Un octubre para encontrarte CAPÍTULO 8
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CAPÍTULO 8

UNA CENA QUE NO ES UNA CITA

Alma había cocinado para personas mucho más difíciles de impresionar que Vera Martín.

Había preparado cenas para clientes que consideraban una ofensa personal que la pasta estuviera al dente, para amigas que llegaban convencidas de que necesitaban contarle una tragedia y acababan hablando durante tres horas de sus exnovias, e incluso para un hombre con el que había salido durante un par de meses y que una vez le preguntó si podía dejar de poner música mientras cocinaba porque necesitaba concentrarse en el sabor de la comida.

Sobrevivió a todas aquellas experiencias con una dignidad razonable, pero a las seis y cuarto de aquella tarde, mientras contemplaba una cebolla partida sobre la tabla de cortar, tuvo la certeza de que invitar a Vera a cenar podía convertirse en el acontecimiento más complicado de su vida adulta.

La cebolla no tenía la culpa. Tampoco la tenía la receta que había elegido, una empanada de verduras asadas acompañada de una ensalada templada y una tarta de manzana que llevaba años preparando sin necesidad de consultar las instrucciones.

El problema era que, cada vez que intentaba concentrarse en una tarea, se descubría pensando en la forma en que Vera había pronunciado su nombre dos días antes, justo cuando las dos se habían quedado demasiado cerca de un beso.

Alma había repasado aquella escena tantas veces que empezaba a recordar detalles que quizá no habían ocurrido exactamente así: la inclinación de la cabeza de Vera, el silencio después de su broma, el modo en que sus dedos se habían acomodado entre los de ella.

Lo que no necesitaba reconstruir era la sensación de haber querido quedarse allí, a un centímetro de su boca, y la decepción absurda que había sentido cuando el teléfono empezó a vibrar.

—Estás haciendo esa cosa otra vez —dijo Inés desde la pantalla del móvil, apoyado contra un tarro de harina.

Alma levantó la vista. Había iniciado una videollamada con su amiga para preguntarle si la tarta necesitaba más canela, aunque ambas sabían que la receta no era el verdadero motivo de la consulta.

—¿Qué cosa?

—Mirar una cebolla como si estuviera a punto de darte una noticia importante.

—Estoy pensando.

—Eso es precisamente lo que me preocupa.

Alma dejó el cuchillo sobre la tabla y se secó las manos en un paño.

Inés vivía en A Coruña y tenía la habilidad de detectar una mentira antes incluso de que Alma decidiera formularla.

Se conocían desde hacía casi diez años, desde una época en la que ambas aceptaban trabajos mal pagados, dormían poco y confundían la espontaneidad con la incapacidad de organizarse.

Inés había sido testigo de sus mudanzas, de sus cambios de trabajo y de una relación que terminó de una manera tan silenciosa que Alma tardó meses en reconocer que había acabado mucho antes de la última conversación.

No necesitaba explicarle que aquella cena le importaba.

Lo sabía desde el momento en que Alma le había escrito para preguntarle si una blusa color crema combinaba con unos pendientes de plata.

—No es una cita —insistió Alma, volviendo a la cebolla.

Inés la miró en silencio durante unos segundos.

—Claro. Y yo estoy hablando contigo porque necesito una receta de tarta.

—Precisamente. La tarta es importante.

—Alma, has cambiado de ropa tres veces desde que empezamos la llamada.

—Dos.

—La tercera está encima de la silla.

Alma miró hacia la silla y descubrió que su amiga tenía razón.

Había dejado allí una camisa que descartó porque parecía demasiado formal, un jersey que le resultaba demasiado informal y una blusa que no terminaba de convencerla por motivos que había sido incapaz de explicar ni siquiera a sí misma.

Finalmente llevaba unos vaqueros oscuros y una camisa verde botella que le gustaba porque no necesitaba pensar en ella una vez puesta.

Se había recogido el pelo, se lo había soltado, había vuelto a recogerlo y ahora llevaba varios mechones escapándose alrededor de la cara.

—Es una cena entre amigas —dijo, con menos convicción de la que pretendía—. Vamos a comer, hablar un rato y probablemente discutir sobre alguna cosa absurda. Eso es todo.

—¿Y si Vera intenta besarte?

Alma se quedó quieta, con el cuchillo suspendido sobre la tabla.

La pregunta era injusta, no porque fuera improbable, sino porque había pasado los dos últimos días imaginando qué haría si el beso hubiera llegado a ocurrir.

Había pensado en cómo se sentiría la mano de Vera en su nuca, en si la otra mujer cerraría los ojos antes o después de acercarse, en lo fácil que sería olvidar cualquier respuesta ingeniosa que pudiera haber preparado.

También había pensado en lo que vendría después, y era ahí donde su imaginación empezaba a fallar.

—No creo que vaya a intentar besarme —contestó.

—Eso no responde a mi pregunta.

—Le diría que sí.

Inés abrió mucho los ojos y después sonrió con una satisfacción tan evidente que Alma estuvo a punto de cortar la llamada.

—Vaya. Parece que hemos avanzado.

—No hemos avanzado nada. Solo he contestado una pregunta hipotética.

—Por supuesto. ¿Quieres que te prepare un contrato para dejar constancia de que esta conversación no constituye una cita ni implica ningún tipo de compromiso emocional?

—Sería útil.

—Puedo añadir una cláusula que te permita salir corriendo cuando las cosas se pongan interesantes.

La broma le hizo gracia, pero también le rozó un lugar incómodo.

Alma dejó el cuchillo, se apoyó en la encimera y miró la cocina.

Había elegido aquella casa porque necesitaba volver a un lugar donde pudiera reconocer sus propias costumbres, después de pasar demasiado tiempo viviendo entre maletas y encargos.

El piso no era grande, pero tenía una ventana desde la que se veían los tejados del pueblo y un balcón estrecho donde las plantas sobrevivían a pesar de su irregular calendario de riego.

Había colocado libros y fotografías en las estanterías, aunque todavía quedaban dos cajas sin abrir junto a la pared del dormitorio.

Le gustaba pensar que estaba asentándose, pero la palabra le producía una inquietud que no terminaba de comprender.

—No quiero salir corriendo —dijo al fin.

Inés dejó de sonreír.

—¿De verdad?

—No lo sé. Creo que no. Me gusta Vera, y no me gusta solo porque sea guapa o porque tenga esa forma de mirarme como si supiera exactamente cuándo estoy diciendo una tontería.

Me gusta hablar con ella. Me gusta cómo se toma en serio las cosas que le importan, incluso cuando bromea sobre ellas.

Y me gusta que no me pida que sea una versión más interesante de mí misma.

Puedo estar cansada, puedo contarle una historia absurda y no tengo la sensación de que tenga que entretenerla todo el tiempo.

Alma se sorprendió de haber dicho tanto sin detenerse.

Había hablado de Vera con Inés antes, por supuesto, pero hasta entonces había podido refugiarse en anécdotas y comentarios ingeniosos.

Ahora, en cambio, la realidad empezaba a tomar una forma que no podía reducirse a una mujer que le gustaba besar.

Vera le interesaba de una manera más peligrosa porque despertaba en ella el deseo de compartir cosas corrientes: una tarde de lluvia, una comida improvisada, la lectura de un libro que no necesitara terminar esa misma noche.

Y Alma sabía que las cosas corrientes podían ser mucho más difíciles de sostener que los grandes momentos.

—Entonces, ¿qué te da miedo? —preguntó Inés.

Alma volvió a coger el cuchillo, aunque no lo utilizó. Se quedó mirando la cebolla, ahora partida en dos mitades perfectas, y buscó una respuesta que no sonara como una excusa.

—Que me importe demasiado antes de saber qué puedo ofrecerle. Que las cosas empiecen a ir bien y yo me dé cuenta de que no sé quedarme cuando alguien espera algo de mí. Que Vera termine pagando por cosas que no tienen nada que ver con ella.

—¿Y crees que alejarte antes de intentarlo evitaría que alguien saliera herido?

Alma no contestó enseguida. Conocía la respuesta, pero nunca le había gustado pronunciarla.

Marcharse antes de que una relación adquiriera demasiado peso le había permitido fingir que las despedidas eran decisiones suyas, que no había nada que perder si no se quedaba el tiempo suficiente para construirlo.

En ocasiones había tenido motivos reales para irse; otras veces, simplemente había sentido miedo y lo había disfrazado de necesidad de cambio.

Había terminado algunas relaciones con una explicación razonable, había dejado otras desvanecerse entre mensajes cada vez más espaciados y había aprendido a no mirar demasiado atrás.

Lo que nunca había aprendido era a distinguir cuándo necesitaba marcharse de verdad y cuándo estaba buscando una puerta porque quedarse le parecía demasiado íntimo.

—No —admitió—. Supongo que solo me permitiría pensar que tenía razón desde el principio.

Inés asintió despacio, sin apresurarse a darle consejos. Aquello era algo que Alma agradecía de su amistad: Inés podía burlarse de ella durante media hora, pero cuando una conversación llegaba a un lugar importante no intentaba convertirla en una persona distinta.

—No tienes que prometerle nada esta noche —dijo—. Ni decidir si vas a pasar el resto de tu vida en San Amaro das Follas. Solo tienes que cenar con ella y averiguar cómo te sientes cuando estás a su lado. Lo demás llegará cuando tenga que llegar.

—Eso suena demasiado sencillo.

—Las cosas sencillas también pueden darte miedo.