Un octubre para encontrarte CAPÍTULO 7 #3
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CAPÍTULO 7 #3

Vera sonrió, pero no apartó la mirada. Podría haber retrocedido, recuperar una distancia cómoda y volver a hablar de la tipografía.

Era lo que habría hecho unos meses atrás, cuando cualquier situación que amenazara con complicarse sentimentalmente le parecía una tarea que convenía posponer.

Sin embargo, había algo en la presencia de Alma que no le pedía que se decidiera deprisa.

No había presión en su manera de mirarla, ni una expectativa que Vera tuviera que satisfacer.

Solo aquella cercanía, el calor de su hombro y una pregunta que ninguna se atrevía a formular en voz alta.

—Alma —dijo Vera.

—¿Sí?

Vera no tenía una frase preparada. Su nombre había aparecido en su boca antes de que pudiera decidir qué debía acompañarlo, y ahora que lo había pronunciado parecía imposible fingir que no significaba nada.

Alma levantó ligeramente la cabeza, aguardando, y Vera notó que tenía la mano apoyada sobre la mesa, muy cerca de la de ella.

No necesitaba que el momento fuera perfecto.

No necesitaba estar segura de lo que ocurriría después ni tener una respuesta para cada pregunta que pudiera surgir.

Quería saber qué se sentía al acercarse un poco más, y por una vez decidió que ese deseo bastaba para dar el primer paso.

—Creo que deberías dejar de mirar la fotografía —murmuró.

La sonrisa de Alma se volvió más tenue, menos juguetona. Su mirada descendió una vez más hacia la boca de Vera, y esta vez no regresó enseguida a sus ojos.

—Creo que tienes razón.

Ninguna de las dos se movió al principio.

Vera dejó la mano donde estaba, con los dedos relajados sobre la mesa, y Alma acercó los suyos hasta rozarlos.

El contacto fue tan ligero que podrían haber fingido que se había producido por accidente; ninguna lo hizo.

Vera giró la mano y dejó que sus dedos se encontraran, primero de lado y después con una presión suave que le permitió notar el calor de la otra mujer.

No había nada extraordinario en aquel gesto, y quizá por eso le pareció tan íntimo.

No era una promesa ni una decisión definitiva, sino una forma sencilla de decir que las dos estaban allí y que ninguna tenía prisa por apartarse.

Alma se inclinó un poco más. Vera percibió su respiración cerca de la mejilla y sintió el impulso de cerrar los ojos, aunque todavía no lo hizo.

Quería recordar aquel instante sin obligarse a conservar cada detalle como una fotografía mental.

La cercanía de Alma era real, la mano que sostenía la suya también, y el resto podía llegar sin que Vera tuviera que adelantarse a decidir qué significaría después.

Por una vez, se permitió no resolverlo todo antes de que ocurriera.

Estaban a un centímetro, quizá menos, cuando el móvil de Alma empezó a vibrar sobre la mesa.

El sonido las sobresaltó a las dos. Alma se apartó con un movimiento rápido y soltó una risa nerviosa que no logró disimular del todo.

Vera bajó la mirada hacia sus manos, que seguían juntas durante una fracción de segundo más, hasta que Alma se dio cuenta y retiró la suya con cuidado.

El teléfono continuó vibrando, insistente, como si quien llamaba hubiera decidido que el mundo no podía permitirse esperar ni un minuto más.

—Lo siento —dijo Alma, mirando la pantalla—. Tengo que cogerlo. Es un asunto de trabajo.

—Claro —respondió Vera, aunque la palabra le salió un poco más seca de lo que pretendía—. Cógelo.

Alma se levantó y se alejó unos pasos, buscando un lugar donde pudiera hablar sin interrumpirla demasiado.

Vera no escuchó la conversación entera, solo fragmentos que le llegaron mezclados con el ruido del tráfico al otro lado de la ventana: una fecha, un presupuesto, la necesidad de confirmar algo antes del viernes.

La voz de Alma había cambiado. Seguía siendo cálida, pero adquirió ese tono preciso que Vera ya le había oído cuando hablaba de las fotografías y los encargos profesionales.

Contestaba con claridad, hacía preguntas concretas y no parecía dispuesta a aceptar la primera respuesta que le ofrecían.

Era una parte de ella que Vera admiraba, aunque también le recordaba que Alma tenía una vida que no se detenía porque una tarde hubiera estado a punto de besar a alguien en una librería.

Cuando la llamada terminó, Alma se quedó unos segundos mirando el teléfono antes de guardarlo en el bolsillo.

Vera aprovechó para recoger las pruebas del cartel y alinearlas sobre la mesa, una tarea innecesaria que le permitía ordenar algo mientras intentaba ordenar lo que sentía.

No estaba enfadada con Alma por haber contestado.

El trabajo era trabajo, y ninguna de las dos había prometido nada que obligara a dejar el mundo fuera de la puerta.

Lo que le molestaba era no saber si el momento interrumpido había sido una decisión compartida o un impulso que Alma preferiría olvidar ahora que alguien había llamado desde el otro lado de su vida.

—Perdona —dijo Alma al regresar—. Tenía que atenderlo.

—No tienes que disculparte por trabajar.

—Ya, pero…

Alma se detuvo, y Vera levantó la cabeza.

La otra mujer parecía estar buscando una forma de continuar la conversación sin pisar algo delicado.

Vera conocía aquella vacilación; la había sentido muchas veces en personas que querían tratarla con cuidado y no sabían si una pregunta podía convertirse en una intromisión.

A veces, la solución era dejar que preguntaran.

Otras, era recordarles que no tenía intención de romperse por escuchar una verdad.

—¿Pero qué? —preguntó Vera.

Alma respiró hondo y se sentó de nuevo, esta vez dejando una silla de distancia entre ambas.

—No quiero que pienses que me he apartado porque no quisiera… —Se interrumpió, apretando los labios antes de continuar—. Porque no quisiera seguir acercándome.

Vera notó que el corazón volvía a latirle con fuerza, aunque esta vez la emoción llevaba una pequeña arista de incertidumbre.

La frase de Alma confirmaba que no había imaginado lo ocurrido, pero no le decía qué pensaba hacer con ello.

Y Vera había aprendido, a veces a costa de decepciones que no le apetecía recordar, que reconocer un deseo no era lo mismo que estar preparada para sostenerlo.

—No he pensado eso —dijo, con cuidado—. He pensado que te han llamado por trabajo y que has tenido que contestar.

Alma asintió, agradecida quizá por aquella salida, aunque Vera no había terminado.

—Y también he pensado que estábamos a punto de besarnos.

La confesión cayó entre ellas con una sencillez casi cómica. Alma abrió los ojos ligeramente, como si no esperara que Vera nombrara lo que ambas acababan de hacer, y después soltó una risa baja que tenía más nervios que diversión.

—Sí —admitió—. Yo también lo he pensado.

Vera se permitió sonreír. Había algo tranquilizador en no tener que fingir que no había pasado nada, en comprobar que podían hablar de la posibilidad de un beso sin que la habitación se volviera insoportablemente solemne.

Aun así, la distancia entre las sillas le parecía ahora más grande de lo que era.

Una parte de ella deseaba levantarse, acortar aquel espacio y terminar lo que la llamada había interrumpido; otra quería saber qué estaba ocurriendo en la cabeza de Alma antes de dar un paso que después pudiera quedarse suspendido en el aire.

—No tenemos que hacer nada que no queramos —dijo Vera—. Pero tampoco hace falta fingir que no ha pasado.

Alma bajó la mirada hacia sus manos. Se las frotó una contra otra, un gesto que Vera había empezado a reconocer como una señal de nerviosismo, y tardó unos segundos en responder.

—No quiero fingirlo. Lo que pasa es que… —Se quedó callada y soltó el aire despacio—. Me gustas, Vera. Y creo que eso me está poniendo bastante más nerviosa de lo que me gustaría admitir.

Vera sintió que algo se aflojaba dentro de ella. No era una declaración de amor, ni una promesa, ni siquiera una explicación completa de lo que Alma quería. Era una verdad pequeña, pero suficiente para que la tarde dejara de parecer una sucesión de señales que Vera debía interpretar por su cuenta.

—Eso es una confesión bastante arriesgada para alguien que ha venido a reclamar café gratis.

—Lo sé. Debería haber traído una factura.

—Con IVA incluido, por supuesto.

Alma sonrió, y la tensión perdió parte de su peso.

Durante un momento volvieron a ser las dos mujeres que discutían sobre carteles, chocolates y gatos de cerámica, aunque ahora había algo nuevo en la conversación, una certeza delicada que ninguna podía borrar con una broma.

Vera no necesitaba que Alma le explicara todavía qué significaba aquello para el futuro.

Necesitaba saber si podía seguir acercándose sin encontrarse, al día siguiente, con una puerta cerrada y un silencio que tuviera que interpretar sola.

—Yo también estoy nerviosa —reconoció Vera—. No suelo besar a personas con las que estoy organizando una velada literaria. Luego una no sabe si debe incluirlo en el presupuesto.

Alma soltó una carcajada que hizo girar la cabeza a una clienta que estaba revisando una estantería al fondo.

Las dos se quedaron quietas hasta que la mujer volvió a concentrarse en los libros, y después se miraron con la complicidad de quienes acaban de compartir un secreto en un lugar donde todo el mundo podría haberlo oído.

—Podríamos considerarlo una actividad cultural —susurró Alma.

—No abuses. La subvención municipal no cubre esas cosas.