Un octubre para encontrarte CAPÍTULO 10 #5
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CAPÍTULO 10 #5

Cuando terminó la llamada, Alma se quedó sentada frente al ordenador con una mezcla de alivio e inquietud.

Había conseguido abrir una posibilidad, no una certeza.

Tendría que revisar las fechas, calcular los gastos y decidir si las condiciones finales le convenían.

Aun así, se dio cuenta de que estaba sonriendo.

La propuesta no solo era más compatible con su vida en Galicia; también le demostraba que podía defender sus necesidades profesionales sin aceptar automáticamente lo que otra persona le ofrecía.

Pensó en Vera, pero no le escribió de inmediato.

No quería enviarle la noticia como si necesitara una recompensa por haber negociado, ni utilizar la conversación para conseguir una señal de que las cosas entre ellas iban mejor.

Esperaría a tener algo concreto que contarle y, mientras tanto, seguiría con su día.

El jueves por la tarde cumplió lo que había acordado.

Llegó a la librería después de comer, tal como le había dicho a Vera, y se encontró con una mesa cubierta de tarjetas, cintas, pequeños farolillos y una lista de tareas que parecía haberse multiplicado durante la noche.

Vera estaba revisando la disposición de las sillas con una expresión de concentración absoluta.

Cuando escuchó la campanilla, levantó la cabeza y preguntó quién era.

—La persona que prometió venir después de comer —contestó Alma—. Y que ha llegado con diez minutos de margen por si las sillas han decidido rebelarse.

Vera sonrió.

—Llegas a tiempo. Eso ya te da una ventaja sobre la mitad del pueblo.

—Estoy trabajando para mejorar mi reputación.

—No te emociones. Todavía tengo que comprobar si sabes colocar una mesa sin torcerla.

Alma dejó el bolso y se acercó para ayudarla.

No hubo ninguna declaración, ningún gesto dramático ni una reconciliación definitiva.

Solo una tarde de trabajo compartido, una conversación sobre las lecturas y varias risas cuando descubrieron que alguien había colocado una tarjeta de pistas en el estante equivocado.

Pero, a medida que avanzaba la tarde, Alma comprendió que estaba aprendiendo a estar presente de una manera nueva.

No necesitaba convertir cada momento en una promesa ni comprobar continuamente si Vera seguía queriendo que estuviera allí.

Podía escuchar, preguntar, cumplir lo acordado y dejar que la confianza se construyera a partir de cosas pequeñas.

Antes de marcharse, Vera le preguntó cómo había ido la llamada con la agencia.

Alma le contó que estaban negociando una distribución más flexible del trabajo y que todavía quedaban detalles por cerrar.

No le presentó el resultado como una decisión definitiva, ni insinuó que todo dependiera de lo que ocurriera entre ellas.

—Me alegro de que estés buscando unas condiciones que te sirvan —dijo Vera—. Espero que salga bien.

—Yo también. Aunque todavía no sé qué haré si no aceptan la propuesta.

—Entonces lo decidirás cuando lo sepas.

Alma sonrió.

—Parece sencillo cuando lo dices tú.

—No he dicho que sea sencillo. He dicho que lo decidirás cuando lo sepas.

La diferencia le pareció importante. Vera no estaba prometiéndole que encontrarían una solución ni intentando convencerla de que todo se arreglaría.

Le recordaba que no tenía que resolver por adelantado problemas que todavía no existían.

Alma se quedó pensando en ello mientras recogían las últimas tarjetas y apagaban las luces de la trastienda.

Cuando llegó la hora de despedirse, se quedaron un momento junto a la puerta.

La lluvia había regresado, suave y constante, y las luces de la guirnalda se reflejaban sobre el cristal.

Alma sintió el deseo de besar a Vera con una claridad que ya no pudo disfrazar de broma.

Pero esta vez no intentó utilizarlo para cerrar la conversación ni para comprobar si seguía teniendo una oportunidad.

—Me gustaría besarte —dijo—. No porque crea que eso va a arreglar nada, sino porque llevo varios días queriendo hacerlo.

Vera se quedó callada un instante. Alma no intentó llenar el silencio ni acercarse sin saber qué respuesta recibiría. Esperó.

—Yo también quiero besarte —contestó Vera—. Pero quiero que, cuando lo hagamos, estemos aquí las dos de verdad.

Alma asintió, sintiendo que la frase le ofrecía algo más valioso que una promesa inmediata.

—Entonces seguiré viniendo. Y seguiré hablando contigo. Aunque me dé miedo.

—Eso sería un buen comienzo.

No se besaron. Alma salió a la calle con una sonrisa pequeña y el corazón más tranquilo de lo que había estado en días.

Había una campaña por negociar, una velada de Halloween por celebrar y una relación que todavía no sabía qué forma tendría.

Ninguna de aquellas cosas estaba resuelta, pero por primera vez no sintió que necesitara resolverlas todas antes de permitirse disfrutar de lo que estaba ocurriendo.

El viernes se acercaba, y con él la noche de las calabazas, las historias y las luces cálidas en la librería.

Alma no sabía si aquella noche cambiaría algo entre ellas.

No podía prometer que la agencia aceptaría las condiciones ni que la distancia dejaría de ser una posibilidad.

Tampoco podía asegurar que nunca volvería a tener ganas de salir corriendo cuando algo le importara demasiado.

Pero sabía qué quería hacer ahora.

Quería estar allí.

Quería mirar a Vera, escucharla reír y descubrir qué ocurría cuando dejaba de tratar el miedo como una orden.

Quería que, si algún día se marchaba por trabajo, no fuera porque había encontrado una excusa para huir, sino porque había tomado una decisión consciente y había hablado de ella con las personas a las que afectaba.

Quería aprender que quedarse no significaba renunciar a todo lo demás, del mismo modo que marcharse no tenía por qué significar abandonar a alguien.

Y quería llegar a Halloween sin haber convertido todavía aquel comienzo en una despedida.

Porque, por primera vez en mucho tiempo, Alma empezaba a comprender que no tenía que elegir entre una vida propia y la posibilidad de compartirla con alguien.

Tenía que aprender a construir una vida en la que ambas cosas pudieran existir, aunque para ello tuviera que negociar, equivocarse, escuchar y volver a intentarlo.

La calabaza que había dejado en la librería la esperaba junto a la ventana, con su sonrisa torcida y sus ojos desiguales.

Alma había pensado que era una decoración bastante ridícula, pero ahora le parecía una compañera apropiada para aquella semana: algo imperfecto, un poco absurdo y, pese a todo, capaz de hacer que alguien se detuviera a sonreír.

A veces, pensó mientras se alejaba por la calle mojada, empezar de nuevo no consistía en convertirse en una persona distinta.

Consistía en dejar de salir corriendo cada vez que la persona que eras empezaba a querer algo de verdad.