Un octubre para encontrarte CAPÍTULO 7 #4
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CAPÍTULO 7 #4

La conversación continuó durante unos minutos, aunque ninguna volvió a acercarse tanto como antes.

Alma recogió la cámara y guardó las pruebas impresas en su bolsa; Vera revisó por última vez el cartel y le confirmó que podían enviarlo a imprenta.

Hablaron de la velada, de la lista de lecturas y de la posibilidad de colocar algunas luces pequeñas en el escaparate.

Las palabras profesionales les permitieron recuperar el equilibrio, pero Vera ya no confundía aquella comodidad con una vuelta a la situación anterior.

Ahora sabía que Alma quería besarla. También sabía que ella quería besar a Alma.

El problema, si podía llamarse así, era decidir qué hacer con una certeza que no eliminaba las demás preguntas.

Cuando Alma se levantó para marcharse, Vera la acompañó hasta el mostrador.

La campanilla de la puerta permanecía inmóvil sobre sus cabezas y, fuera, la lluvia había vuelto a cubrir los cristales con una película fina de agua.

Alma se puso la chaqueta y se colgó la cámara al hombro, pero no abrió la puerta enseguida.

Parecía estar reuniendo valor para algo, y Vera decidió concederle el tiempo sin adelantarse a rellenar el silencio.

—¿Tienes planes para el viernes por la noche? —preguntó Alma finalmente.

Vera sintió que una sonrisa empezaba a formársele antes de que pudiera evitarlo.

El viernes estaba a dos días de distancia; la librería cerraría a la hora habitual y ella había reservado la tarde para revisar los últimos detalles de la velada.

Podría haber respondido con una explicación larga sobre su agenda, pero la pregunta de Alma no parecía necesitar una negociación.

—Depende. ¿Es una consulta profesional?

—No. Es una invitación.

La palabra quedó suspendida entre ambas.

Vera había imaginado muchas veces cómo sería que alguien la invitara a salir después de una temporada larga de independencia, pero nunca había pensado que le costaría tanto responder a una pregunta tan sencilla.

No porque no quisiera aceptar, sino porque una parte de ella seguía intentando descubrir si podía disfrutar de aquello sin empezar a calcular las consecuencias.

Salir con Alma no significaba renunciar a su rutina, ni convertir la librería en un escenario romántico, ni aceptar una ayuda que no había pedido.

Significaba cenar con una mujer que le gustaba y comprobar qué ocurría cuando dejaban de tener un cartel entre las dos.

—¿A dónde quieres llevarme? —preguntó.

Alma pareció relajarse al oírla. Le explicó que había un pequeño restaurante en la parte vieja del pueblo, cerca de la plaza, que servía empanada de zamburiñas, verduras asadas y una tarta de manzana que, según Inés, merecía una declaración pública.

Vera conocía el lugar, aunque hacía meses que no iba.

Era tranquilo entre semana, tenía las mesas suficientemente separadas y el personal solía dejar los platos en el mismo sitio cuando se lo pedían.

Alma le preguntó si le gustaba la idea o si prefería otro sitio, y Vera agradeció que la invitación incluyera espacio para elegir.

—Me gusta la idea —respondió—. Pero te advierto que tengo opiniones muy firmes sobre las tartas de manzana.

—Me arriesgaré.

—Y no pienso compartir la mía.

—Eso sí que complica las cosas.

Vera se rio, y Alma pareció quedarse un instante escuchándola, como si aquella risa fuera una respuesta más importante que cualquier otra.

Después sacó el móvil para anotar la hora y propuso encontrarse a las ocho y media frente al restaurante.

Vera le dijo que podía llegar por su cuenta, aunque quizá agradecería que Alma le enviara el nombre exacto del local y la ubicación, para tener la información a mano.

Alma lo apuntó sin convertir la petición en un asunto especial y le preguntó si necesitaba algo más.

Vera negó con la cabeza, sintiéndose extrañamente tranquila.

Había algo bueno en que una invitación pudiera ser así: un deseo compartido, una decisión concreta y ninguna obligación de fingir que todo lo demás había dejado de existir.

—Entonces, el viernes —dijo Alma, guardando el teléfono.

—El viernes.

Alma apoyó una mano en el tirador de la puerta, pero antes de salir se volvió hacia ella.

—Y, Vera…

—¿Sí?

—Me alegro de que no hayamos tenido tiempo de besarnos hoy.

Vera arqueó las cejas, sorprendida por la respuesta.

—Vaya. Pensaba que ibas a decir justo lo contrario.

—Me alegro porque ahora tengo algo que esperar hasta el viernes.

La frase fue tan inesperadamente tierna que Vera no encontró una réplica inmediata.

Alma sonrió, abrió la puerta y salió a la calle, donde el aire húmedo le movió algunos mechones de pelo.

Antes de alejarse, levantó una mano a modo de despedida.

Vera hizo lo mismo, consciente de que la distancia entre ellas volvía a crecer, aunque esta vez no se parecía a una retirada.

Habían dejado algo pendiente por elección, no por miedo; al menos, eso quería creer.

Durante unos segundos, Vera permaneció junto a la entrada, escuchando cómo los pasos de Alma se perdían sobre las piedras mojadas.

Después cerró la puerta y regresó al mostrador.

La librería seguía allí, con sus estanterías, sus facturas y el olor del papel que parecía intensificarse cada vez que llovía.

Nada había cambiado de forma visible. El cartel estaba listo, las novedades seguían esperando su sitio y Don Ramiro continuaba vigilando la calle desde el escaparate, indiferente a los acontecimientos que acababan de alterar el pulso de su dueña.

Vera se sentó frente al ordenador, abrió la agenda y buscó el viernes.

Había una nota sobre los libros que debía encargar y otra con los últimos preparativos de la velada.

Debajo de ambas, añadió una línea nueva: Cena con Alma, 20:30 .

Se quedó mirando las palabras, satisfecha por haberlas escrito sin añadir un interrogante ni una explicación que las hiciera parecer menos importantes.

Después guardó el archivo y se permitió cerrar los ojos durante un momento, dejando que la sonrisa le durara lo que quisiera.

No sabía qué ocurriría el viernes. Podía ser una cena agradable, una conversación que se alargara hasta que el restaurante empezara a recoger las mesas o una noche en la que descubrieran que la atracción no bastaba para entenderse.

También podía ser el principio de algo que ninguna de las dos sabía nombrar todavía.

Vera no tenía manera de conocer la respuesta, y por primera vez en mucho tiempo aquella falta de certeza no le pareció una amenaza que debía resolver antes de dar el siguiente paso.

Volvió al trabajo con la sensación de que el día había dejado una puerta entreabierta.

No necesitaba cruzarla de inmediato; bastaba con saber que estaba allí, que al otro lado había alguien dispuesto a esperar y que, cuando llegara el momento, ella también podría decidir si quería acercarse.

La lluvia siguió golpeando los cristales, suave y constante, mientras la luz de la tarde se apagaba sobre San Amaro das Follas.

En el escaparate, Don Ramiro conservó su puesto de honor, y Vera, antes de encender la lámpara del mostrador, se descubrió pensando que el viernes todavía estaba lejos, pero que nunca había tenido tantas ganas de que llegara.