Un octubre para encontrarte CAPÍTULO 8 #3
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CAPÍTULO 8 #3

—La manzana tiene el punto justo de acidez. La canela está bien medida. Y no has intentado ocultar la fruta debajo de una montaña de azúcar, como hacen algunas personas que no confían en sus ingredientes.

Alma sonrió, satisfecha.

—¿Eso significa que he aprobado?

—Significa que puedes volver a prepararla.

—Lo consideraré una declaración de afecto.

—No te emociones.

—Demasiado tarde.

Vera bajó la mirada hacia el plato, aunque Alma alcanzó a ver su sonrisa.

La frase había salido en tono de broma, pero ninguna de las dos parecía dispuesta a retirarla.

Alma sintió que el calor le subía al rostro y se preguntó cuándo había empezado a resultarle tan difícil sostener una conversación con una mujer que le gustaba.

Había tenido relaciones antes, había besado a otras personas y había compartido intimidad con mujeres a las que quería.

No era el deseo lo que la desconcertaba.

Era el hecho de que, con Vera, no le apetecía fingir que sabía exactamente lo que estaba haciendo.

—¿Puedo preguntarte algo? —dijo Vera.

Alma dejó el tenedor sobre el plato.

—Claro.

—¿Por qué has vuelto de verdad?

La pregunta no tenía un tono acusador, pero era más directa que las que se habían hecho hasta entonces.

Alma se recostó ligeramente en la silla y miró hacia la ventana.

Las luces de la calle empezaban a reflejarse en el cristal, y el salón parecía más pequeño y acogedor que al principio de la noche.

Podía responder que echaba de menos Galicia, que necesitaba trabajar con más calma o que estaba cansada de vivir en una ciudad donde cada día parecía una carrera contra el reloj.

Todas esas respuestas eran ciertas, pero no explicaban del todo lo que había ocurrido.

—Me fui porque pensé que necesitaba estar en otro sitio para convertirme en alguien diferente —dijo al cabo de unos segundos—.

Tenía trabajo, conocía gente, hacía fotografías que me gustaban.

Desde fuera parecía que todo iba bien. Pero empecé a sentir que mi vida estaba llena de cosas que había aceptado sin preguntarme si realmente las quería.

Cada encargo llevaba al siguiente, cada semana estaba organizada antes de que empezara y, cuando tenía tiempo libre, lo utilizaba para pensar en todo lo que todavía no había hecho.

Me convencí de que, si cambiaba de ciudad, podría empezar de nuevo.

Vera la escuchaba sin interrumpirla. Alma agradeció aquella atención y continuó, buscando las palabras con cuidado.

—Al principio funcionó. Era emocionante estar en un lugar donde nadie me conocía, hacer contactos nuevos y encontrarme con personas que no tenían ninguna idea de quién había sido antes.

Pero después me di cuenta de que estaba repitiendo las mismas costumbres en otro sitio.

Si algo empezaba a importarme demasiado, encontraba una razón para llenarme la agenda.

Si alguien quería saber qué iba a hacer dentro de unos meses, respondía que todavía era pronto para decidirlo.

Y cuando me sentía atrapada, me decía que necesitaba libertad, aunque a veces lo único que necesitaba era hablar de lo que me estaba pasando.

—¿Te ocurrió con alguien en particular? —preguntó Vera.

Alma asintió. No le apetecía convertir a su antigua pareja en un personaje de la cena, pero tampoco quería responder con una evasiva.

Había aprendido que contar una parte de la verdad podía resultar más incómodo que guardar silencio, aunque también era la única forma de dejar de esconderse detrás de versiones simplificadas de su pasado.

—Estuve con una mujer durante casi dos años.

Se llamaba Laura. Era buena conmigo y teníamos muchas cosas en común, pero llegó un momento en que ella empezó a hablar de planes que yo no sabía cómo responder.

No me pedía nada extraordinario. Quería saber si íbamos a seguir viviendo juntas, si podíamos organizar las vacaciones con tiempo, si yo estaría allí cuando tuviera una semana difícil.

Yo decía que sí quería estar con ella, pero después llenaba el calendario de trabajo y acababa cancelando cosas.

Me decía que no quería hacer promesas que no pudiera cumplir, y eso era cierto, pero también lo utilizaba para no tener que intentar cumplir ninguna.

Vera dejó el tenedor sobre la mesa. No parecía juzgarla, aunque Alma sabía que no tenía por qué absolverla de nada.

Le había costado reconocer cuánto había contribuido al final de aquella relación.

Durante mucho tiempo había preferido pensar que Laura necesitaba más estabilidad de la que ella podía ofrecer, como si la incompatibilidad hubiera aparecido por sí sola y no se hubiera alimentado de sus silencios.

—¿Y cómo terminó? —preguntó Vera.

—Un día me dijo que estaba cansada de vivir en una relación en la que siempre tenía que prepararse para que yo me marchara.

No discutimos demasiado. Creo que las dos sabíamos que llevaba tiempo ocurriendo.

Me mudé unas semanas después y seguí trabajando.

Durante un tiempo me sentí aliviada, y luego me sentí culpable por haber sentido alivio.

Después dejé de pensar en ello, o eso creía.

Supongo que es más fácil seguir moviéndote cuando puedes convencerte de que no has perdido nada importante.

Alma se quedó callada. No había contado aquella historia con tantos detalles desde que terminó la relación.

Le sorprendió que pudiera hablar de Laura sin sentir la necesidad de defender cada decisión ni de demostrar que había tenido razón.

Había cometido errores, algunos de los cuales no sabía cómo habría podido evitar, pero no necesitaba convertirlos en una condena permanente.

Lo que sí necesitaba era aprender a no repetirlos con la siguiente persona que le importara.

—No te estoy contando esto para que pienses que voy a hacerte lo mismo —añadió—.

Aunque entendería que te lo preguntaras.

Solo quiero que sepas que a veces me cuesta distinguir entre necesitar espacio y estar buscando una salida.

Y no quiero que alguien tenga que adivinar qué me pasa porque yo no soy capaz de decirlo.

Vera permaneció en silencio unos segundos. Alma temió haber hablado demasiado, haber convertido una cena agradable en una conversación que exigía una respuesta para la que ninguna de las dos estaba preparada. Entonces Vera apoyó las manos sobre la mesa y se inclinó un poco hacia ella.

—Gracias por contármelo —dijo—. No creo que una persona tenga que saber exactamente lo que quiere en todo momento.

Sería agotador, además de bastante sospechoso.

Pero sí creo que es importante que pueda decir cuando algo cambia, cuando tiene miedo o cuando necesita espacio.

No quiero tener que interpretar cada silencio como si fuera una pista que he pasado por alto.

Alma sintió que las palabras de Vera llegaban a un lugar especialmente sensible.

Había algo en su manera de expresarse que no convertía la honestidad en una prueba ni el compromiso en una obligación de permanecer siempre igual.

Vera no le estaba pidiendo una promesa de futuro; le estaba explicando qué necesitaba para poder decidir por sí misma si quería quedarse en una relación.

—Lo entiendo —dijo Alma—. Y no quiero que tengas que hacerlo.

—Bien. Porque soy muy mala resolviendo acertijos sentimentales. Para eso necesito pistas mucho más claras que las de tus fotografías.

Alma soltó una risa agradecida. Vera sonrió, pero no apartó la mirada.

—Ahora me toca preguntarte algo a mí —continuó la librera—. ¿Te preocupa que tu forma de ver las cosas cambie con el tiempo?

Alma no respondió de inmediato. La pregunta había llegado sin rodeos, pero no tenía nada de invasiva.

Vera hablaba de su visión como de una parte de su vida que no siempre resultaba sencilla, no como de una tragedia que necesitara una reacción especial.

Alma sabía que la pérdida de visión era progresiva y que Vera había ido adaptando sus rutinas para seguir haciendo las cosas que le importaban, pero no conocía todos los pensamientos que acompañaban ese proceso.

No quería dar por hecho que entendía cómo se sentía ni ofrecerle un consuelo que no había pedido.

—Sí —dijo Alma finalmente—. Me preocupa no saber qué decir. A veces tengo miedo de hacer una pregunta que no debería, o de ofrecer ayuda cuando lo que necesitas es que no me meta. Pero me preocupa más asumir que sé lo que te conviene sin preguntártelo.

Vera bajó un poco la barbilla, como si estuviera considerando la respuesta. Después dejó el tenedor junto al plato y se acomodó en la silla.

—No necesito que sepas siempre qué decir.

Yo tampoco lo sé. Hay días en los que las cosas me resultan fáciles y otros en los que termino agotada por detalles que antes ni siquiera habría notado.

A veces me enfado con el mundo, a veces conmigo misma, y otras veces simplemente me adapto y sigo con lo que estaba haciendo.

No hay una forma correcta de reaccionar a todo eso.

Hizo una pausa para tomar un sorbo de agua. Alma la escuchó sin interrumpirla, intentando no convertir cada frase en una pregunta nueva.

—Lo que más me cuesta —continuó Vera— no es que mi visión cambie.

Es la cantidad de veces que tengo que decidir cómo voy a resolver algo, cuánto tiempo me va a llevar y si merece la pena pedir ayuda o buscar otra manera de hacerlo.

Hay días en los que puedo hacer una cosa sin pensarlo y otros en los que necesito reorganizarla entera.

Y no quiero que eso se convierta en lo único que alguien ve cuando me mira.

No quiero que una persona esté conmigo y, cada vez que encuentre una dificultad, piense que tiene que rescatarme.