CAPÍTULO 9 #6
—Quiero que hagas las fotografías si todavía te apetece hacerlas —respondió—. Pero no quiero que vengas por obligación ni que utilices la velada para evitar hablar conmigo.
—No lo haré.
—Y si al final no puedes venir, necesito que me lo digas con tiempo. No puedo organizarlo todo contando con alguien que quizá aparezca y quizá no.
Alma asintió. Esta vez no prometió nada más.
Durante unos segundos, ninguna habló. Desde el otro lado de la pared llegaba el rumor amortiguado de la calle y el sonido de la lluvia golpeando el cristal de la puerta trasera.
Vera notó que tenía los hombros tensos y los dejó caer despacio.
No se sentía bien, exactamente, pero sí más tranquila que durante los últimos días.
Al menos ya no estaba intentando interpretar silencios.
Alma le había contado lo que ocurría, y ahora las dos podían decidir qué hacer con aquella información.
—Lo siento —dijo Alma al cabo de un momento—. Por cómo lo he hecho. No por la oferta, ni por tener dudas. Por apartarme sin explicártelo y dejar que pensaras que habías hecho algo mal.
Vera sostuvo su mirada.
—Gracias por decirlo.
No añadió que la perdonaba, porque todavía no sabía si necesitaba perdonarla.
Tampoco quiso castigarla con un silencio deliberado.
A veces una disculpa no cerraba una herida de inmediato; simplemente permitía empezar a limpiarla.
Vera estaba dispuesta a ver qué ocurría a partir de ahí, siempre que no tuviera que ser la única en hacerlo.
Alma se levantó despacio.
—Debería dejarte seguir con los preparativos.
—Sí. Me quedan unas cuantas cosas.
Vera se puso en pie también y la acompañó hasta la puerta de la trastienda.
Durante un instante estuvieron lo bastante cerca como para que Vera recordara la cena, la mesa compartida y aquella conversación en la que ambas habían admitido que querían besarse.
El deseo seguía presente, pero ahora convivía con algo menos agradable: la necesidad de saber si podían tratarse con cuidado incluso cuando las cosas no fueran sencillas.
Alma pareció pensar lo mismo. Sus ojos bajaron un momento hacia la boca de Vera y volvieron a subir.
—Quiero besarte —dijo, casi en un susurro—. Pero no sé si ahora sería justo pedírtelo.
Vera sintió una oleada de calor que le recorrió el pecho.
Durante un segundo estuvo a punto de decirle que sí, que la besara, que quizá el contacto podría recordarles lo que había entre ellas antes de que el miedo lo llenara todo de dudas.
Pero comprendió que no quería utilizar un beso para saltarse la conversación que acababan de tener.
—Yo también quiero besarte —respondió—. Pero prefiero que no intentemos arreglar con un beso algo que todavía tenemos que hablar.
Alma asintió lentamente. No pareció ofendida, aunque Vera pudo notar la decepción en la forma en que soltó el aire. Agradeció que no intentara convencerla, que no transformara su respuesta en un rechazo total ni le pidiera que la tranquilizara.
—Lo entiendo —dijo Alma—. Y quiero seguir hablando contigo, si tú todavía quieres.
Vera pensó en la frase durante un momento. No quería darle una respuesta grandiosa. Quería algo que ambas pudieran cumplir.
—Podemos seguir conociéndonos —dijo—. Pero necesito que lo hagamos de verdad. Sin desaparecer cuando te asustes y sin esperar que yo adivine lo que no me cuentas.
—Voy a intentarlo.
—No necesito que lo hagas perfectamente. Necesito que me hables cuando no puedas hacerlo.
Alma asintió otra vez, y esta vez la expresión de su rostro pareció relajarse un poco.
Se despidieron sin besarse. Vera la vio marcharse desde la entrada, no porque esperara que se volviera para decir algo más, sino porque quería permitirse reconocer que todavía le importaba.
Cuando Alma dobló la esquina, Vera cerró la puerta y regresó al mostrador.
Durante un rato se quedó quieta, escuchando el silencio de la librería.
No se sentía abandonada como el día anterior, pero tampoco podía decir que estuviera tranquila.
Había una diferencia entre no saber qué iba a pasar y no saber siquiera qué estaba ocurriendo.
Ahora, al menos, conocía una parte de la verdad.
Alma tenía una oportunidad profesional que podía llevarla lejos, estaba asustada y había intentado protegerse apartándose.
No era una explicación que borrara lo sucedido, pero sí una que permitía comprenderlo sin inventar motivos peores.
Vera abrió el cuaderno y repasó la lista de tareas.
Quedaban muchas cosas por hacer antes del viernes siguiente.
La velada no iba a organizarse sola, y las facturas seguirían esperando en el cajón aunque ella hubiera mantenido una conversación difícil.
Escribió una nota para llamar a la biblioteca, otra para confirmar el pedido de chocolate y una tercera para revisar la iluminación de la mesa de lecturas.
Al final de la página, donde había anotado las ideas que le rondaban la cabeza, encontró aquella frase que había escrito el domingo: No confundir las ganas con una obligación de esperar .
Esta vez no la tachó.