CAPÍTULO 10
UNA CALABAZA PARA DOS
La primera calabaza se cayó de la mesa a las nueve y doce de la mañana, y Alma decidió que aquello era una señal de que debía haber aceptado cualquier otro trabajo que no implicara decorar una librería con objetos capaces de aplastar un pie.
No llegó a romperse, aunque estuvo cerca.
Rodó por el suelo de la cocina, chocó contra la pata de una silla y terminó debajo de la mesa, donde permaneció inmóvil, como si estuviera satisfecha con el desastre que acababa de provocar.
Alma la contempló con las manos en las caderas y una cuchara de madera todavía en la mano.
Había calculado mal el espacio disponible, colocado demasiadas cosas sobre la encimera y cometido el error de pensar que podía preparar un desayuno decente mientras respondía correos, revisaba las condiciones de una campaña fotográfica y organizaba mentalmente una fiesta de Halloween a la que todavía no sabía si tenía derecho a asistir.
Su teléfono vibró por tercera vez en menos de cinco minutos.
Alma lo miró desde la cocina, pero no lo cogió.
Había aprendido, después de años trabajando por su cuenta, que responder a todo en cuanto llegaba no la convertía en una profesional más eficiente; solo conseguía que terminara haciendo varias cosas a medias y sintiéndose culpable por todas ellas.
Aun así, la notificación de la agencia le produjo una punzada de impaciencia.
La propuesta revisada estaba en su correo desde primera hora y todavía no había conseguido leerla con la atención que merecía.
La noche anterior había marcado varias condiciones que quería negociar: los desplazamientos, la duración de las estancias fuera de Galicia y la posibilidad de concentrar parte del trabajo en bloques, en lugar de pasar meses enteros lejos de casa.
No estaba segura de que aceptaran, pero por primera vez desde que había recibido la oferta intentaba pensar en términos distintos de aceptar o escapar.
La calabaza seguía debajo de la mesa.
—No me mires así —le dijo, agachándose para recuperarla—. Tú no tienes que tomar decisiones importantes antes del viernes.
La levantó con esfuerzo y la colocó en el suelo, junto a la puerta.
Después recogió la cuchara, limpió una salpicadura de café y abrió el correo en el ordenador.
La agencia había respondido que estaban dispuestos a estudiar una distribución más flexible, aunque necesitaban conocer sus preferencias concretas antes de cerrar el calendario.
No era una garantía, pero tampoco un rechazo.
Alma leyó el mensaje dos veces y abrió un documento en blanco para preparar una propuesta que no consistiera únicamente en pedirles que cambiaran todo lo que habían planteado.
Quería ofrecer alternativas razonables, explicar cómo podía organizar las sesiones y demostrar que su trabajo no dependía de estar físicamente instalada en una sola ciudad durante meses.
Aquello era lo que debería haber hecho desde el principio: pensar en lo que quería construir con su carrera, no solo en aquello de lo que quería escapar.
La oferta le interesaba. La campaña podía darle visibilidad, estabilidad económica durante una temporada y la oportunidad de trabajar con un equipo que respetaba su mirada.
No quería rechazarla por miedo a marcharse, del mismo modo que tampoco quería aceptarla sin preguntarse qué clase de vida tendría que dejar en pausa para cumplir las condiciones.
Galicia no era un lugar del que necesitara huir para convertirse en alguien distinto.
Había vuelto porque quería recuperar una parte de sí misma que llevaba años dejando para después, y San Amaro das Follas empezaba a parecerle algo más que un sitio tranquilo en el que descansar entre proyectos.
También estaba Vera.
El nombre apareció en su pensamiento con tanta claridad que Alma apartó las manos del teclado.
Había pasado varios días intentando separar ambas cuestiones, como si pudiera resolver primero el trabajo y ocuparse después de la mujer a la que había empezado a querer acercarse.
Pero no funcionaba así. No porque Vera tuviera que formar parte de cada decisión profesional, sino porque conocerla había cambiado la manera en que Alma imaginaba las semanas siguientes.
Había empezado a pensar en pequeñas cosas que antes no figuraban en sus planes: pasar por la librería después de una sesión, compartir un café al terminar el trabajo, preguntarle a Vera qué estaba leyendo o escucharla hablar de una novela hasta que la tarde se hiciera demasiado corta.
Eran planes modestos, casi ridículos de tan cotidianos, pero precisamente por eso le costaba tanto admitir que le importaban.
Lo que la asustaba no era únicamente la posibilidad de una relación a distancia.
Era la sensación de que, si permitía que alguien entrara en sus rutinas, tendría que reconocer que ya no podía tomar todas sus decisiones fingiendo que solo se jugaba algo ella.
No significaba que debiera pedir permiso para marcharse, ni que tuviera que convertir cada oportunidad en una negociación sentimental.
Significaba que las decisiones tenían consecuencias y que, si quería construir algo con Vera, no podía tratar esas consecuencias como un problema que convenía ocultar hasta que dejara de existir.
El viernes, durante la conversación en la librería, Vera había sido clara sin intentar retenerla.
No le había pedido una promesa, ni le había dicho que la campaña fuera una mala idea, ni había utilizado sus sentimientos para convencerla de quedarse.
Le había pedido algo mucho más difícil de esquivar: que dejara de desaparecer cada vez que tenía miedo.
Alma había salido de A Última Folla con la certeza incómoda de que Vera había entendido una parte de ella que ni siquiera le gustaba mirar de frente.
Y, sin embargo, desde aquella conversación no había hecho otra cosa que darle vueltas a cómo arreglarlo sin exponerse demasiado.
Cerró el documento y se levantó para preparar otro café.
Esta vez dejó el teléfono sobre la mesa, boca abajo, y se obligó a desayunar antes de volver al trabajo.
No tenía que solucionar su vida entera aquella mañana.
Tenía que responder a la agencia, terminar los preparativos de Halloween y hablar con Vera antes de que la acumulación de tareas se convirtiera en una excusa más.
Sobre la silla del comedor descansaba una bolsa con telas negras, una guirnalda de hojas de papel y dos pequeñas lámparas naranjas que había comprado para la librería.
Vera le había pedido que se encargara de algunas fotografías y ayudara a preparar la decoración, siempre que pudiera hacerlo sin desatender sus propios compromisos.
Alma había aceptado, pero después de lo ocurrido no sabía si Vera seguiría queriendo su ayuda.
No podía dar por hecho que una disculpa bastara para recuperar la confianza, y mucho menos que una tarde de trabajo compartido fuera a borrar los días en los que había mantenido a Vera a distancia.
Aun así, decidió que iría a la librería aquella tarde.
No para obligar a Vera a perdonarla, ni para encontrar una manera de volver a coquetear sin hablar de lo ocurrido.
Iría porque se había comprometido a colaborar y porque, si quería demostrar que podía quedarse cuando las cosas se complicaban, tendría que empezar por algo tan sencillo como presentarse.
Antes de salir, abrió el correo de la agencia una vez más y redactó una primera propuesta.
Incluyó dos periodos de trabajo presencial, con las sesiones más complejas concentradas en esas fechas, y la posibilidad de realizar parte de la producción y edición desde Galicia.
No sabía si aceptarían todas las condiciones, pero al menos estaba intentando negociar desde lo que sabía hacer y desde la vida que quería mantener.
Envió el documento, guardó el ordenador y recogió las bolsas de decoración.
La calabaza, por suerte, permaneció en su sitio.
San Amaro das Follas parecía haber decidido que Samaín era una responsabilidad colectiva.
En la plaza, alguien había colgado una hilera de farolillos entre dos balcones; la panadería exhibía galletas con forma de gato y la floristería había llenado el escaparate de ramas secas, pequeñas calabazas y flores de un naranja tan intenso que parecían encendidas desde dentro.
Las hojas cubrían las aceras, y el viento las arrastraba de una esquina a otra con la energía de quien tiene mucho trabajo y ninguna intención de terminarlo.
Alma caminó hacia la librería con una bolsa en cada mano y la cámara colgada al hombro.
Había decidido no hacer fotografías por el camino, aunque encontró varios detalles que normalmente la habrían detenido: una bicicleta apoyada contra una pared cubierta de hiedra, el reflejo de los farolillos en un charco y un gato negro que observaba el movimiento de la plaza desde el alféizar de una ventana.
No necesitaba fotografiarlo todo. Podía mirar, recordar y seguir andando sin convertir cada cosa que le gustaba en un archivo que revisar después.
Cuando llegó a A Última Folla, encontró a Vera en la entrada, intentando colocar una guirnalda de hojas de papel sobre el marco de la puerta.
Había apoyado una escalera baja contra la pared y sostenía el extremo de la guirnalda con una mano mientras buscaba con la otra un trozo de cinta adhesiva que se había quedado pegado a la manga.
Llevaba un jersey verde oscuro y el pelo recogido, aunque algunos mechones se le habían escapado alrededor de la cara.
A Alma le gustó verla ocupada en algo que no tenía que ver con ella, concentrada en resolver un problema pequeño con la misma determinación con la que organizaba el resto de su vida.