Un octubre para encontrarte CAPÍTULO 9 #4
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CAPÍTULO 9 #4

Cerró la caja registradora y terminó de ordenar el mostrador.

Cuando llegó la hora de cerrar, se quedó un rato en la trastienda organizando las cajas de libros que había reservado para la velada.

Tenía los pies cansados y la cabeza llena de detalles.

En condiciones normales, habría agradecido tener a alguien con quien comentar todo aquello.

Se sorprendió pensando que habría querido contarle a Alma la anécdota del hombre que buscaba un romance y preguntarle si recordaba el nombre de la fotógrafa que había recomendado para el cartel de la biblioteca.

Después recordó que no tenían por qué compartir cada pequeño acontecimiento de sus días. Aún estaban conociéndose. Lo que le dolía no era la falta de costumbre, sino la sensación de que Alma estaba retirándose justo cuando ambas habían empezado a reconocer que había algo entre ellas.

Subió al piso, preparó una cena sencilla y dejó el teléfono sobre la mesa, a la vista.

Durante un rato intentó leer una novela que llevaba semanas esperando en la pila de pendientes, pero las palabras se le mezclaban con pensamientos que no tenían nada que ver con la historia.

Ajustó la ampliación de la pantalla para seguir el texto con más comodidad y consiguió terminar un capítulo antes de que el móvil vibrara.

Era un mensaje de Alma.

Vera lo leyó varias veces. No sabía si debía sentirse tranquilizada o más preocupada.

Si no era por ella, ¿por qué necesitaba aclararlo?

¿Qué cosas estaba intentando ordenar? ¿Y por qué le resultaba tan difícil hablar con ella si hasta hacía unos días habían podido conversar durante horas sobre asuntos bastante más personales?

Se levantó para llevar el plato a la cocina, enjuagó los cubiertos y dejó correr el agua un poco más de lo necesario.

Después regresó a la mesa y volvió a leer el mensaje.

Podía contestar que no se preocupara, que entendía que estuviera ocupada, que no había ningún problema.

Era lo que había hecho hasta entonces. Pero no quería que su deseo de ser comprensiva acabara borrando lo que ella misma necesitaba.

Escribió despacio.

Antes de enviarlo, revisó el mensaje una última vez.

No había ninguna acusación ni una exigencia de que Alma estuviera disponible a cualquier hora.

Solo estaba diciendo lo que había observado y lo que necesitaba.

Si a Alma le resultaba imposible responder, aquella imposibilidad también le daría información sobre el lugar que podía ocupar Vera en su vida en ese momento.

Pulsó enviar.

La confirmación de lectura apareció poco después, pero Alma no contestó.

Vera dejó el teléfono sobre la mesa y sintió una punzada de vergüenza, como si hubiera revelado algo que debería haber guardado para sí misma.

Se preguntó si había sido demasiado directa, si tendría que haber esperado un par de días más, si había confundido una semana complicada con una retirada emocional.

La mente podía fabricar un tribunal entero cuando una estaba cansada, y todos sus jueces parecían tener la misma opinión: quizá pedir claridad era una manera de arruinar algo que todavía no había tenido oportunidad de crecer.

Se obligó a respirar despacio. No había pedido que Alma la eligiera por encima de su trabajo, ni que le entregara una parte de su futuro, ni que pusiera nombre a algo que apenas comenzaba.

Había pedido una conversación honesta. Si aquello bastaba para arruinarlo, quizá no era una cosa tan frágil como ella temía, sino una cosa que no podía sostenerse solo con sus ganas.

Aquella noche durmió mal. La lluvia golpeó las ventanas durante horas y, en algún momento de la madrugada, un viento fuerte hizo crujir una contraventana.

Vera se levantó para asegurarla, se preparó una infusión y se sentó en el borde de la cama hasta que el sueño volvió.

No comprobó el teléfono. Cuando finalmente se acostó, pensó en la librería, en el evento del viernes y en todas las cosas que todavía podía hacer aunque Alma no apareciera.

La velada seguía teniendo sentido. Los libros seguían mereciendo ser leídos en voz alta.

El chocolate caliente podía hacer feliz a alguien que entrara empapado por la lluvia.

No necesitaba que aquella historia se convirtiera en otra cosa para que el esfuerzo valiera la pena.

El viernes amaneció con un cielo bajo y un frío que parecía haberse instalado en las calles durante la noche.

Vera abrió la librería temprano, colocó los libros seleccionados en la mesa central y comprobó que los carteles estuvieran bien sujetos a la puerta.

Había recibido una respuesta de Alma poco antes de las siete, cuando todavía estaba en la cama.

Vera leyó el mensaje sentada en el borde del colchón.

La palabra prometo le produjo más inquietud que alivio.

No porque desconfiara de Alma por principio, sino porque había empezado a comprender que las promesas podían convertirse en una forma de aplazar las decisiones.

Quería creer que Alma hablaría con ella, pero no podía seguir organizando su tranquilidad alrededor de una conversación que siempre parecía quedar para después.

Respondió que entendía que tuviera cosas que resolver, pero que necesitaba que concretaran un momento para hablar.

No añadió nada más. No quería discutir por mensajes, ni obligar a Alma a explicar algo importante en una pantalla, ni pasar el día escribiendo frases que ambas podrían interpretar de maneras distintas.

Había una conversación pendiente y, cuando pudieran tenerla, Vera quería estar presente de verdad.

Después guardó el teléfono y se puso a trabajar.

A media mañana llegaron dos cajas con los libros que había encargado para la velada.

El repartidor las dejó junto a la puerta y se disculpó porque una venía más pesada de lo previsto.

Vera comprobó las etiquetas, buscó el cúter y empezó a abrirlas.

El cartón tenía una esquina húmeda, así que tuvo que trabajar con cuidado para no dañar las cubiertas.

Cuando terminó, organizó los títulos por autor y temática, anotó las novedades en el inventario y colocó los ejemplares más adecuados para la búsqueda de pistas en una cesta aparte.

Era una tarea rutinaria, pero la ayudó a recuperar el ritmo.

Había cosas que requerían paciencia y otras que podían resolverse simplemente empezando por el siguiente paso.

A la hora de comer, recibió una llamada de la biblioteca municipal.

La persona encargada de coordinar las actividades culturales confirmó que podría asistir a la velada y que llevaría un pequeño altavoz para que las lecturas se escucharan mejor desde el fondo del local.

Vera agradeció la ayuda y anotó el detalle en el cuaderno.

La colaboración no iba a resolver las cuentas, pero quizá permitiera que algunas personas conocieran la librería y regresaran más adelante.

Esa era la clase de esperanza que Vera podía aceptar: no una promesa de que todo saldría bien, sino una posibilidad concreta por la que merecía la pena trabajar.

Por la tarde, cuando estaba revisando el espacio entre las estanterías para asegurarse de que el recorrido fuera accesible, la campanilla de la puerta sonó. Vera se volvió hacia la entrada y reconoció los pasos antes de que la voz llegara hasta ella.

—Hola.

Alma.

Durante un segundo, Vera sintió el impulso de sonreír como siempre, de aliviar la tensión con una broma sobre las calabazas o preguntarle si por fin había sobrevivido a su semana caótica.

El afecto seguía ahí, intacto y molesto en su persistencia.

Pero también estaba el cansancio de los últimos días, y Vera no quiso ocultarlo bajo una cortesía automática.

—Hola, Alma.

Alma se quedó cerca de la puerta. Llevaba el pelo recogido de cualquier manera y una chaqueta oscura que todavía tenía pequeñas gotas de lluvia en los hombros.

Vera no podía distinguir todos los detalles de su expresión desde donde estaba, pero percibió en su voz una vacilación que no había escuchado durante la cena.

Parecía preparada para decir algo y, al mismo tiempo, buscando una salida que le permitiera no decirlo.

—¿Tienes un momento? —preguntó Alma.

Vera dejó el cuaderno sobre la mesa.

—Sí. ¿Quieres pasar a la trastienda?

—No quiero molestarte con todo lo que tienes que preparar.

—Alma, estoy preguntándote si quieres pasar a la trastienda.

La frase salió más seca de lo que pretendía. Alma guardó silencio y Vera se arrepintió un poco del tono, aunque no de las palabras. No quería castigarla; quería dejar de facilitarle todas las escapatorias antes de que tuviera que decidir si deseaba utilizarlas.

—Sí —respondió Alma al cabo de un momento—. Me gustaría.

Vera la condujo hasta la pequeña habitación del fondo, apartando una caja que había dejado junto a la puerta.

Allí olía a cartón, café y canela, porque todavía quedaba en una bandeja el último intento de galletas que había preparado para calcular las cantidades del evento.

Vera le ofreció una silla y se sentó frente a ella.

No le preguntó si quería café. No porque hubiera dejado de importarle lo que Alma pudiera necesitar, sino porque no quería convertir aquella conversación en otra tarde agradable que les permitiera evitar lo importante.

Alma entrelazó las manos sobre la mesa.

—He recibido una oferta de trabajo —dijo por fin—. Una campaña fotográfica bastante grande. Es una oportunidad buena, de las que no aparecen todos los días.

Vera sintió que algo dentro de ella se tensaba, pero mantuvo la expresión tranquila.

—Eso suena importante.

—Lo es. La agencia lleva tiempo hablando conmigo, pero hasta ahora todo había sido bastante provisional. Esta semana me han enviado la propuesta definitiva. Quieren que empiece dentro de poco y que pase una temporada fuera de Galicia.