Un octubre para encontrarte CAPÍTULO 8 #4
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CAPÍTULO 8 #4

Alma sintió el impulso de decirle que nunca la vería así, pero se detuvo antes de hablar.

No podía prometer que jamás se equivocaría ni asegurar que siempre sabría cómo acompañarla.

Lo único honesto era reconocer lo que acababa de escuchar y dejar claro que no pretendía ocupar un lugar que Vera no le hubiera ofrecido.

—No quiero rescatarte —dijo—. Quiero conocerte.

Y si algún día necesitas ayuda con algo, me gustaría que pudieras pedírmela sin sentir que eso cambia lo que eres para mí.

Pero también quiero que puedas decirme que no la necesitas, o que prefieres hacerlo de otra manera.

No voy a enfadarme porque sepas resolver tus cosas.

Vera se quedó mirándola. Durante unos segundos, Alma tuvo la impresión de que estaba decidiendo si creerla, no porque hubiera algo sospechoso en sus palabras, sino porque las promesas resultaban fáciles cuando todavía no habían tenido que enfrentarse a la vida cotidiana.

Vera había tenido tiempo de aprender que las buenas intenciones no siempre se traducían en buenos gestos, y Alma no esperaba que una conversación durante la cena borrara esa experiencia.

—Eso suena bastante razonable —dijo Vera al fin—. Aunque me reservo el derecho a cambiar de opinión si algún día intentas reorganizarme la cocina.

—Después de ver el armario de las especias, creo que no estoy en condiciones de reorganizar la cocina de nadie.

—Una decisión sabia.

La risa que compartieron después fue más suave que las anteriores, pero también más íntima.

Alma sintió que la conversación había cambiado algo entre ellas, aunque no sabría explicar exactamente qué.

Habían dejado de hablar de sus vidas como si fueran historias que podían resumirse en una anécdota divertida.

Por primera vez, habían mostrado partes que no estaban especialmente orgullosas de enseñar y habían descubierto que la otra persona podía escucharlas sin intentar corregirlas.

Aquello no resolvía sus diferencias ni garantizaba que fueran a entenderse siempre, pero hacía que la posibilidad de intentarlo pareciera menos amenazadora.

Alma se levantó para recoger los platos del postre.

Vera le ofreció ayuda y, esta vez, Alma aceptó que la acompañara a la cocina, aunque le pidió que dejara las tazas en la encimera mientras ella guardaba la tarta.

La tarea duró apenas unos minutos. Cuando regresaron al salón, ninguna de las dos parecía tener prisa por dar la noche por terminada.

Alma encendió la pequeña lámpara junto al sofá y preguntó si Vera quería tomar una infusión antes de marcharse.

Vera aceptó, y se sentaron una al lado de la otra, con suficiente espacio entre ellas para estar cómodas, pero no tanto como al principio de la cena.

Hablaron de libros que habían leído en la adolescencia, de las películas que Alma veía cuando necesitaba descansar la cabeza y de la costumbre de Vera de releer ciertas novelas en otoño.

Alma le contó que había una película que veía todos los años en octubre, aunque la historia no tuviera nada que ver con Halloween, y Vera la acusó de ser una persona profundamente previsible.

Después discutieron sobre qué hacía que una historia romántica resultara convincente.

Alma defendía que las personas podían enamorarse por una coincidencia inesperada; Vera opinaba que la coincidencia podía servir para que dos personas se conocieran, pero no bastaba para que decidieran quedarse.

—¿Entonces no crees en el destino? —preguntó Alma.

—Creo en los trenes que llegan tarde, en las facturas que aparecen cuando menos te conviene y en la gente que decide volver a una librería porque le gustó una recomendación. El destino me parece una forma bastante cómoda de no asumir responsabilidades.

—Eso ha sonado casi como una acusación.

—Solo si te has sentido aludida.

Alma sonrió y bajó la mirada hacia su taza.

Había vuelto a la librería por un libro, sí, pero también porque quería ver a Vera.

Al principio había sido una curiosidad que podía justificar con cualquier excusa; después, una costumbre agradable que esperaba repetir; ahora empezaba a parecerle una decisión que tendría que tomar de forma consciente.

No podía saber adónde la llevaría, y aquella incertidumbre seguía asustándola, pero empezaba a comprender que el miedo no tenía por qué decidir por ella.

—Me alegro de haber vuelto —dijo.

Vera giró un poco la cabeza hacia ella.

—¿A la librería?

Alma podría haber respondido que sí. Habría sido una salida sencilla, una forma de mantener la conversación en terreno seguro. Sin embargo, después de todo lo que habían compartido aquella noche, le pareció injusto esconderse detrás de una respuesta a medias.

—A San Amaro. A la librería. A esta cena —dijo—. A conocerte, supongo.

Vera no contestó enseguida. Alma notó que se había quedado muy quieta, con la taza entre las manos, y empezó a preguntarse si había ido demasiado lejos. Entonces la librera dejó la taza sobre la mesa y se volvió hacia ella.

—Me alegro de que hayas venido —respondió—. Y no lo digo por el pan de nueces.

—Menos mal. Ya estaba pensando en hacer de eso mi especialidad.

Vera sonrió, y Alma sintió una ternura tan intensa que por un momento se quedó sin palabras.

Había imaginado que una relación empezaba con un beso, una declaración o una conversación en la que ambas personas reconocían que querían intentarlo.

Sin embargo, aquella noche no parecía necesitar una escena definitiva.

La cercanía se había construido con cosas pequeñas: una cena preparada con cuidado, una historia contada sin adornos, una pregunta formulada sin miedo y la certeza de que podían hablar de lo que les preocupaba sin dejar de reírse juntas.

El reloj del salón marcaba las once menos cuarto cuando Vera miró hacia la ventana y dijo que debía marcharse.

Alma no intentó convencerla de que se quedara más tiempo, aunque le habría gustado prolongar la noche.

Se levantó para acompañarla hasta la puerta y recogió el abrigo del perchero.

Vera se lo puso despacio, ajustándose la bufanda, mientras Alma se apoyaba en la pared con las manos metidas en los bolsillos.

—Gracias por la cena —dijo Vera—. La empanada estaba muy bien y la tarta ha superado mis expectativas.

—No sabes cuánto me tranquiliza saberlo.

—No te acostumbres. La próxima vez seré mucho más exigente.

Alma levantó la cabeza al oír aquellas dos palabras.

—¿La próxima vez?

Vera sonrió, consciente de lo que acababa de decir.

—Si vuelves a invitarme, claro.

—Lo haré.

La respuesta fue inmediata, sin bromas ni condiciones añadidas.

Alma se sorprendió de su propia seguridad, pero no intentó corregirla.

Quería volver a ver a Vera, quería cocinar para ella otra vez y quería descubrir cómo sería compartir una tarde en la que no tuvieran que fingir que se habían encontrado por casualidad.

No sabía si eso bastaría para construir algo duradero, pero ya no le parecía necesario saberlo antes de dar el siguiente paso.

Se quedaron frente a frente junto a la puerta.

Vera tenía una mano apoyada en la correa de su bolso y Alma notó que la distancia entre ambas volvía a parecer demasiado pequeña para una despedida y demasiado grande para lo que deseaba hacer.

El recuerdo del casi beso en la librería regresó con una claridad que le hizo olvidar, por un momento, cualquier respuesta ingeniosa.

—Hay una cosa que quería decirte —empezó Alma.

Vera levantó ligeramente las cejas.

—Espero que no sea una reclamación por el café.

—No. Aunque sigo pensando que me debes uno decente.

—Eso está por demostrar.

Alma sonrió, pero no dejó que la broma la apartara de lo que quería decir.

—El otro día, en la librería… me habría gustado besarte.

Vera permaneció en silencio. Alma sintió que el corazón se le aceleraba, pero se obligó a no llenar aquel espacio con explicaciones precipitadas.

Había aprendido que, cuando tenía miedo, tendía a hablar demasiado o a retirarse antes de que la otra persona pudiera responder.

Esta vez quería hacer algo diferente: decir la verdad y dejar que Vera decidiera qué hacer con ella.