CAPÍTULO 8 #5
—Lo sé —contestó Vera al cabo de un momento—. A mí también me habría gustado.
La sencillez de la respuesta le produjo a Alma un alivio casi físico. Dio un pequeño paso hacia ella, aunque se detuvo antes de acortar del todo la distancia.
—¿Y ahora? —preguntó, con una sonrisa nerviosa—. ¿Te gustaría?
Vera bajó la mirada hacia su boca y volvió a levantarla. Alma esperó, consciente de que la respuesta podía ser sí, no o todavía no. Quería besarla, pero no necesitaba que ocurriera aquella noche para sentirse segura de lo que acababan de compartir.
—Sí —dijo Vera—. Pero creo que me gustaría más si no tuviera que hacerlo deprisa, justo antes de salir corriendo bajo la lluvia.
Alma soltó una risa suave, mezclada con una decepción que no le costó reconocer.
Vera le tocó el antebrazo, apenas un instante, y aquel gesto bastó para que comprendiera que no estaba rechazándola.
Estaba eligiendo el momento, del mismo modo que había elegido qué contarle durante la cena y qué cosas todavía necesitaban tiempo.
—Entonces no correremos —dijo Alma—. Podemos esperar.
—Podemos.
No se besaron. En lugar de eso, Alma abrió la puerta y acompañó a Vera hasta el rellano, donde el aire olía a humedad y a piedra fría.
Se despidieron con una sonrisa y una promesa sencilla de escribirse al día siguiente.
Cuando Vera empezó a bajar las escaleras, Alma se quedó junto a la puerta hasta que oyó sus pasos alejarse.
Solo entonces regresó al salón, donde las dos tazas seguían sobre la mesa y la rama de castaño descansaba entre ellas, con sus hojas secas ligeramente curvadas hacia arriba.
Recogió los platos que había dejado para la mañana y apagó la lámpara del sofá.
La casa volvió a quedarse en silencio, pero ya no era el mismo silencio que había llenado el piso antes de que Vera llegara.
Alma se descubrió repasando la conversación, no para encontrar un error ni anticipar una despedida, sino porque quería recordar cómo se había sentido al hablar sin esconderse.
Había contado cosas de las que no estaba orgullosa, había escuchado los temores de Vera y había descubierto que el deseo podía convivir con la incertidumbre sin que ninguna de las dos tuviera que fingir que todo estaba resuelto.
Antes de acostarse, abrió el móvil y escribió un mensaje.
La respuesta llegó unos minutos después.
Alma sonrió mientras leía el mensaje. Escribió varias respuestas y borró casi todas, hasta que encontró una que no necesitaba esconderse detrás de una broma.
Esta vez Vera tardó un poco más en contestar. Alma dejó el móvil sobre la mesilla y empezó a prepararse para dormir, diciéndose que no tenía sentido esperar una respuesta inmediata. Cuando el teléfono vibró, lo cogió con una rapidez que habría negado bajo juramento.
Alma leyó el mensaje dos veces y dejó el móvil junto a la almohada.
No sabía qué ocurriría en los días siguientes, ni cuánto tardarían en atreverse a dar el paso que habían dejado pendiente.
Tampoco sabía qué respuesta acabaría dando a la oportunidad profesional que seguía esperándola al otro lado de sus correos, ni cómo encajaría aquel nuevo vínculo en una vida que todavía estaba aprendiendo a organizar.
Pero aquella noche no necesitaba resolver ninguna de esas preguntas.
Había invitado a Vera a cenar y había descubierto que quería volver a hacerlo; había hablado de sus miedos sin utilizarlos como una puerta de salida y había permitido que alguien la conociera un poco mejor.
Apagó la luz y se acomodó bajo las mantas mientras la lluvia empezaba a golpear los cristales.
Pensó en Vera caminando de vuelta a casa, en la forma en que había sonreído junto a la puerta y en la respuesta que le había dado cuando le preguntó si quería besarla.
No habían llegado a hacerlo, pero el deseo había dejado de ser una posibilidad que Alma pudiera fingir que no existía.
Ahora tenía un nombre, una voz y una mujer al otro lado del pueblo que también había decidido esperar.
Por primera vez en mucho tiempo, esperar no le pareció lo mismo que quedarse inmóvil.
Podía seguir trabajando, aceptar encargos, tomar decisiones sobre su futuro y descubrir qué quería hacer con su vida sin tener que marcharse antes de que algo empezara a importarle.
No era una promesa que pudiera hacerle a Vera, ni siquiera una certeza que tuviera completamente clara para sí misma.
Era solo una pequeña decisión tomada al final de una cena corriente: la próxima vez que sintiera ganas de acercarse, intentaría no convertir el miedo en una excusa para apartarse.
Y, mientras la lluvia cubría de reflejos las calles de San Amaro das Follas, Alma se quedó dormida pensando que quizá había cosas que no necesitaban resolverse antes de empezar.
Algunas podían comenzar con una invitación, una tarta de manzana y dos personas que, por una vez, habían tenido el valor de decirse la verdad, aunque todavía no se hubieran atrevido a darse el beso que ambas deseaban.