CAPÍTULO 9 #5
Ahí estaba, pensó Vera. No una explicación completa, todavía, pero sí una pieza que encajaba con la distancia de los últimos días.
No sintió enfado por la oportunidad. De hecho, una parte de ella se alegró por Alma, por la posibilidad de que su trabajo llegara a un lugar más grande, de que alguien hubiera visto en sus fotografías algo que merecía una inversión importante.
Lo que le dolía era que Alma hubiera pasado varios días apartándose de ella sin darle la oportunidad de saber qué estaba ocurriendo.
—¿Cuánto tiempo? —preguntó.
—Todavía no está del todo cerrado. Hablan de varios meses, quizá más, dependiendo de cómo vaya la campaña. Hay cosas que se pueden negociar, pero también hay muchas condiciones que tendría que revisar.
—Entiendo.
Alma levantó la cabeza, quizá sorprendida por la sencillez de la respuesta.
—¿Eso es todo?
Vera sintió una pequeña punzada de incredulidad.
—¿Qué esperabas que dijera?
—No lo sé. —Alma se pasó una mano por la frente—. Supongo que esperaba que te enfadaras. O que me preguntaras por qué no te lo había contado antes.
—Puedo preguntarte por qué no me lo contaste antes.
Alma bajó la mirada.
—Porque no sabía qué iba a hacer.
—Eso lo entiendo. Lo que no entiendo es por qué, mientras lo decidías, empezaste a tratarme como si tuvieras que alejarte de mí.
La pregunta quedó suspendida entre ambas.
Vera no levantó la voz, pero tuvo que hacer un esfuerzo para mantener las manos quietas sobre la mesa.
No quería que la conversación se transformara en una discusión sobre intenciones que ninguna podía demostrar.
Quería hablar de lo que había ocurrido, de lo que había sentido y de lo que necesitaba a partir de ahora.
—No quería hacerte daño —dijo Alma.
—Lo sé. O, al menos, quiero creer que no querías hacerlo. Pero no hace falta querer hacer daño para que algo duela.
Alma respiró hondo, como si aquella frase le hubiera quitado la posibilidad de refugiarse en una explicación más sencilla.
—Me gustas, Vera. Mucho más de lo que esperaba.
Y cuando recibí la propuesta, empecé a pensar en todo lo que podía pasar.
En que quizá me fuera, en que quizá empezáramos algo justo antes de que yo tuviera que marcharme, en que no supiera cómo manejarlo.
No quería prometerte que iba a quedarme y después descubrir que no podía hacerlo.
Vera la escuchó sin interrumpirla. Había una parte de ella que quería acercarse, tomarle la mano y decirle que no necesitaba resolverlo todo de golpe.
Otra parte, más cansada, se preguntaba por qué Alma parecía creer que solo había dos opciones: prometer que se quedaría para siempre o desaparecer antes de intentarlo.
—Yo no te he pedido que te quedes —dijo al fin—.
Ni siquiera te he pedido que me prometas que vamos a tener una relación.
Hemos cenado juntas, hemos hablado de besarnos y hemos empezado a conocernos.
Eso es todo lo que hay, y para mí ya es bastante.
No necesito que se convierta en algo enorme para que tenga valor.
Alma abrió la boca, pero Vera continuó antes de perder el valor.
—Lo que necesito es que no decidas por las dos.
Si recibes una oferta que puede cambiar tus planes, tienes derecho a pensar en ella, a ilusionarte, a tener miedo y a no saber qué quieres hacer.
Pero no tienes que apartarte de mí para protegerme de una decisión que ni siquiera has tomado.
Puedes contarme que estás confundida. Puedes decirme que necesitas tiempo.
Incluso puedes decirme que no quieres seguir conociéndome.
Me dolería, claro, pero podría entenderlo.
Lo que no puedo hacer es adivinar qué está pasando mientras tú intentas resolverlo todo en silencio.
Alma tenía los ojos brillantes, aunque no llegó a llorar.
Vera sintió ganas de suavizar sus palabras, de decir algo que aliviara aquella expresión.
No lo hizo. No porque quisiera que Alma sufriera, sino porque llevaba varios días intentando que ambas estuvieran cómodas y empezaba a comprender que la comodidad no siempre era el camino más amable.
A veces, una conversación incómoda era la única manera de dejar de hacerse daño.
—Pensé que, si me alejaba un poco, tendría tiempo para decidir sin implicarte —admitió Alma.
—Pero ya me habías implicado. No porque me debas nada, sino porque me dijiste que querías besarme.
Porque me invitaste a cenar y hablamos de cosas que no suelo contarle a cualquiera.
Porque después me escribiste que querías volver a verme.
No me enfada que tengas una oportunidad.
Me duele que parezca que, en cuanto algo se complica, tengo que dejar de existir hasta que tú sepas qué hacer.
Alma cerró los ojos un instante.
—Tienes razón.
Vera no esperaba que aquellas dos palabras le produjeran tanto alivio. No solucionaban nada, pero al menos no tenía que gastar energía en convencer a Alma de que su experiencia era real. Se quedó callada, dándole espacio para continuar, y Alma lo hizo después de unos segundos.
—No sé por qué hago esto —dijo—. Me pasa desde hace tiempo.
Cuando algo empieza a importarme de verdad, intento encontrar la salida antes de que pueda dolerme.
Me digo que estoy siendo práctica, que no quiero crear expectativas, que es mejor mantener las cosas sencillas.
Pero, en realidad, muchas veces solo estoy evitando tener que descubrir qué pasaría si me quedara y no saliera bien.
—¿Y qué pasaría si te quedaras y saliera bien?
Alma la miró. Por primera vez desde que había entrado, pareció no tener preparada ninguna respuesta.
Vera sintió que el corazón le golpeaba con fuerza, pero no apartó la mirada.
La pregunta había salido antes de que pudiera pensar si era prudente hacerla.
No pretendía que Alma eligiera quedarse en Galicia ni que renunciara a la campaña.
Solo quería que se permitiera imaginar una posibilidad distinta de la huida.
—No lo sé —contestó Alma finalmente—. Supongo que tendría que aprender a no tenerlo todo controlado.
—Eso nos pasa a casi todas.
Una sonrisa breve apareció en la boca de Alma y desapareció enseguida. Vera agradeció aquel pequeño gesto, aunque no quiso confundirlo con una reconciliación. Todavía quedaban cosas por decir.
—¿Quieres aceptar la oferta? —preguntó.
Alma miró sus manos.
—Quiero la oportunidad. La campaña me interesa de verdad, y sería importante para mi carrera. Pero no sé si quiero las condiciones que me están proponiendo. No es lo mismo querer el trabajo que aceptar cualquier cosa que venga con él.
Vera asintió despacio. Aquello sí podía comprenderlo.
La oportunidad era de Alma, y también lo eran las decisiones que tuviera que tomar alrededor de ella.
No quería convertirse en una razón para que renunciara a algo que deseaba; tampoco quería que la posibilidad de estar juntas se utilizara como una excusa para rechazarlo todo sin examinarlo.
—Entonces tendrás que averiguar qué condiciones te sirven —dijo—. Por ti, no para demostrarme nada.
—No quiero que pienses que estoy eligiendo la campaña por encima de ti.
—No puedo decidir cómo debes ordenar tu vida, Alma.
Ni quiero hacerlo. Todavía no sé qué lugar podríamos ocupar la una en la vida de la otra, y no voy a fingir que lo sé.
Pero tampoco quiero que te quedes por miedo a perderme, igual que no quiero que te marches por miedo a necesitarme.
Si aceptas, quiero que sea porque es lo que quieres.
Si negocias, que sea porque hay condiciones que no te convienen.
Y si decides no hacerlo, que no sea porque crees que yo espero que sacrifiques algo por mí.
Alma se quedó mirándola con una expresión que Vera no supo interpretar del todo.
Había afecto, sin duda, pero también algo parecido al desconcierto.
Quizá Alma había esperado que Vera le pidiera una respuesta inmediata, que le dijera que no quería una relación a distancia o que le exigiera una promesa que pudiera aceptar o rechazar.
Vera comprendía que habría sido más sencillo discutir sobre una condición concreta que enfrentarse a la incertidumbre.
Pero no quería empezar una relación convirtiéndose en la guardiana de las decisiones de otra persona.
—¿Y qué pasa con nosotras? —preguntó Alma.
La pregunta hizo que Vera sintiera una punzada de ternura y cansancio a la vez.
Habría querido responder con una certeza que no tenía.
Habría querido decirle que todo saldría bien, que encontrarían una manera de verse, que la distancia no importaría demasiado o que ninguna de las dos tendría que renunciar a nada.
Pero no sabía si alguna de esas cosas sería cierta.
No quería ofrecerle una seguridad falsa solo porque las dos estuvieran asustadas.
—No lo sé —contestó con honestidad—. Eso es lo que tenemos que averiguar, si las dos queremos hacerlo. Pero no puedo averiguarlo por ti mientras tú intentas decidir si merece la pena correr el riesgo.
Alma bajó la cabeza y soltó una risa sin humor.
—Eres mucho más sensata que yo.
—No siempre. Tengo una librería con más gastos que ingresos y estoy considerando servir chocolate caliente en un local lleno de papel. No creo que la sensatez sea mi principal virtud.
Aquella vez Alma sí sonrió, aunque la sonrisa le tembló un poco.
—Me gustaría ayudarte con la velada —dijo—. Si todavía quieres que haga las fotografías.
Vera pensó en los carteles, en la selección de libros, en la mesa que todavía tenía que reorganizar y en el modo en que Alma había sabido fotografiar la librería sin convertirla en un escenario artificial.
También pensó en lo fácil que sería decirle que sí y utilizar el trabajo como una forma de volver a acercarse sin tener que resolver nada más.
No quería hacer eso. Pero tampoco iba a rechazar una colaboración que podía ser buena para la librería solo porque sus sentimientos se hubieran complicado.