CAPÍTULO 10 #4
Alma asintió despacio. No hizo ninguna promesa grandiosa.
Sabía que podía decir que nunca volvería a hacerlo y descubrir, unas semanas después, que el hábito seguía allí, esperando el momento en que algo le importara demasiado.
Prefería reconocer que tendría que aprender otra manera de actuar, una conversación cada vez, una decisión cada vez.
—Voy a intentarlo de verdad —dijo—. Y mañana, cuando hable con la agencia, voy a decidir qué condiciones necesito para que el trabajo encaje en mi vida.
No voy a tomar la decisión pensando en lo que tú puedas esperar de mí, pero tampoco voy a fingir que conocerte no ha cambiado lo que quiero para los próximos meses.
Vera asintió.
—Eso me parece justo.
La conversación terminó sin una solución definitiva, y Alma agradeció que así fuera.
No habían resuelto la campaña, no habían decidido si podían tener una relación a distancia y no habían puesto nombre a lo que estaba empezando entre ellas.
Pero, por primera vez en varios días, Alma no sintió que necesitara escapar para recuperar el control.
Podía dejar que la incertidumbre siguiera allí y, aun así, permanecer sentada frente a Vera.
Fue Vera quien se levantó primero para volver a las tareas.
Le pidió que le alcanzara la caja de luces y juntas terminaron de colocar la decoración de la ventana.
Alma sujetó el extremo de la guirnalda mientras Vera indicaba dónde quería fijarla, y después ambas retrocedieron para observar el resultado.
Las luces cálidas dibujaban un arco sobre el cristal, entre hojas de papel y pequeñas siluetas de murciélagos.
En el centro habían colocado una calabaza de cartón con una sonrisa exagerada que Alma había recortado por la mañana.
—Tiene tu sentido del humor —dijo Vera.
—Es una calabaza muy sofisticada.
—Parece que acaba de descubrir un secreto terrible.
—Quizá sabe quién se ha comido las últimas galletas.
Vera miró hacia la bandeja de la trastienda.
—Alma.
—No hay pruebas.
—Tienes migas en la manga.
Alma se sacudió la manga con una dignidad muy poco convincente y Vera se echó a reír.
Aquella risa no borró la conversación anterior, pero le dio a Alma una sensación de continuidad que había echado de menos durante toda la semana.
Seguían siendo capaces de bromear, de trabajar juntas y de disfrutar de la compañía de la otra incluso después de hablar de algo difícil.
Quizá la intimidad no consistía en evitar las conversaciones incómodas, sino en descubrir que podían tenerlas sin que todo lo demás desapareciera.
Cuando terminaron, Vera comprobó la hora y empezó a recoger los materiales sobrantes.
Alma guardó las tijeras, ordenó las tarjetas y recogió los papeles que habían caído al suelo.
No se apresuró a marcharse ni buscó una excusa para prolongar la tarde.
Simplemente terminó lo que estaba haciendo y esperó a que Vera decidiera si necesitaba algo más.
—Creo que por hoy está bastante bien —dijo Vera, mirando la ventana—. Mañana revisaré el recorrido una última vez y el jueves podemos preparar las mesas.
—Si quieres, puedo venir el jueves.
Vera se volvió hacia ella.
—¿Puedes venir?
Alma estuvo a punto de responder que sí de inmediato, pero recordó que una parte de su problema consistía en aceptar compromisos antes de haber mirado su agenda y después buscar la manera de retirarse cuando le resultaban incómodos.
Sacó el teléfono, revisó las tareas pendientes y comprobó la hora de la llamada con la agencia.
—Sí. Tengo una sesión por la mañana, pero puedo venir después de comer. ¿Te sirve?
Vera pareció apreciar la respuesta más de lo que Alma esperaba.
—Sí. Después de comer me viene bien.
—Entonces vendré.
No añadió que no la dejaría plantada ni que podía confiar en ella para siempre. Le bastaba con comprometerse a algo concreto y cumplirlo.
Se despidieron en la puerta. Alma tenía ganas de acercarse, de tocarle la mano o de besarla, pero no quiso convertir el final de la tarde en una prueba de si Vera ya había dejado atrás el dolor de los últimos días.
Así que se limitó a decirle que la decoración estaba quedando preciosa y que esperaba que la velada fuera bien.
—Yo también —respondió Vera—. Y gracias por venir hoy.
Alma sostuvo su mirada un momento.
—Gracias por dejarme hacerlo.
Vera no respondió enseguida. Después sonrió con una suavidad que Alma no se atrevió a interpretar como una promesa, aunque sí como una señal de que la conversación había servido para algo.
Se despidieron y Alma salió a la calle con la sensación de que había hecho menos de lo que deseaba y más de lo que había conseguido hacer durante los últimos días.
No había arreglado nada por completo. Pero había dejado de huir, al menos aquella tarde.
El camino de vuelta a casa le pareció más corto de lo habitual.
Alma caminó despacio, con las manos en los bolsillos y la cámara golpeándole suavemente el costado.
La lluvia había cesado, y una luz amarilla se extendía entre las nubes sobre los tejados del pueblo.
En una ventana, alguien estaba colocando pequeñas calabazas de papel; en otra, una niña pegaba dibujos de fantasmas con cinta adhesiva mientras un adulto sostenía una escalera.
La gente se preparaba para Halloween con esa mezcla de ilusión y desorden que convertía cualquier fiesta del pueblo en una empresa imposible de organizar sin que alguien perdiera unas tijeras, olvidara una caja o apareciera con el doble de comida necesaria.
Alma sacó el teléfono cuando llegó a la plaza.
Tenía un mensaje de Inés preguntando cómo iba todo y si por fin había dejado de comportarse como una protagonista de novela que se pasa trescientas páginas evitando una conversación de cinco minutos.
Alma sonrió y le respondió que había hablado con Vera, que seguía viva y que la calabaza no había causado víctimas.
Inés contestó con una serie de corazones y un mensaje que decía que esperaba que aquella vez no confundiera tener miedo con tener una señal divina para marcharse.
Alma guardó el móvil, pero siguió pensando en la frase.
No quería convertirse en alguien que se quedaba en un sitio por obligación, ni en una persona que rechazaba las oportunidades para demostrar que podía amar.
Quería aprender a elegir sin necesitar que una de las opciones destruyera a las demás.
La campaña podía formar parte de su vida sin obligarla a abandonar Galicia durante meses.
Vera podía formar parte de su vida sin convertirse en la única razón para tomar una decisión.
Y, si ambas descubrían que querían estar juntas, tendrían que encontrar una manera de hacer espacio para las dos sin que ninguna dejara de reconocerse a sí misma.
Al llegar a casa, dejó la cámara sobre la mesa y abrió el ordenador.
Revisó la propuesta que había enviado a la agencia, corrigió dos detalles y añadió una alternativa para las semanas en las que fuera imprescindible trabajar en el lugar de la campaña.
No sabía si la aceptarían. Lo que sí sabía era que ya no quería responder desde el miedo, como si cada oportunidad fuera una puerta que solo pudiera atravesarse abandonando todo lo que había detrás.
La llamada del día siguiente sería importante, pero no decidiría por sí sola el resto de su vida.
Si la agencia aceptaba las condiciones, estudiaría el calendario y organizaría los desplazamientos.
Si no las aceptaba, tendría que valorar cuánto estaba dispuesta a ceder y qué otras oportunidades podía buscar.
Ninguna de esas decisiones necesitaba convertirse en una sentencia sobre su capacidad para mantener una relación.
Cerró el documento y se levantó para preparar algo de cenar.
La calabaza que había dejado junto a la puerta seguía allí, inmóvil y perfectamente inofensiva.
Alma la llevó hasta la mesa, buscó un rotulador y dibujó una sonrisa más pequeña, menos amenazadora.
Después la colocó junto a las bolsas de decoración que llevaría el jueves a la librería.
Por primera vez en varios días, se permitió imaginar Halloween sin convertirlo en una despedida anticipada.
Podía estar allí, con Vera, ayudando a colocar las últimas luces, escuchando las lecturas y observando cómo el pueblo se reunía entre libros y chocolate caliente.
Podía disfrutar de aquella noche sin exigirle que decidiera qué ocurriría después.
Y podía acercarse a Vera porque quería hacerlo, no porque necesitara asegurarse de que todo iba a salir bien.
Alma sabía que el miedo no desaparecería de repente.
Probablemente volvería a sentirlo cuando la agencia respondiera, cuando tuviera que hablar con Vera de los próximos meses o cuando la posibilidad de un beso dejara de ser una broma que ambas podían aplazar.
Pero quizá ya no necesitaba esperar a dejar de tener miedo para hacer algo distinto.
A veces bastaba con reconocerlo, dejar de fingir que era una decisión sensata y dar el siguiente paso.
El miércoles, la llamada con la agencia duró casi una hora.
Alma explicó su propuesta, escuchó las necesidades del equipo y negoció un calendario provisional que permitiría concentrar las sesiones presenciales en dos periodos, con varias semanas de trabajo remoto entre ambos.
No consiguieron cerrar todos los detalles, pero la responsable del proyecto se mostró dispuesta a estudiar el esquema y enviarle una nueva versión del contrato.
La campaña seguiría exigiendo desplazamientos y días de trabajo intensos, pero ya no implicaba necesariamente desaparecer de Galicia durante meses enteros.