CAPÍTULO 9
EL MIEDO TAMBIÉN LLEGA EN OTOÑO
El domingo por la mañana, Vera encontró tres mensajes de Alma en el teléfono y ninguno decía lo que llevaba dos días esperando escuchar.
El primero era una fotografía de una tarta de manzana, tomada desde un ángulo que pretendía hacerla parecer mucho más apetecible de lo que probablemente estaba.
El segundo, enviado unos minutos después, aseguraba que la repostería gallega corría un grave peligro si ella decidía seguir experimentando sin supervisión.
El tercero era una respuesta a la broma que Vera le había enviado la noche anterior, tan ligera y cariñosa como las conversaciones que habían mantenido durante las últimas semanas.
Vera los leyó sentada a la mesa de la cocina, con el café enfriándose entre las manos y la lluvia dibujando caminos irregulares sobre los cristales.
Después dejó el teléfono boca abajo y miró la tarta de manzana que había comprado el día anterior, preguntándose si sería muy triste desayunar algo dulce solo por llevarle la contraria a una fotografía.
No era que Alma hubiera dejado de escribirle.
Eso habría sido más sencillo, de una manera desagradable pero sencilla: habría tenido un silencio al que ponerle nombre y una distancia que reconocer.
Lo desconcertante era que seguía ahí, apareciendo en pequeñas dosis, con sus bromas y sus comentarios, pero esquivando cualquier ocasión de volver a encontrarse.
Desde la cena del viernes, cuando ambas habían admitido que querían besarse y habían decidido no precipitarse, Alma parecía haber aprendido a mantener una conversación sin acercarse demasiado.
Contestaba, preguntaba por la librería y se interesaba por los preparativos de Halloween, pero cada vez que Vera sugería verse, surgía algo que lo impedía.
Nunca era una excusa absurda; siempre había una razón perfectamente posible.
Y, sin embargo, todas juntas empezaban a dibujar un patrón que Vera no podía fingir que no veía.
Se reprendió por estar contando mensajes un domingo por la mañana.
Tenía treinta y cinco años, una librería que necesitaba toda su atención y una lista de tareas que había crecido tanto durante la semana que amenazaba con convertirse en una novela por entregas.
No tenía intención de pasarse el día interpretando el comportamiento de una mujer que apenas estaba empezando a conocer.
Pero tampoco quería convencerse de que no le importaba cuando lo cierto era que, desde aquella cena, se había permitido esperar algo más.
No una promesa ni una declaración; solo la continuidad de lo que habían empezado a compartir.
Vera terminó el café, guardó la tarta para la merienda y bajó a la librería.
Si Alma tenía algo que decirle, tendría que encontrar la manera de hacerlo.
Mientras tanto, A Última Folla seguía necesitando que alguien levantara las persianas, revisara las cuentas y decidiera dónde demonios iba a colocar una calabaza tan grande que Maruxa había descrito como «perfecta para asustar a los vecinos y quizá a algún acreedor».
El local estaba frío cuando entró. La humedad se había colado durante la noche por las rendijas de la puerta y parecía haberse instalado entre los estantes, mezclándose con el olor de los libros y la madera antigua.
Vera dejó el bolso en la trastienda, encendió las lámparas y puso agua a calentar para prepararse otro café.
Antes de abrir al público, comprobó la lista de tareas para la velada del viernes siguiente.
Había que confirmar las lecturas, preparar el recorrido de las pistas, revisar la disposición de las sillas, terminar los carteles y calcular cuánto chocolate caliente podía permitirse sin que el gasto se comiera lo poco que esperaba ganar con las ventas de aquella noche.
La velada había empezado como una idea sencilla, una forma de animar la librería durante el otoño y ofrecer al pueblo una excusa para reunirse entre libros, castañas y relatos de misterio.
Ahora se había convertido en una pequeña operación logística que Vera intentaba mantener bajo control mientras hacía cuentas con un margen cada vez más estrecho.
Había revisado las cifras el viernes y sabía que no podía confiar en que una noche animada resolviera los problemas económicos del negocio.
Necesitaba que la gente volviera después, que las actividades culturales no fueran solo una excepción agradable y que A Última Folla encontrara una manera de seguir siendo sostenible sin perder lo que la hacía especial.
Aquella última parte era la que más le preocupaba.
Podía reducir pedidos, negociar con proveedores o recortar algunas horas de apertura, pero no quería convertir la librería en un lugar que sobreviviera a costa de perder su esencia.
La gente entraba allí porque podía detenerse, hablar de un libro sin que nadie la apremiara y salir con algo que no había ido buscando.
A veces Vera pensaba que aquel espacio se parecía a ella más de lo que le convenía admitir: ambas habían aprendido a hacer las cosas de otra manera sin querer que el resto del mundo decidiera por ellas qué seguía siendo posible.
Abrió el ordenador y empezó a revisar el inventario.
Trabajó durante casi una hora sin mirar el teléfono, concentrada en los títulos que debían llegar antes del viernes y en los ejemplares que había reservado para la mesa central.
Cuando terminó, se levantó para colocar unas novelas de misterio en el escaparate.
La lluvia había aflojado, aunque las nubes seguían tan bajas que parecía que el pueblo entero estuviera bajo una manta gris.
Al otro lado de la calle, un hombre barría las hojas acumuladas frente a su casa, empujándolas en montones que el viento deshacía cada vez que se alejaba unos pasos.
Vera lo observó un momento y sonrió. El otoño tenía aquella costumbre de deshacer el trabajo de cualquiera sin pedir disculpas.
Uno barría, el viento soplaba y había que volver a empezar.
No significaba que barrer no sirviera de nada; simplemente había tareas que exigían aceptar que el resultado nunca sería definitivo.
Pensó que quizá también estaba aprendiendo algo parecido sobre las personas, aunque todavía no supiera muy bien qué.
A media mañana apareció el primer cliente.
Después llegó una mujer que buscaba un regalo para su hermana y terminó comprando dos novelas porque Vera le habló de una autora que acababa de descubrir.
Más tarde entraron dos adolescentes que se quedaron hojeando cuentos de terror, discutieron sobre cuál de los monstruos era más aterrador y se marcharon con una antología de relatos gallegos que uno de ellos pagó con monedas cuidadosamente guardadas en el bolsillo.
Fueron ventas pequeñas, pero Vera las anotó en el registro con una satisfacción que intentó no exagerar.
Cada libro que salía por la puerta era una razón para seguir buscando soluciones.
A las doce y veinte, el teléfono vibró sobre el mostrador.
Vera leyó el mensaje y sintió que una sonrisa le aparecía antes de que pudiera evitarlo.
Aquello era muy propio de Alma: aparecer con una broma justo cuando ella estaba intentando no pensar en su ausencia.
Durante un instante consideró responder que la calabaza había presentado una propuesta para quedarse con la librería y que estaban negociando las condiciones.
Después escribió que todavía no la había visto, pero que estaba preparada para defender el local con una escoba si hacía falta.
Alma contestó con una carcajada escrita y una fotografía de su mesa de trabajo, cubierta de tarjetas de memoria, un cuaderno abierto y dos tazas vacías.
Vera amplió la fotografía para distinguir los detalles que aparecían en la pantalla.
Había algo parecido a una carpeta con el nombre de una agencia, varias hojas impresas y una serie de imágenes de edificios que no reconocía.
No sabía si aquella era la causa de la distancia de Alma o si simplemente estaba viendo una parte normal de su trabajo.
Podía preguntarle, pero no quería convertir una conversación casual en un interrogatorio.
Así que contestó que Maruxa probablemente la recordaría como la persona que había intentado arruinar la repostería del pueblo y que eso no era una reputación fácil de superar.
La conversación siguió un par de minutos más.
Alma le preguntó si necesitaba ayuda con algo para el viernes y Vera le dijo que, si podía revisar el cartel definitivo, le haría un favor.
Alma respondió que lo miraría esa tarde.
Después el intercambio terminó, sin despedidas extrañas ni frases que pudieran interpretarse como una retirada.
Vera guardó el teléfono y volvió a trabajar, aunque la tranquilidad que había sentido al recibir el mensaje duró menos de lo que le habría gustado.
No quería que una conversación agradable se convirtiera en una prueba que Alma tuviera que superar cada vez.
Tampoco quería estar pendiente de la pantalla, tratando de calcular cuánto tiempo tardaba en responder o qué podía significar cada palabra.
Le gustaba aquella mujer y deseaba seguir conociéndola.
No había nada vergonzoso en eso. Pero no iba a permitir que la ilusión se transformara en una tarea adicional que tuviera que gestionar sola.