Un octubre para encontrarte CAPÍTULO 9 #2
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CAPÍTULO 9 #2

Poco después de las dos, Vera subió a comer.

Preparó una tortilla francesa, cortó un tomate y calentó un poco de pan del día anterior.

Mientras comía, revisó las notas que había tomado sobre la velada y se acordó de que todavía debía llamar a la biblioteca para confirmar la asistencia de una de las personas encargadas de las lecturas.

Hizo la llamada, dejó el mensaje y aprovechó para preguntar si podían prestarle un altavoz pequeño.

La respuesta fue afirmativa, y Vera anotó el préstamo en el cuaderno antes de regresar al trabajo.

La tarde pasó entre cajas, llamadas y pequeños ajustes.

A las cinco, Maruxa apareció con una bolsa de manzanas y la noticia de que había conseguido las calabazas a un precio razonable, aunque una de ellas era tan grande que quizá necesitara un vehículo propio para llegar a la librería.

Vera escuchó la explicación con una mezcla de resignación y diversión.

—Si la colocamos en la entrada, no va a caber nadie —dijo.

—Pues la ponemos dentro.

—Dentro tampoco va a caber nadie.

—Vera, hija, no seas tan negativa. Siempre podemos sentarla en una silla.

—¿Y qué hacemos con la persona que quiera sentarse?

Maruxa se quedó pensándolo un instante, muy seria, antes de soltar una carcajada.

—Pues que se siente en la calabaza. Para algo estamos organizando una noche de misterio.

Vera se rio con ella. Agradeció las manzanas y prometió buscar un lugar adecuado para la decoración.

Antes de marcharse, Maruxa preguntó si Alma estaría allí para hacer las fotografías.

Vera le explicó que todavía no lo sabía.

La frutera no hizo ningún comentario, pero su silencio duró lo suficiente como para que Vera comprendiera que había notado algo.

—No pongas esa cara —dijo Maruxa finalmente—. Solo preguntaba.

—Ya lo sé.

—Pues eso. Y, si viene, dile que tengo una manzana especialmente fea para que la fotografíe. Es perfecta para una campaña contra el desperdicio alimentario.

—Se lo diré.

Maruxa se despidió con un beso al aire y salió a la calle, donde la lluvia empezaba a caer otra vez.

Vera guardó las manzanas en la trastienda y se quedó un momento apoyada en la mesa.

Le molestaba que otras personas pudieran notar la ausencia de Alma, aunque no tenía nada que ocultar.

Más que vergüenza, sentía una especie de vulnerabilidad nueva, como si algo que apenas había empezado a existir ya pudiera ser observado desde fuera.

Volvió al mostrador y abrió el archivo del cartel.

Ajustó el tamaño de las letras, revisó el contraste y comprobó que la información estuviera ordenada de forma clara.

La luz de la tarde se reflejaba en la pantalla, así que movió la lámpara y aumentó la ampliación digital hasta que pudo trabajar con comodidad.

Aquellos cambios formaban parte de su rutina.

Había aprendido que adaptar una tarea no significaba hacerla peor, sino encontrar la manera de seguir haciéndola bien.

Algunas veces necesitaba más tiempo, otras pedía ayuda y otras simplemente probaba una herramienta distinta hasta que funcionaba.

Con las relaciones, sin embargo, no había un ajuste tan sencillo.

No podía cambiar el tamaño de una frase para que fuera más fácil de entender, ni aumentar el contraste de un silencio hasta que revelara lo que ocultaba.

Podía preguntar, escuchar y explicar cómo se sentía, pero no podía hacer el trabajo emocional por otra persona.

Esa noche, al cerrar la librería, decidió que dejaría de esperar a que Alma encontrara por sí sola el momento perfecto para hablar.

No iba a exigirle una respuesta inmediata ni a pedirle que explicara cada hora de su semana.

Solo quería saber si ambas seguían mirando en la misma dirección o si Alma estaba buscando una manera amable de retirarse.

No le escribió aquel domingo. Se fue a dormir con la decisión tomada y con la esperanza de que, al día siguiente, todo pareciera más sencillo.

Pero el lunes no trajo ninguna respuesta.

La semana comenzó con una lluvia fina que convertía las calles en espejos y hacía que las hojas se pegaran a las suelas de los zapatos.

Vera abrió la librería a las nueve, colocó una caja de novedades junto a la mesa central y preparó café antes de ponerse con los pedidos.

Intentó no pensar en Alma mientras trabajaba, y durante un rato lo consiguió.

La mañana estuvo llena de pequeñas interrupciones: una llamada del distribuidor, una clienta que necesitaba un libro para un club de lectura y un niño que se empeñó en convencer a su abuela de que un cuento de fantasmas era exactamente lo que necesitaba para dormir mejor.

Cuando el local quedó vacío, Vera sacó el teléfono del cajón. No había ningún mensaje nuevo.

No se sintió decepcionada de inmediato. Se dijo que Alma estaría trabajando, que quizá la campaña exigía revisar documentos y preparar propuestas, que cada persona tenía su propia manera de organizar el tiempo.

Todas aquellas explicaciones eran posibles y ninguna justificaba que ella pasara el día enfadada por algo que no conocía.

Guardó el móvil y siguió con las tareas.

A las cuatro y media, sin embargo, Alma escribió.

Vera leyó el mensaje mientras envolvía un libro para una clienta. Esperó a terminar, entregó la bolsa y respondió con una broma sobre la rebelión de las calabazas. Después le preguntó si había sobrevivido a la montaña de trabajo que le había enseñado el día anterior.

La respuesta tardó casi una hora.

Vera sintió un alivio breve al leerlo. Al menos había una explicación, aunque fuera imprecisa.

No quería pensar que Alma estaba evitando hablar con ella sin motivo.

Una oportunidad profesional podía cambiar los planes de cualquiera, y Vera sabía lo que significaba que el trabajo ocupara más espacio del que una había previsto.

Ella misma había pasado noches enteras revisando facturas, preparando pedidos o intentando encontrar la manera de mantener la librería abierta durante otro invierno.

Contestó que esperaba que todo saliera bien y guardó el teléfono. No iba a pedir detalles por mensaje. Si Alma quería hablar, tendría que encontrar la manera de hacerlo.

Aun así, aquella noche, mientras preparaba una lista definitiva de los libros que se leerían durante la velada, volvió a pensar en la conversación que habían mantenido sobre el trabajo de Alma.

Recordaba que la fotógrafa había mencionado una agencia, una campaña y la posibilidad de pasar una temporada fuera de Galicia.

En aquel momento le había parecido una oportunidad interesante, algo que Alma podría contarle con más calma cuando supiera de qué se trataba.

Ahora se preguntaba si aquella posibilidad se habría convertido en algo concreto y si la distancia de los últimos días tenía que ver con ella.

La idea le produjo una sensación incómoda.

No porque le pareciera mal que Alma se marchara, sino porque no sabía si la otra mujer había empezado a tomar decisiones que afectaban a las dos sin considerar que Vera también podía tener algo que decir sobre lo que estaban construyendo.

Se detuvo antes de llegar demasiado lejos con el pensamiento.

No eran pareja. No habían acordado exclusividad ni hecho planes para el futuro.

Apenas habían reconocido que querían besarse.

Vera no tenía derecho a exigir que Alma organizara su vida alrededor de algo tan reciente.

Pero sí podía esperar honestidad.

Cerró el cuaderno y se preparó una infusión.

La lluvia golpeaba el cristal de la cocina, y desde la calle llegaba el sonido de una moto que atravesó un charco demasiado deprisa.

Vera se quedó escuchando hasta que el ruido desapareció.

Se sentía cansada, y sabía que el cansancio hacía más difícil distinguir entre una preocupación legítima y una historia que una se contaba para llenar los huecos.

Decidió que esperaría hasta el día siguiente antes de escribirle.

Si Alma seguía sin encontrar un momento para hablar, le pediría uno de manera clara.

El martes transcurrió de forma parecida.

Alma no apareció por la librería y apenas intercambiaron dos mensajes breves.

El primero llegó por la mañana, cuando Vera le envió una fotografía del cartel para que revisara la composición.

Alma contestó que estaba muy bien, que las letras se leían con claridad y que le gustaba el diseño.

El segundo llegó por la tarde, después de que Vera le preguntara si podía ayudarla a revisar la última propuesta para la búsqueda de pistas.

Alma se disculpó y dijo que aquel día le resultaba imposible.

Vera dejó el teléfono sobre la mesa y se apoyó en el respaldo de la silla.

No había nada malo en aquellos mensajes por separado.

El problema era la suma de todos ellos, la forma en que cada respuesta cerraba una puerta sin llegar a dar un portazo.

Alma seguía siendo amable, seguía haciendo bromas y seguía preguntando por la velada, pero no encontraba un hueco para verla.

Vera empezó a sentirse como alguien a quien se mantenía cerca solo lo suficiente para que no pudiera decir que la habían apartado del todo.

No quería pensar mal de ella. Había disfrutado de su compañía demasiado como para reducirla a una persona cobarde por unos días de incertidumbre.

Pero tampoco quería justificarlo todo porque le gustaba.

La atracción podía volver comprensible una conducta sin convertirla en algo que una tuviera que aceptar indefinidamente.