CAPÍTULO 8 #2
Alma miró el reloj y soltó una exclamación.
Le quedaban menos de dos horas y todavía tenía que terminar la empanada, preparar la tarta y comprobar que había comprado todo lo necesario.
Inés aprovechó para recordarle que el horno no se calentaría más deprisa por mucho que Alma lo mirara con ansiedad y que ninguna relación había mejorado jamás por servir la comida a medio hacer.
Se despidieron entre bromas, y Alma volvió a la cocina con la sensación de que, al menos, había conseguido identificar el problema.
No podía resolverlo aquella tarde, pero quizá no necesitaba hacerlo.
A las siete y media, el piso olía a manzana asada, canela y masa recién horneada.
Alma había limpiado la encimera, guardado los utensilios y encendido una lámpara junto al sofá para que la luz principal no resultara demasiado intensa.
No había preparado nada especialmente romántico.
Le parecía absurdo llenar la mesa de velas cuando la invitación había surgido de una conversación entre bromas, así que se limitó a colocar dos platos, servilletas de tela y una pequeña jarra con agua.
En el centro dejó una rama de castaño que había recogido unos días antes, con tres hojas secas que aún conservaban un tono rojizo.
La había puesto allí porque le gustaba, no porque quisiera transmitir ningún mensaje.
Al menos, eso se dijo mientras la movía un par de centímetros hacia la izquierda.
Cuando sonó el timbre, Alma estaba comprobando por tercera vez si la tarta se había enfriado lo suficiente. Se limpió las manos, respiró hondo y fue a abrir la puerta con una naturalidad que esperaba que resultara convincente.
Vera llevaba un abrigo oscuro, una bufanda color mostaza y una bolsa de papel que sostenía con ambas manos. Su expresión era serena, aunque Alma creyó detectar una pequeña sonrisa en la comisura de sus labios.
—He traído una contribución a esta cena que no es una cita —anunció Vera.
Alma se apartó para dejarla entrar.
—Me parece justo. ¿Qué es?
—Pan. No sabía si habías pensado en todo, así que he preferido no arriesgarme.
—He preparado una empanada.
—Entonces tendremos pan de sobra. Siempre es mejor que quedarse sin él.
Alma se echó a reír y aceptó la bolsa. Dentro había una hogaza pequeña de pan de nueces envuelta en papel, todavía ligeramente tibia.
La reconoció de la panadería de la plaza y se preguntó si Vera la habría comprado de camino o si habría pasado por allí expresamente.
La idea le produjo una alegría desproporcionada, así que decidió concentrarse en ayudarla a quitarse el abrigo y en preguntarle si había encontrado bien el portal.
—Sí. He venido andando desde la librería. El aire está bastante agradable, aunque creo que mañana va a llover otra vez.
—En Galicia eso no cuenta como una predicción. Es una descripción general del paisaje.
—Estoy aprendiendo las costumbres locales.
Vera dejó el abrigo en el perchero y recorrió el salón con una mirada tranquila.
Alma le explicó dónde estaban el baño, la cocina y el balcón, y le preguntó si prefería que le enseñara el piso o si quería sentarse primero.
Vera eligió dejar el bolso en una silla y acercarse a la ventana, desde donde podía distinguirse el perfil oscuro de los tejados y una franja de cielo entre las nubes.
—Es bonito —dijo—. Tiene una luz agradable.
—Por la mañana entra bastante sol. Por la tarde, en cambio, parece que el día se termina antes de tiempo.
—Eso es porque en octubre el sol también quiere llegar pronto a casa.
Alma se colocó a su lado, sin invadir el espacio que Vera había elegido junto a la ventana.
Le contó que todavía tenía algunas cajas por abrir y que había pensado cambiar la disposición de los muebles, aunque llevaba semanas sin encontrar el momento.
Vera le preguntó si estaba cómoda allí, y la sencillez de la pregunta hizo que Alma se volviera hacia ella.
—Sí. Más de lo que esperaba —respondió—. Todavía hay cosas que no sé dónde poner, pero creo que eso es normal cuando vuelves a un sitio después de mucho tiempo.
—¿Y has vuelto para quedarte?
La pregunta llegó sin intención de presionarla, pero Alma sintió que tocaba una zona de su vida que todavía no sabía explicar bien.
Había regresado a Galicia porque necesitaba reducir el ruido, recuperar algunas relaciones y encontrar una manera de trabajar que no dependiera de aceptar todos los encargos que aparecieran.
No estaba segura de cuánto tiempo se quedaría, aunque cada vez le resultaba menos sencillo imaginarse marchándose de nuevo sin haber construido nada.
—He vuelto para probar a vivir de otra manera —dijo—. Supongo que eso es lo más parecido a una respuesta que tengo ahora mismo.
Vera asintió, como si entendiera que no todas las preguntas podían resolverse de inmediato.
Después señaló la mesa y preguntó si debía sentarse o si Alma pretendía mantenerla junto a la ventana hasta que la comida se enfriara.
La broma le permitió respirar de nuevo, y Alma la condujo hasta la mesa, describiéndole brevemente dónde había colocado los platos y la jarra de agua.
Vera encontró su silla sin dificultad y dejó el bolso a un lado.
—Antes de que empecemos —dijo Alma, sirviendo agua—, necesito aclarar una cuestión importante.
—Me preocupan las cuestiones importantes antes de cenar.
—¿Qué nivel de exigencia debo esperar para la tarta de manzana?
Vera apoyó los codos en la mesa y adoptó una expresión deliberadamente grave.
—Depende. ¿La has preparado tú?
—Sí.
—Entonces no hay garantías. Tendré que evaluarla de forma objetiva.
—Lo sabía. Debí pedirte que firmaras una cláusula de confidencialidad antes de aceptar la invitación.
—Eso habría sido más profesional.
La comida comenzó con una conversación ligera que fue encontrando su propio ritmo.
La empanada había quedado mejor de lo que Alma esperaba, aunque el borde se había tostado un poco más de la cuenta, y Vera afirmó que ese era precisamente el tipo de imperfección que hacía que una receta pareciera casera.
Hablaron de la librería, de la velada y de la posibilidad de que Don Ramiro necesitara un disfraz para Halloween.
Vera propuso convertirlo en un gato vampiro, pero Alma defendió que la figura tenía más personalidad de bruja y que sería un error desaprovechar aquella expresión de superioridad permanente.
—Podríamos ponerle un sombrero negro —dijo Alma—. Y una pequeña capa.
—No. Don Ramiro tiene una reputación que mantener.
—¿De qué?
—De animal independiente y misterioso.
—Es una figura de cerámica.
—Precisamente. Nadie sabe qué está pensando.
Alma se rio tanto que tuvo que dejar el tenedor sobre el plato.
Le gustaba la forma en que Vera podía desarrollar una broma hasta convertirla en una discusión completamente seria, como si las cuestiones absurdas merecieran la misma atención que las importantes.
También le gustaba que no tratara de resultar encantadora.
Vera no parecía preocuparse por caer bien a toda costa, y aquella seguridad le permitía a Alma relajarse de una forma que no recordaba haber experimentado en mucho tiempo.
Cuando terminaron el primer plato, Alma recogió los platos y los llevó a la cocina.
Vera se ofreció a ayudar, pero lo hizo con una naturalidad que no convertía el gesto en una obligación.
Alma le preguntó si prefería secar los cubiertos, pasarle los platos o quedarse sentada mientras ella terminaba de recoger.
Vera eligió secar, y Alma le acercó el paño y fue dejando los objetos en el borde de la encimera para que pudiera encontrarlos sin tener que buscarlos entre el agua y los utensilios.
No lo pensó como una demostración de cuidado; simplemente recordó las cosas que Vera le había explicado en otras ocasiones y procuró que la tarea fuera cómoda para las dos.
—Tienes una cocina bastante bien organizada —comentó Vera mientras secaba un plato.
—Eso es porque todavía no has abierto el armario de las especias.
—¿Debería preocuparme?
—Hay una sección que podría describirse como un sistema de clasificación basado en la intuición.
—Me parece una forma muy sofisticada de decir que no sabes dónde has puesto el pimentón.
—Sé dónde está el pimentón.
—¿Y la canela?
Alma abrió un armario, sacó un tarro y lo dejó sobre la encimera.
—Aquí.
—¿Y el comino?
Alma abrió otro armario. Vera empezó a reírse antes de que encontrara el tarro.
—No digas nada —advirtió Alma—. Estoy en proceso de mejorar.
—No he dicho nada.
—Te estás riendo.
—Es una forma de apoyo emocional.
Alma negó con la cabeza, pero se rio también.
Durante unos minutos se quedaron así, compartiendo una tarea doméstica que no tenía nada de extraordinario.
Vera le pasaba los platos y Alma los guardaba; a veces sus manos se rozaban y las dos se apartaban con una sonrisa, como si el contacto accidental hubiera empezado a adquirir un significado que ninguna necesitaba nombrar todavía.
Alma se descubrió imaginando otras noches parecidas, otras cenas en las que no hiciera falta preparar una excusa para invitar a Vera, otras tardes en las que la presencia de la librera formara parte de su rutina.
La imagen era tan sencilla que la asustó más que cualquier fantasía grandiosa.
De vuelta en el salón, Alma sirvió la tarta de manzana y se sentó frente a Vera.
La conversación se volvió más pausada, quizá porque el postre invitaba a quedarse un rato más, quizá porque las bromas ya habían cumplido su función y las dos empezaban a sentirse cómodas con los silencios.
Vera probó la tarta con una expresión de concentración exagerada, y Alma esperó el veredicto con las manos juntas sobre la mesa.
—La masa está bien —dijo Vera finalmente.
—Gracias por tu generosidad.