonrisa que estaría intentando contener.

Llevaba varios días aprendiendo a reconocer aquella sonrisa incluso antes de escucharla: se le escapaba en la manera de pronunciar ciertas palabras, en la pausa que dejaba antes de una broma y en ese pequeño cambio de tono que aparecía cuando quería hacer reír a alguien sin admitir que ese era precisamente su propósito.

—No te rías. Estoy sufriendo una catástrofe decorativa.

—Lo veo. ¿Necesitas ayuda o prefieres terminar de derrotarte tú sola?

Vera bajó de la escalera con cuidado y encontró la calabaza palpando el suelo con la punta del zapato. La recogió antes de que Alma pudiera adelantarse, la sostuvo contra el pecho y sonrió, a su pesar.

—Puedo recoger una calabaza sin asistencia profesional.

—No lo dudo. Aunque, si vas a contratarme como asesora de decoración, debo advertirte que mis tarifas son elevadas.

—¿Y qué incluye el servicio?

—Una opinión no solicitada sobre cada objeto que coloques, dos chistes malos por hora y la posibilidad de que te robe una castaña.

—Lo último me parece un abuso.

—Lo negociaré.

La risa de Alma llenó la librería con una familiaridad que a Vera le resultó agradable y un poco peligrosa.

Durante los últimos días había intentado no convertir cada gesto de aquella mujer en una promesa, ni cada visita en una señal de que las cosas por fin iban a salir bien.

Habían hablado con una honestidad que no siempre resultaba cómoda, habían reconocido sus miedos sin encontrar una fórmula que los hiciera desaparecer y habían acordado algo que, aunque sencillo de expresar, requería bastante más valor del que Vera estaba dispuesta a admitir: dejar de tomar decisiones por la otra persona antes de darle la oportunidad de elegir.

Alma había cumplido con su palabra. Había vuelto a la librería cuando dijo que volvería, había contado lo que sabía de la campaña y había dejado de responder con evasivas cada vez que Vera preguntaba por su futuro.

Eso no significaba que todo estuviera resuelto.

La oferta profesional seguía sobre la mesa, la negociación todavía tenía flecos y la librería continuaba arrastrando unas cuentas que no iban a equilibrarse porque dos mujeres se mirasen de una manera especialmente bonita bajo una guirnalda de calabazas.

Vera sabía todo aquello. También sabía que, aun así, se había despertado esa mañana con una ilusión difícil de disimular y con el recuerdo de Alma diciéndole que quería besarla.

No había sido una declaración grandiosa.

No había música de fondo, ni una tormenta golpeando las ventanas, ni una coincidencia milagrosa que les hubiera indicado qué hacer.

Había sido una frase pronunciada en voz baja, después de una conversación difícil, con las manos de ambas ocupadas en desenredar una guirnalda.

Precisamente por eso Vera no conseguía quitársela de la cabeza.

—Traigo provisiones —anunció Alma, dejando una bolsa sobre el mostrador—. Castañas, mandarinas, galletas de jengibre y unas chocolatinas que compré porque la señora de la tienda me miró como si estuviera cometiendo un delito contra Halloween al llevarme solamente caramelos de menta.

—¿Y cometías ese delito?

—Por lo visto, sí. Me explicó que nadie quiere caramelos de menta en una fiesta de Halloween, que eso es algo que se le da a las visitas cuando quieres que se vayan pronto.

—Una mujer sabia.

—Me lo dijo mientras me vendía las chocolatinas. No sé si era sabiduría o estrategia comercial.

—En San Amaro esas cosas suelen ir juntas.

Alma comenzó a sacar las provisiones, y Vera la escuchó ordenar las bolsas sobre el mostrador.

Conocía ya algunos de sus pequeños hábitos: dejaba las cosas a la derecha cuando quería tenerlas a mano, tamborileaba con los dedos sobre cualquier superficie mientras pensaba y se recogía el pelo cuando se concentraba, aunque después se le escapaban mechones que terminaban rozándole las mejillas.

Vera no necesitaba ver todos aquellos detalles con nitidez para haberlos aprendido.

A veces bastaba con prestar atención al sonido de una goma elástica, a la manera en que alguien se movía en una habitación o a la familiaridad que iba adquiriendo el silencio compartido.

—¿Has dormido? —preguntó Alma.

—Bastante.

—Esa respuesta tiene una cantidad sospechosa de ambigüedad.

—He dormido lo suficiente para no confundir una novela con una calabaza. Lo demás es información confidencial.

—Entonces no preguntaré por qué me has enviado un mensaje a las dos y cuarto de la madrugada para decirme que habías encontrado una errata en el cartel.

Vera se volvió hacia ella.

—Era una errata importante.

—Habías escrito «lecturas de mistero».

—Le faltaba una i.

—La literatura habría sobrevivido.

—La literatura, sí. Mi reputación, no.

Alma volvió a reírse, y Vera sintió que algo dentro de ella se aflojaba.

Le gustaba hacerla reír. Le gustaba que Alma no tratara cada broma como una invitación a preguntarle si estaba bien, ni cada momento de silencio como un problema que había que resolver.

Le gustaba, sobre todo, que su presencia empezara a ocupar un lugar reconocible en la librería sin desplazar nada de lo que ya existía allí: los libros, los clientes habituales, el olor a papel, el trabajo pendiente y la pequeña figura de cerámica que Don Ramiro seguía observando desde el escaparate con su expresión de gato indignado.

La mañana transcurrió entre preparativos y visitas.

Maruxa apareció con una cesta de manzanas que, según ella, eran imprescindibles para cualquier celebración otoñal decente, aunque Vera sospechaba que había traído el doble de las que necesitaban con la esperanza de venderlas antes de volver al mercado.

Don Ramiro llegó después con una caja de farolillos de papel y se pasó diez minutos discutiendo con Alma sobre cuál de los dos sabía más de decoración.

A mediodía, dos adolescentes del instituto dejaron sobre el mostrador una lista de pistas para la búsqueda del tesoro literario y exigieron que Vera confirmara que sus acertijos eran lo bastante difíciles como para no resultar insultantes.

Ella les aseguró que la única persona que podía sentirse insultada por aquellas pistas era alguien que hubiese perdido la capacidad de leer, y los dos se marcharon encantados, convencidos de que aquello había sido un elogio.

Mientras tanto, Alma fotografió los preparativos sin convertir la librería en un estudio.

Había pedido permiso para hacer algunas imágenes de la decoración, de las manos preparando las tarjetas y de los farolillos encendidos junto a los libros.

Después guardó la cámara durante un buen rato para ayudar a colocar las sillas, preparar la mesa de las bebidas y revisar con Vera el recorrido de la búsqueda del tesoro.

Cuando una caja de adornos quedó demasiado alta para que Vera alcanzara su contenido con comodidad, Alma preguntó si quería que la bajara.

Vera aceptó, y ella la dejó en una mesa cercana sin añadir ningún comentario ni convertir el gesto en una demostración de bondad.

A Vera le sorprendió cuánto había llegado a importarle aquella naturalidad.

No porque necesitara que todo el mundo supiera actuar exactamente así, sino porque estaba acostumbrada a que algunas personas confundieran la ayuda con el derecho a decidir.

Alma podía ser impulsiva, podía perderse en sus propias dudas y podía hacer chistes en momentos en los que lo más sensato habría sido guardar silencio; pero estaba aprendiendo a preguntar, y Vera estaba aprendiendo a responder sin sentir que cada respuesta afirmativa la comprometía a aceptar cualquier cosa que viniera después.

A primera hora de la tarde, cuando el cielo se oscureció y la lluvia empezó a repiquetear contra los cristales, Vera se apartó un momento del mostrador para revisar el programa de la velada con su lector de pantalla.

Había ajustado el tamaño de letra en el ordenador, preparado una versión digital de las pistas y dejado las indicaciones importantes en un documento que podía consultar sin depender de la iluminación de la sala.

Aun así, los preparativos exigían atención y energía, y a ratos la vista le ardía de cansancio.

Cerró los ojos unos segundos antes de volver a abrirlos.

—¿Quieres que me ocupe de algo? —preguntó Alma desde el otro lado de la mesa—. No de todo. De algo concreto.

Vera sonrió ante la precisión de la pregunta.

—Sí. ¿Puedes comprobar que las tarjetas de las pistas estén ordenadas por número? Las he preparado en grupos de cuatro, pero creo que la última tanda se ha mezclado.

—Por supuesto.