Un octubre para encontrarte CAPÍTULO 9 #7
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CAPÍTULO 9 #7

Se limitó a añadir debajo: Puedo tener ganas de que se quede y seguir con mi vida mientras decide qué quiere hacer .

Le pareció una frase menos elegante, pero bastante más útil.

A última hora de la tarde, cuando la lluvia aflojó y la luz gris se volvió casi dorada sobre los lomos de los libros, Vera salió un momento a la puerta para colocar de nuevo el cartel que el viento había torcido.

El aire olía a tierra mojada y castañas asadas.

En la acera de enfrente, una pareja discutía en voz baja sobre qué comprar para la cena; un niño saltaba sobre los charcos mientras su padre intentaba convencerlo de que los zapatos no eran impermeables, y una mujer cruzaba la plaza con una bolsa de pan pegada al pecho.

El pueblo seguía con sus pequeñas urgencias, ajeno a la conversación que acababa de cambiar algo en el mundo de Vera.

Volvió a entrar y encendió la lámpara del mostrador.

En el cristal de la puerta se reflejaban las luces cálidas de la librería, las estanterías y una parte de su propia silueta.

No podía ver todos los detalles con la misma facilidad que años atrás, y había días en que las adaptaciones le exigían más paciencia de la que tenía.

Pero conocía aquel lugar. Sabía dónde estaba cada mesa, qué estante crujía si alguien apoyaba demasiado peso y en qué rincón la luz de la tarde encontraba las cubiertas de los libros.

Había aprendido a orientarse sin exigirle al mundo que permaneciera inmóvil para ella.

Quizá con las personas ocurría algo parecido.

No podía controlar las decisiones de Alma, ni anticipar si la campaña la llevaría lejos, ni asegurar que lo que empezaba entre ellas sobreviviría a la incertidumbre.

Podía, en cambio, prestar atención a lo que Alma hacía con sus dudas.

Podía escuchar sus palabras sin olvidar sus actos.

Podía abrir una puerta sin quedarse inmóvil junto a ella, esperando indefinidamente a que alguien decidiera cruzarla.

Antes de cerrar, Vera colocó sobre la mesa central los libros que quería recomendar durante la velada.

Eligió una novela de misterio, un relato de fantasmas y una historia de amor que no terminaba exactamente como el lector esperaba.

Al acomodar el último ejemplar, sonrió al recordar que Alma había pedido una historia con una bruja, un pueblo pequeño y un final que dejara algo de luz encendida.

Quizá aún podría encontrar un libro así para ella. Quizá no.

No escribió su nombre en la lista de cosas pendientes.

Apagó las lámparas una a una, cerró la puerta y subió las escaleras hasta el piso. El teléfono permaneció en silencio mientras preparaba la cena. Vera no lo miró hasta después de comer, cuando se sentó junto a la ventana con una taza de té entre las manos. Había un mensaje nuevo de Alma.

Vera leyó el mensaje despacio. No era una solución, ni una promesa de que Alma se quedaría, ni una garantía de que no volvería a asustarse. Era, sencillamente, algo concreto que podía hacer por sí misma. Le pareció un comienzo más honesto que cualquier declaración grandiosa.

Alma respondió casi enseguida.

Vera apoyó la taza sobre la mesa. Aquella petición le pareció importante, aunque no suficiente por sí sola.

No quería convertirse en la persona encargada de vigilar el comportamiento de Alma, pero sí podía decirle cuándo algo le dolía.

Después le correspondería a Alma decidir qué hacía con esa información.

Esta vez la respuesta tardó un poco más.

No respondió con otra frase amable para aliviar el momento. Tampoco sintió la necesidad de dejar la última palabra. Apagó la pantalla y volvió a su té, escuchando cómo la lluvia regresaba poco a poco a los cristales.

El miedo seguía allí. Lo notaba en el estómago cuando imaginaba a Alma marchándose, en la cautela con la que ahora recordaba la cena y en la parte de sí misma que quería protegerse antes de que hubiera algo que perder.

Pero el miedo ya no tenía que decidir por ella.

Podía estar presente sin convertirse en una orden, igual que las dudas de Alma no tenían por qué convertirse en una despedida anticipada.

Al día siguiente empezaría a preparar la lista definitiva de lecturas, llamaría a Maruxa para confirmar las castañas y buscaría una solución para las sillas que faltaban.

Seguiría haciendo lo que podía para que A Última Folla sobreviviera al invierno, sin esperar que una velada resolviera todos los problemas ni que alguien llegara a salvarla de ellos.

Y, si Alma quería seguir acercándose, Vera estaría dispuesta a descubrir qué podían construir juntas, paso a paso, sin exigir certezas que ninguna tenía.

Pero no volvería a quedarse inmóvil frente a una puerta entornada, intentando adivinar si al otro lado había alguien que deseaba entrar.

Esta vez, si Alma quería quedarse un rato, tendría que decírselo.

Y Vera, por su parte, tendría que aprender a escuchar la respuesta sin olvidar que su propia vida seguía siendo un lugar al que siempre podía volver.