Un octubre para encontrarte CAPÍTULO 9 #3
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CAPÍTULO 9 #3

A media tarde entró una mujer mayor buscando una novela que había oído mencionar en la radio.

Vera la ayudó a encontrarla, le habló de otra autora que podía gustarle y terminó vendiéndole dos libros en lugar de uno.

La mujer le dio las gracias y comentó que siempre salía de la librería con algo que no había ido buscando.

Vera sonrió, aunque la frase le recordó a Alma y a la manera en que ambas habían empezado a encontrarse sin planearlo.

Cuando la clienta se marchó, Vera se quedó mirando la puerta cerrada.

No quería que su interés por Alma se convirtiera en una prueba de cuánto podía aguantar sin recibir nada a cambio.

Había pasado años aprendiendo a no medir su autonomía por la cantidad de cosas que podía hacer sola, sino por la libertad de elegir cuáles quería hacer y cuáles prefería compartir.

Podía querer a alguien cerca sin necesitar que esa persona le resolviera la vida.

Podía aceptar ayuda sin entregar el control.

Y podía desear una relación sin renunciar a sus límites.

Cogió el teléfono y escribió un mensaje.

Lo leyó dos veces antes de enviarlo. No añadió una disculpa por preguntar ni una frase que le quitara importancia. Después guardó el móvil y volvió a trabajar.

Alma contestó veinte minutos más tarde.

Vera soltó el aire despacio. Aquella respuesta no resolvía nada, pero al menos Alma reconocía que algo estaba pasando.

Se dijo que intentaría no anticipar la conversación.

Mañana hablarían. Hasta entonces, podía concentrarse en preparar la velada y hacer lo posible para que la librería siguiera siendo un lugar al que la gente quisiera volver.

El miércoles por la mañana, sin embargo, no llegó ningún mensaje.

Vera esperó hasta el mediodía antes de decidir que no iba a pasar otra jornada entera mirando el teléfono.

Lo guardó en el cajón y se concentró en las cajas de libros que debía abrir.

Una de ellas tenía una esquina húmeda, así que tuvo que retirar el cartón con cuidado para no dañar las cubiertas.

Después organizó los títulos por autor y temática, anotó las novedades en el inventario y colocó los ejemplares más adecuados para la búsqueda de pistas en una cesta aparte.

Fue una tarea rutinaria, pero le devolvió cierta sensación de control. Había cosas que no podía resolver a fuerza de pensarlas; tenía que empezar por el siguiente paso y confiar en que el resto se iría aclarando. Cuando terminó, sacó el teléfono del cajón. Seguía sin haber mensajes.

No escribió de nuevo.

A la hora de comer, Maruxa pasó por la librería con una bolsa de manzanas y una noticia que, según anunció desde la puerta, merecía ser escuchada antes de que Vera tuviera tiempo de protestar.

Había conseguido las calabazas a buen precio, pero una de ellas era tan grande que necesitaba un carrito para transportarla y, si pretendían colocarla en la entrada, tendrían que asegurarse de que no bloqueara el paso.

Vera escuchó la historia, agradeció las manzanas y prometió buscar un lugar adecuado para la calabaza.

Maruxa le habló de los precios, de la lluvia y de un vecino que había decidido decorar el balcón con tantas luces naranjas que parecía una sucursal del infierno.

Vera se rio y le ofreció un café. Durante unos minutos, la conversación la distrajo de todo lo demás.

Antes de marcharse, Maruxa preguntó si Alma estaría allí el viernes para hacer las fotografías.

—Todavía no lo sé —contestó Vera.

La frutera la miró con una expresión más suave.

—Ah. Bueno, ya me dirás. La chica tiene buen ojo. Hizo unas fotos de mis manzanas que parecían sacadas de una revista.

—Sus fotografías son buenas —dijo Vera, procurando que la voz le saliera natural.

—Y parece que te cae bien.

Vera levantó una ceja.

—Maruxa, ¿has venido a hablar de las calabazas o a investigar mi vida sentimental?

—Puedo hacer dos cosas a la vez, cariño.

—Pues intenta hacerlas en silencio.

Maruxa soltó una carcajada, le dio un beso en la mejilla y se marchó con la bolsa vacía.

Vera se quedó mirando la puerta, entre divertida y avergonzada.

No le gustaba que otras personas empezaran a opinar sobre algo que ni siquiera ellas habían tenido tiempo de nombrar.

Tampoco podía negar que la pregunta de Maruxa le había dolido.

Era difícil explicar que alguien te gustaba y, al mismo tiempo, que no sabías si esa persona seguía queriendo acercarse a ti.

Cuando regresó al mostrador, se encontró mirando la página del cuaderno donde había anotado las tareas para la velada. Había una línea que decía: Hablar con Alma sobre las fotografías . La tachó y escribió debajo: Confirmar si vendrá. Buscar alternativa si no puede .

Era organización.

Aquella tarde terminó de preparar el cartel definitivo.

Revisó el tamaño de las letras, aumentó el contraste y colocó la información importante en la parte superior.

Después comprobó que el recorrido de la búsqueda de pistas dejara suficiente espacio entre las estanterías y que nadie tuviera que sortear cajas o cables para llegar a la mesa central.

El evento tenía que ser acogedor, pero también cómodo para las personas que asistieran.

Vera quería que cualquiera pudiera participar sin sentirse un estorbo, y sabía que esos detalles no se resolvían con buena voluntad, sino prestando atención antes de que llegara la gente.

Mientras ajustaba la disposición de las mesas, pensó en lo mucho que le gustaba preparar aquella noche.

No porque creyera que iba a salvar la librería, sino porque era una forma de recordar por qué había abierto el negocio en primer lugar.

Le gustaba crear un espacio donde la gente pudiera descubrir historias y compartirlas con otras personas.

Le gustaba escuchar cómo alguien defendía un personaje, cómo otra persona confesaba que había llorado con una novela o cómo un lector que llevaba años sin entrar en una librería acababa marchándose con un libro bajo el brazo.

No quería que su vida sentimental, por importante que empezara a ser, ocupara todos los rincones de su cabeza.

Había otras cosas que la sostenían. Su trabajo, sus amistades, los pequeños rituales del pueblo, la satisfacción de resolver un problema práctico y la posibilidad de construir una vida que siguiera siendo suya incluso cuando alguien entrara en ella.

Aquella noche, antes de cerrar, se sentó un momento en la trastienda y repasó los mensajes con Alma.

No buscaba una prueba definitiva de nada.

Solo quería recordar lo que realmente se habían dicho, sin añadir interpretaciones.

Alma le había confesado que quería besarla.

Había dicho que deseaba volver a verla. Después había empezado a aplazar los encuentros y a responder con frases cada vez más breves.

Eso era lo que sabía. Lo demás todavía no lo conocía.

Y no tenía por qué inventarlo.

El jueves amaneció con un frío húmedo que se metía por las mangas y hacía que las calles olieran a piedra mojada. Vera abrió la librería temprano, preparó café y revisó los últimos detalles de la velada. A las diez y diecisiete recibió un mensaje de Alma.

Vera se quedó quieta, con el teléfono en la mano. Durante un instante sintió un alivio tan inmediato que le dio rabia. Después respiró hondo y contestó que sí, que podía después de cerrar. Alma respondió casi enseguida.

La esperanza se desinfló con una rapidez que Vera reconoció demasiado bien. Dejó el móvil sobre el mostrador y se obligó a mirar el cuaderno, aunque las palabras tardaron unos segundos en recuperar el sentido.

Podía haber respondido que no pasaba nada, que entendía que estuviera ocupada, que ya encontrarían otro momento.

Era lo que había hecho hasta entonces: ofrecerle una salida amable antes de que Alma tuviera que pedirla.

No se arrepentía de haberle dado espacio, pero empezaba a sospechar que el espacio se estaba convirtiendo en una habitación en la que Vera permanecía esperando mientras Alma decidía si quería entrar.

Escribió que el viernes tendría que preparar la librería para la velada y que, si quería hablar con ella, prefería que concretaran un momento. Añadió que no pasaba nada si no podía, pero que necesitaba saberlo para organizarse.

Alma respondió con un

No volvió a escribir durante el resto del día.

Vera atendió a los clientes, confirmó el préstamo del altavoz y llamó a la pastelería para revisar el pedido de dulces.

A media tarde, un hombre entró buscando un regalo para su pareja y pidió una recomendación de una historia romántica que no fuera demasiado empalagosa.

Vera le enseñó tres libros y le explicó las diferencias entre ellos.

El hombre terminó eligiendo una novela en la que dos personajes se conocían durante un viaje y tardaban casi todo el libro en admitir que se gustaban.

—¿Acaba bien? —preguntó antes de pagar.

Vera sonrió.

—Acaba de una manera que tiene sentido para ellos.

El hombre pareció satisfecho con la respuesta y se marchó con el libro envuelto.

Cuando la puerta se cerró, Vera se quedó pensando en lo que había dicho.

No todas las historias necesitaban un final perfecto para ser buenas.

Pero sí necesitaban que sus personajes tomaran decisiones, que hablaran y que hicieran algo más que esperar a que el destino resolviera los problemas por ellos.