Un octubre para encontrarte CAPÍTULO 10 #2
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CAPÍTULO 10 #2

La primera reacción de Alma fue acercarse y ayudarla. La segunda, recordar que Vera no necesitaba que alguien apareciera para hacerse cargo de cualquier dificultad. Así que se detuvo a una distancia prudente y levantó un poco las bolsas.

—He traído suministros y una calabaza que, por el momento, no ha intentado asesinarme.

Vera giró la cabeza hacia su voz y sonrió, aunque la sonrisa no llegó a ser tan despreocupada como Alma recordaba.

—¿La calabaza viene sola o has tenido que contratar a alguien para que la vigile?

—La he dejado en casa. No quería que se sintiera intimidada por las otras decoraciones.

—Una decisión responsable.

Alma dejó las bolsas junto a la puerta.

—¿Quieres que te ayude con la guirnalda?

Vera examinó el extremo que tenía entre los dedos y luego la cinta que había conseguido despegar de la manga.

—Sí, por favor. ¿Puedes sujetar ese lado mientras encuentro dónde colocar el adhesivo? Pero no tires demasiado, que el papel se rompe con mirarlo.

—Entendido. Nada de movimientos heroicos.

Alma se colocó junto a la escalera y sostuvo la guirnalda por el extremo indicado.

Vera fue explicándole dónde quería que quedara, y ella ajustó la altura cuando se lo pidió.

No intentó decidir por su cuenta si la decoración debía ir más arriba o más abajo, ni movió la escalera sin avisar.

Era una tarea sencilla, pero Alma descubrió que prestar atención de aquella manera le resultaba más natural de lo que había supuesto.

No tenía que demostrar que sabía resolverlo todo; bastaba con escuchar lo que Vera le estaba pidiendo.

Cuando la guirnalda quedó colocada, ambas retrocedieron unos pasos para observar el resultado.

El papel naranja y cobrizo contrastaba con la madera oscura de la puerta y con el cartel de la librería.

Había una hoja ligeramente torcida en el centro, pero Vera dijo que le gustaba así porque parecía que el viento la había dejado allí por casualidad.

—Si estuviera perfecta, nadie creería que la hemos colocado nosotras —comentó.

—Habla por ti. Yo tengo un talento extraordinario para torcer las cosas.

Vera soltó una risa breve. Alma sintió una alegría desproporcionada al escucharla, y enseguida se recordó que no debía convertir cada gesto de cercanía en una señal de que todo estaba solucionado.

Vera podía disfrutar de una broma y seguir dolida.

Podía aceptar su ayuda y no haber decidido todavía cuánto quería acercarse.

Alma tendría que aprender a convivir con esas dos posibilidades sin exigir que la amabilidad de Vera le garantizara un final feliz.

Entraron en la librería y dejaron las bolsas en una esquina despejada.

El local estaba más lleno de lo habitual, aunque la mayoría de las cajas contenían libros y materiales que Vera había apartado para la velada.

En la mesa central había una selección de novelas de misterio, cuentos de fantasmas y antologías de relatos gallegos.

Junto a la caja registradora descansaban varias hojas con el programa de la noche, y una pizarra pequeña anunciaba lecturas, chocolate caliente y una búsqueda de pistas entre las estanterías.

Alma se quedó observando la disposición del espacio.

Conocía la librería lo bastante bien como para reconocer cuánto había cambiado desde la primera vez que entró, cuando solo buscaba una historia acogedora para Halloween y terminó hablando con Vera de fotografía, de libros y de la extraña costumbre que tenía el pueblo de convertir cualquier conversación en una invitación a volver.

Ahora las mesas estaban colocadas para dejar un recorrido amplio, las lámparas iluminaban los rincones más oscuros y las decoraciones daban al local un aire festivo sin convertirlo en un escenario recargado.

—Está quedando precioso —dijo.

Vera estaba revisando una lista en el ordenador. Levantó la cabeza hacia ella.

—Gracias. Todavía faltan algunas cosas, pero creo que ya empieza a parecer una librería y no un almacén de objetos sospechosos.

—La calabaza asesina habría encajado muy bien en la entrada.

—No me tientes. Maruxa ya ha intentado convencerme de que la pongamos en una silla para que parezca una invitada.

Alma dejó escapar una carcajada y comenzó a sacar los materiales de las bolsas.

Había preparado unas pequeñas tarjetas para identificar los puestos, una guirnalda de luces cálidas y varias hojas de papel grueso en las que podía imprimir algunas de las fotografías que había tomado en el pueblo.

No eran imágenes espectaculares. Había retratos de las manos de Maruxa seleccionando manzanas, el escaparate de la panadería al amanecer y una calle mojada en la que las luces de las casas parecían prolongarse sobre los adoquines.

Vera había dicho que quería que la librería estuviera conectada con el pueblo, que la gente pudiera reconocerse en las fotografías y sintiera que aquella velada también les pertenecía.

Alma había entendido la idea, aunque le había costado decidir qué imágenes incluir.

Durante años había buscado fotografías que destacaran por su composición, por una luz inesperada o por un gesto que pudiera detener el movimiento del mundo durante una fracción de segundo.

Ahora estaba aprendiendo a mirar también las imágenes que no necesitaban demostrar nada.

La mano de una mujer sujetando una manzana, una ventana iluminada durante la lluvia, un banco cubierto de hojas.

Detalles que, vistos por separado, podían parecer insignificantes, pero que juntos contaban algo sobre el lugar en el que vivían.

—He traído una selección de fotografías para que elijas las que quieras colocar —dijo, sacando el sobre de la bolsa—. No he impreso todas porque no quiero que parezca una exposición que ha invadido los estantes.

Vera se acercó a la mesa.

—¿Me cuentas qué hay en cada una?

—Claro.

Alma fue describiéndolas con cuidado, sin limitarse a enumerar los objetos que aparecían en ellas.

Le habló de la luz que había entrado por la ventana de la panadería, de la risa de Maruxa justo antes de que levantara la bolsa de manzanas y de las gotas de lluvia que habían quedado sobre el banco de la plaza después de que una pareja se marchara.

Vera escuchó las descripciones y eligió cuatro imágenes que, según dijo, transmitían la sensación de estar en otoño sin recurrir a las calabazas y los fantasmas.

—No es que tenga nada contra los fantasmas —aclaró—. Pero ya tenemos suficientes personas que aparecen y desaparecen sin avisar.

Alma se quedó quieta con una fotografía entre los dedos.

La frase no había sido pronunciada con dureza, y Vera volvió a mirar las imágenes como si no hubiera querido darle más importancia de la necesaria.

Pero Alma entendió perfectamente lo que había debajo de la broma.

No intentó defenderse ni responder con una ocurrencia que desviara la conversación.

Dejó la fotografía sobre la mesa y se permitió sentir la vergüenza que le correspondía.

—Me lo merezco —dijo.

Vera levantó la cabeza.

—No estoy intentando castigarte.

—Lo sé. Pero sé por qué lo has dicho.

Durante unos segundos, Alma pensó que quizá era el momento de hablar.

Había venido a colaborar, sí, pero no quería volver a esconderse detrás de las tareas.

Aun así, la librería seguía abierta, Vera tenía cosas que terminar y no quería convertir aquella tarde en una conversación que la otra mujer no hubiera elegido tener.

—Cuando tengas tiempo, me gustaría que habláramos un poco más de lo del viernes —dijo—. No espero que lo hagamos ahora mismo. Solo quiero que sepas que no he venido para fingir que no pasó nada.

Vera dejó las fotografías sobre la mesa y apoyó las manos en el borde.

—Gracias. Hoy tengo que terminar varias cosas y no quiero hablar de esto con la mitad de la cabeza puesta en el inventario. Pero podemos sentarnos un rato después de cerrar, si todavía quieres.

—Quiero.

—Entonces después de cerrar.

Alma asintió y volvió a las fotografías. No era una reconciliación, pero tampoco era una puerta cerrada. Era un momento acordado, con un límite claro, y Alma decidió respetarlo sin intentar adelantarlo ni convertirlo en una prueba de afecto.

Trabajaron durante la siguiente hora. Vera le explicó cómo quería distribuir las imágenes y dónde podían colocarse las luces sin molestar a quienes recorrieran los estantes.

Alma le ayudó a montar las pequeñas tarjetas y a revisar la disposición de las sillas.

Cuando encontró un cable atravesando el paso entre dos mesas, se lo señaló a Vera antes de moverlo, y juntas buscaron una solución que permitiera mantenerlo fuera del recorrido.

En otro momento, Vera le pidió que leyera en voz alta un párrafo del programa para comprobar que la información se entendía con claridad.

Alma lo hizo, y ambas corrigieron una frase que resultaba demasiado larga para un cartel.

No había nada extraordinario en aquellas tareas.

Precisamente por eso, Alma se descubrió disfrutando de ellas.

Le gustaba trabajar con Vera porque la mujer sabía lo que quería y no necesitaba convertir cada decisión en una negociación interminable.

Podía pedirle ayuda, escuchar su opinión y cambiar de idea sin que ninguna de las dos perdiera el control de la situación.

Había espacio para equivocarse, para bromear y para volver a empezar.

Era una forma de intimidad que Alma no había aprendido a reconocer hasta entonces, quizá porque siempre había asociado las relaciones con la intensidad de los comienzos o con el esfuerzo de mantener algo que se estaba deshaciendo.