Un octubre para encontrarte CAPÍTULO 7 #2
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CAPÍTULO 7 #2

—¿Caos organizado? Vera, hay tres marcapáginas dentro de una taza vacía.

—Cada uno tiene una función.

—¿Y la taza?

—Es una pieza fundamental de la estructura.

Alma negó con la cabeza, divertida, y empezó a guardar las fotografías que no necesitaban revisar.

Vera se levantó para preparar café, esta vez con la intención de ofrecer algo que pudiera defenderse ante cualquier tribunal gastronómico.

Sacó dos tazas del armario, puso agua a calentar y buscó el paquete de café que había comprado la semana anterior.

Alma la observó desde la mesa, pero no se levantó para ayudarla ni dio por hecho que necesitara compañía en la cocina.

Esperó a que Vera le preguntara si quería azúcar, y solo entonces se acercó para llevar las tazas hasta el mostrador.

—Esto es mejor que la última vez —declaró Alma después del primer sorbo.

—No te acostumbres. Es una edición limitada.

—¿Qué lleva? ¿Granos seleccionados a mano? ¿Agua de manantial?

—Desesperación y un poco de canela.

—Ah, el ingrediente secreto.

Vera se apoyó en el borde del mostrador con su taza entre las manos.

Durante unos minutos hablaron de cosas pequeñas: una clienta que había pedido una novela de fantasmas y se había marchado con un libro de jardinería, el cartel de una tienda de disfraces que alguien había colocado torcido en la plaza y la posibilidad de que Maruxa vendiera tantas castañas durante la velada que terminara exigiendo un porcentaje de los beneficios.

Alma le contó que había fotografiado una boda el fin de semana anterior y que el novio había perdido los anillos diez minutos antes de la ceremonia, para descubrirlos finalmente dentro de una bolsa de caramelos que llevaba su sobrina.

Vera escuchó la historia con una sonrisa, disfrutando de la forma en que Alma recreaba los acontecimientos, imitando la expresión de los familiares y la voz desesperada del novio.

—¿Y tú? —preguntó Alma cuando terminó—. ¿Siempre has querido tener una librería?

Vera miró la taza, donde el café había dejado un pequeño círculo oscuro junto al borde.

La pregunta no era nueva, pero la respuesta cambiaba según quién la hiciera.

A veces contaba la versión breve: había trabajado durante años en una editorial, había vuelto a Galicia por motivos personales y, cuando apareció la oportunidad de comprar la librería, decidió arriesgarse.

Era verdad, aunque omitía las dudas, los meses en los que había calculado cuánto podía permitirse perder y la sensación de que estaba eligiendo un lugar donde quizá podría construir una vida menos apresurada.

—Siempre he querido trabajar con libros —respondió—.

Lo de tener una librería fue algo que tardé más en admitir.

Me gustaba la idea, pero también sabía que significaba ocuparme de cosas que no tenían nada que ver con leer: facturas, proveedores, calefacción, goteras, gente que cree que puede regatear el precio de una novela porque la portada está un poco doblada.

—¿Y qué te hizo decidirte?

—Una combinación de mala planificación y exceso de romanticismo.

—Una combinación peligrosa.

—Muchísimo. Pero también hubo una razón menos absurda.

Cuando trabajaba en la editorial, pasaba el día rodeada de libros y apenas tenía tiempo para hablar con quienes los leían.

Aquí puedo ver cómo alguien entra buscando una cosa y termina llevándose otra.

Puedo recomendarle un libro a una persona que no sabía que lo necesitaba.

A veces alguien vuelve semanas después para decirme que una historia le hizo compañía durante un momento difícil.

No puedo fabricar ese tipo de encuentros, pero sí puedo dejarles espacio.

Alma dejó la taza sobre la mesa y la miró con una expresión que Vera no supo interpretar del todo. No parecía sorprendida, sino concentrada, como si estuviera escuchando algo que quería recordar sin necesidad de convertirlo en una imagen.

—Creo que eso es lo que más me gusta de tu librería —dijo—. No parece que tengas que demostrarle nada a nadie. La gente puede entrar, mirar, quedarse un rato y marcharse sin que nadie les pregunte si van a comprar algo.

—Eso es porque no has visto mis cuentas de final de mes. En ese momento me convierto en una persona bastante menos filosófica.

—Puedo imaginarlo.

—No, no puedes. Mi hoja de cálculo tiene una capacidad de intimidación que no debería ser legal.

Alma sonrió, aunque esta vez no respondió enseguida.

Vera sabía que las dificultades del negocio no iban a desaparecer porque organizara una velada bonita ni porque alguien se sentara a escucharla hablar de libros.

Había cuentas que no cerraban, meses que dependían demasiado de las ventas de Navidad y decisiones que llevaba tiempo aplazando porque no quería aceptar que quizá tendría que reducir el horario o cambiar algunas cosas de la librería.

No necesitaba que Alma le dijera que todo saldría bien.

Prefería que no lo hiciera, de hecho. La esperanza vacía le resultaba más agotadora que el problema.

—No sé si la velada va a funcionar como espero —admitió—.

Puede que venga mucha gente y sea estupendo.

Puede que aparezcan seis personas, tres de las cuales estén aquí por el chocolate.

No quiero fingir que un evento va a arreglar las cosas, pero tampoco quiero quedarme sentada esperando a que mejoren solas.

—Me parece una buena razón para hacerlo.

—¿Aunque no venda muchos libros?

—Aunque no vendas muchos libros. Si después te ayuda a pensar en otras maneras de traer gente a la librería, ya habrá servido para algo. Y si no, al menos habrás conseguido que unas cuantas personas pasen una noche agradable.

Vera agradeció que Alma no intentara transformar sus preocupaciones en una lección sobre el optimismo.

Le gustaba que pudiera reconocer que algo era difícil sin tratarlo como una catástrofe, y que no confundiera acompañarla con resolverle la vida.

Había pasado demasiado tiempo escuchando consejos que empezaban con la frase «lo que tienes que hacer», pronunciados por personas que no iban a asumir las consecuencias de sus decisiones.

Alma, en cambio, parecía dispuesta a quedarse en la conversación sin apropiarse de ella.

—Eres bastante sensata para alguien que ha venido a reclamar café gratis —dijo Vera.

—Es una de mis muchas cualidades ocultas.

—¿Cuántas tienes?

—Depende de cuánto dure la entrevista.

—Entonces la dejaremos aquí. No quiero que te emociones y empieces a pedir un contrato indefinido.

Alma bajó la mirada hacia su taza y sonrió.

Vera notó que el ambiente había cambiado de nuevo, aunque no podía señalar el momento exacto en que había ocurrido.

Quizá fuera la luz que empezaba a apagarse tras la ventana, o el hecho de que ya no quedaban fotografías que revisar ni decisiones urgentes que tomar.

La librería se había vuelto más silenciosa.

Desde la calle llegaba el ruido de un coche al pasar sobre el pavimento mojado, y en algún lugar del fondo el sistema de calefacción hizo un chasquido antes de ponerse en marcha.

Alma se levantó para acercarse a la mesa y recoger su cámara.

Vera aprovechó para volver a mirar las pruebas del cartel, más por tener algo que hacer que por necesitar revisarlas.

Había una versión con el título ligeramente más grande y otra en la que la fecha aparecía dentro de una pequeña ilustración de hoja.

Alma se inclinó a su lado para señalar una diferencia entre ambas, y Vera reconoció el olor suave de su perfume antes de que la otra mujer empezara a hablar.

—Creo que esta funciona mejor —dijo Alma—. La fecha destaca más, pero no compite con el título.

Vera acercó la fotografía para examinarla.

Alma podría haber ampliado la imagen en la pantalla, pero en lugar de hacerlo se quedó a su lado, con el hombro a pocos centímetros del suyo.

Vera notó el calor que desprendía su cuerpo y el roce leve de la manga del jersey cuando ambas se inclinaron hacia la misma esquina del papel.

Era una proximidad pequeña, casi accidental, pero ya no podía fingir que no la percibía.

Durante los últimos días había aprendido a reconocer algunos de los gestos de Alma: la forma en que inclinaba la cabeza al escuchar, el movimiento de sus dedos cuando estaba pensando y la costumbre de quedarse un instante más después de que una conversación hubiera terminado.

—¿Ves? —murmuró Alma—. Si aumentamos un poco el espacio entre estas dos líneas, todo respira mejor.

—Estoy de acuerdo. Aunque creo que has venido preparada para convencerme de cualquier cosa.

—Solo de las importantes.

—¿Y cómo distingues las importantes?

Alma tardó un segundo en responder. Cuando lo hizo, su voz sonó más baja, sin perder la naturalidad que Vera había empezado a asociar con ella.

—Por cómo me hacen sentir.

Vera levantó la cabeza. Alma estaba tan cerca que la pregunta que estuvo a punto de formularle se le quedó atrapada detrás de los dientes.

Durante un instante, ninguna de las dos pareció recordar que estaban hablando de un cartel.

Vera percibió el movimiento de la respiración de Alma y la forma en que su atención descendía de sus ojos a su boca antes de regresar, con un esfuerzo visible, al punto donde se había quedado la conversación.

—Eso no parece un criterio especialmente objetivo —consiguió decir Vera.

—No lo es.

—Poco profesional por tu parte.

—Tendrás que presentar una queja.