Un octubre para encontrarte CAPÍTULO 10 #3
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CAPÍTULO 10 #3

Con Vera, lo que deseaba era más sencillo y, por eso mismo, más difícil de fingir que no importaba: quería compartir tiempo con ella.

Quería saber qué pensaba de las cosas, cómo organizaba sus días y qué libros leía cuando nadie le pedía recomendaciones.

Quería que la mujer que se reía de sus galletas estuviera presente cuando recibiera una buena noticia, y también quería aprender a contarle las malas sin retirarse antes de que pudiera escucharla.

A media tarde, el teléfono de Alma vibró en el bolsillo.

Era un mensaje de la agencia preguntando si podía mantener una llamada al día siguiente para comentar su propuesta.

Lo leyó y respondió que sí, que enviaría antes un calendario orientativo.

Después guardó el móvil sin esconder la pantalla ni cambiar de tema de manera abrupta.

Vera estaba ocupada colocando las fotografías en una carpeta y no había visto el mensaje, pero Alma comprendió que aquella era una de las pequeñas cosas que necesitaba cambiar: dejar de comportarse como si cada noticia profesional fuera una amenaza que debía gestionar en secreto.

No tenía que contarle a Vera cada correo que recibía.

Tampoco debía convertirla en la persona responsable de decidir qué hacer con la oferta.

Pero podía hablar de lo que estaba ocurriendo cuando aquello afectara a sus planes, en lugar de esperar a tener una decisión cerrada para anunciarla como un hecho consumado.

A las seis, la librería quedó vacía. Vera cerró la puerta, giró el cartel para indicar que ya no atendía al público y regresó a la mesa central.

Había conseguido terminar casi todas las tareas de la tarde, aunque todavía faltaba colocar la decoración de la ventana y comprobar que el recorrido de las pistas funcionara de principio a fin.

Alma miró el reloj y se ofreció a quedarse un rato más.

—Si quieres, puedo ayudarte con la búsqueda de pistas —dijo—. No tengo que irme todavía.

Vera la observó un momento antes de responder.

—Sí, me vendría bien. Pero solo si no tienes otras cosas que hacer.

—Las tengo. —Alma hizo una pausa—. Pero he decidido reservar esta tarde para esto y quiero cumplirlo.

La expresión de Vera se suavizó ligeramente.

No fue una sonrisa completa, ni Alma esperaba que lo fuera.

Sin embargo, aquella respuesta le pareció un pequeño paso en la dirección correcta.

Había dejado de hablar como alguien que pedía permiso para estar allí y había empezado a asumir la responsabilidad de su propia decisión.

Se pusieron a revisar las pistas. Vera había preparado pequeñas tarjetas con acertijos relacionados con libros, autores y personajes.

Cada respuesta conducía a una estantería distinta, donde los participantes encontrarían una nueva indicación hasta llegar al premio final: una cesta con dulces, marcapáginas y un libro de relatos de misterio.

Alma leyó las tarjetas en voz alta mientras Vera comprobaba el orden y la claridad de las instrucciones.

Algunas pistas eran demasiado fáciles; otras dependían de que la persona conociera una novela que no todo el mundo habría leído.

Las corrigieron hasta que el recorrido tuvo sentido.

En una de las tarjetas, Alma encontró una frase que le hizo detenerse.

La leyó una segunda vez. Vera, que estaba ordenando los sobres, notó su silencio.

—¿Qué pasa?

—Esta pista parece escrita por alguien que necesita ir a terapia.

Vera soltó una carcajada.

—La escribí yo. Y no pienso pedir disculpas.

—No he dicho que debas hacerlo. Solo me preocupa que la gente venga a buscar un libro y termine replanteándose la vida.

—Eso es lo que ocurre cuando entras en una librería.

Alma dejó la tarjeta sobre la mesa. La frase le había tocado un lugar demasiado cercano, y por un momento estuvo tentada de hacer una broma más para alejarse de aquella sensación. En lugar de hacerlo, decidió decir la verdad.

—Creo que llevo mucho tiempo confundiendo saber cómo salir de un sitio con saber qué quiero hacer allí.

Vera no respondió de inmediato. Terminó de guardar los sobres, cerró la caja y se sentó en una de las sillas. Después señaló la que tenía enfrente.

—Siéntate un momento, Alma.

La invitación no sonó como una orden ni como una señal de que había llegado el momento de resolverlo todo. Fue simplemente una manera de detener el trabajo y abrir un espacio para hablar. Alma se sentó, agradecida de que Vera no intentara adivinar lo que estaba pensando.

—¿Has recibido noticias de la agencia? —preguntó Vera.

Alma asintió.

—Sí. Les he enviado una propuesta para organizar el trabajo en periodos más cortos y hacer parte de la edición desde aquí. Mañana tenemos una llamada para hablar de las condiciones.

Vera se quedó pensativa unos segundos.

—¿Y qué quieres tú?

La pregunta era sencilla, pero Alma comprendió que no podía responder con una lista de ventajas y desventajas sin volver a esconderse.

Había pasado varios días calculando qué decisión le permitiría evitar el mayor número de problemas.

Si aceptaba la propuesta original, podía sentirse atrapada lejos de casa y empezar a resentir la distancia.

Si la rechazaba, quizá perdería una oportunidad importante y se preguntaría durante meses qué habría ocurrido.

Si negociaba, tendría que admitir que no controlaba el resultado y esperar a que la agencia respondiera.

Pero debajo de todo aquello había una pregunta más personal: qué quería hacer con su vida ahora que había vuelto a Galicia y había conocido a Vera.

—Quiero hacer la campaña —contestó—. Me interesa el trabajo y creo que puede abrirme puertas. Pero también quiero seguir viviendo aquí. No quiero volver a organizar mi vida como si todo lo que me importa tuviera que esperar a que termine el siguiente proyecto.

Vera la escuchó con atención.

—Eso parece bastante claro.

—No tanto. —Alma soltó una pequeña risa—. Todavía no sé si aceptarán las condiciones. Y tampoco sé qué va a pasar entre nosotras.

—Son dos cosas distintas, aunque puedan influirse.

—Lo sé. Pero me cuesta no mezclarlas. Cuando pienso en la campaña, pienso en que podría estar fuera varios meses.

Cuando pienso en ti, me pregunto si tiene sentido empezar algo que quizá tenga que sostenerse a distancia.

Y entonces me digo que sería mejor no empezar nada hasta que lo sepa.

Después recuerdo que no puedo saberlo si ni siquiera lo intento, y vuelvo al principio.

Vera apoyó los codos en la mesa, sin acercarse demasiado.

—Entiendo que te dé miedo. A mí también me da miedo empezar algo con alguien cuando no sé cómo va a encajar en mi vida.

No porque crea que vaya a salir mal, sino porque hay cosas que no puedo prever.

Mi visión va a seguir cambiando, la librería seguirá teniendo meses buenos y meses malos, y habrá días en los que esté cansada o necesite hacer las cosas de otra manera.

No puedo prometerte que mi vida será fácil de compartir.

Pero tampoco quiero que alguien decida por mí que no merece la pena intentarlo.

Alma sintió que aquella frase le llegaba más hondo de lo que Vera probablemente pretendía.

Había pasado tanto tiempo intentando evitar convertirse en una carga para otras personas que había terminado retirándose antes de que nadie pudiera decirle qué estaba dispuesto a compartir.

Se había contado que era una forma de independencia, de no pedir demasiado, de no crear expectativas que no pudiera cumplir.

Pero a veces aquella supuesta independencia era solo miedo disfrazado de prudencia.

—No quiero decidir por ti —dijo.

—Entonces no lo hagas. Pregúntame. Cuéntame lo que está pasando y deja que yo decida qué quiero hacer con esa información. No necesito que tengas todas las respuestas antes de hablar conmigo.

Alma bajó la mirada hacia sus manos. Tenía las uñas manchadas de tinta por haber estado escribiendo las tarjetas y una pequeña raya de pintura naranja en el pulgar.

Le pareció absurdo que una conversación tan importante estuviera ocurriendo junto a una cesta de marcapáginas y una calabaza de papel, pero quizá aquella era la clase de escenario que más sentido tenía para ellas.

No estaban en un lugar solemne ni en una noche perfecta.

Estaban en una librería que necesitaba organizar una velada, con trabajo pendiente y una lista de gastos que no iba a desaparecer porque dos mujeres se gustaran.

—Tengo miedo de hacerte daño —admitió Alma—. Y también tengo miedo de que, si esto no funciona, me arrepienta de haber vuelto a acercarme a alguien.

Vera guardó silencio un momento antes de responder.

—No puedes garantizar que nunca me harás daño. Yo tampoco puedo garantizarlo contigo. Lo que sí puedes hacer es no utilizar ese miedo para decidir que es mejor que yo no tenga la oportunidad de elegir.

Alma levantó la cabeza.

—¿Y tú quieres esa oportunidad?

Vera sostuvo su mirada. La respuesta tardó unos segundos, no porque dudara, sino porque parecía querer asegurarse de que Alma entendiera que no estaba hablando para tranquilizarla.

—Sí —dijo finalmente—. Quiero seguir conociéndote. Quiero ver qué pasa cuando dejamos de fingir que solo somos dos personas que coinciden en una librería. Pero no quiero hacerlo a costa de estar esperando cada semana a que decidas si te apetece seguir aquí.

Alma sintió una mezcla de alivio y tristeza.

Era justo lo que necesitaba escuchar, y también lo que había estado intentando evitar: Vera estaba dispuesta a acercarse, pero no iba a hacerlo por las dos.

La puerta estaba abierta, aunque no permanecería así para siempre si Alma seguía negándose a cruzarla.

—No quiero que tengas que esperar a que yo me decida cada semana —dijo.

—Entonces empieza por no desaparecer cuando te asustes. No te estoy pidiendo que dejes de tener miedo. Te estoy pidiendo que no me dejes fuera cada vez que aparece.