Un octubre para encontrarte CAPÍTULO 7
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CAPÍTULO 7

A UN CENTÍMETRO

La primera señal de que aquel miércoles iba a complicársele la vida a Vera fue una mancha de café sobre la lista de lecturas para la velada de Halloween.

La segunda, bastante más preocupante, fue descubrir que llevaba cinco minutos mirando el mismo nombre en la pantalla del ordenador sin haber conseguido decidir si debía escribirle un mensaje.

Alma.

No era culpa suya que su nombre apareciera en tantos sitios últimamente.

Estaba en los correos sobre las fotografías, en las notas que Vera había tomado para organizar la velada y en el historial de conversaciones de su móvil, donde una sucesión de bromas sobre chocolate caliente y gatos de cerámica había ido ocupando un espacio que antes pertenecía casi exclusivamente a proveedores, clientas y recordatorios para pagar facturas.

Aun así, Vera empezaba a sospechar que el verdadero problema no era la cantidad de veces que pensaba en Alma, sino la facilidad con la que encontraba motivos perfectamente razonables para hacerlo.

Podía escribirle para preguntarle por el cartel.

Podía consultarle si prefería fotografiar la librería antes o después de colocar las decoraciones.

Incluso podía enviarle una fotografía de la mancha de café y preguntarle si consideraba que aquello aportaba un toque otoñal a la lista de lecturas.

Cualquiera de esas opciones habría sido defendible ante un tribunal, siempre que el tribunal estuviera compuesto por personas con muy poca experiencia sentimental y una tolerancia excesiva hacia las excusas.

Vera cerró el documento sin enviar ningún mensaje y se levantó a buscar un paño.

Mientras limpiaba la mesa, se recordó que tenía treinta y cinco años, un negocio que mantener y suficientes asuntos pendientes como para no necesitar inventarse otros.

También se recordó que era perfectamente capaz de disfrutar de la compañía de una mujer sin convertirlo en un acontecimiento extraordinario.

El inconveniente era que Alma no parecía una compañía cualquiera, y Vera empezaba a cansarse de fingir que no había notado la diferencia.

La campanilla de la puerta sonó antes de que pudiera terminar de secar la mesa.

Vera dejó el paño junto al fregadero y volvió al mostrador, dispuesta a recibir a quien hubiera decidido refugiarse de la humedad de aquella mañana.

La lluvia llevaba horas cayendo sobre San Amaro das Follas con una constancia casi administrativa, sin grandes golpes de viento ni tormentas espectaculares, solo una cortina fina que oscurecía las piedras de la calle y convertía las hojas caídas en pequeñas manchas de cobre sobre las aceras.

—Buenos días —saludó una voz desde la entrada—. Vengo a presentar una reclamación.

Vera reconoció la voz antes de que la puerta terminara de cerrarse. Se le escapó una sonrisa que intentó disimular buscando el paño que acababa de dejar a un metro de distancia.

—Si es por el café, debo advertirte que no aceptamos devoluciones.

—Es por las condiciones laborales. Llevo días trabajando gratis y todavía no he recibido ni una taza decente.

Alma se acercó al mostrador con la cámara colgada al hombro y una bolsa de tela bajo el brazo.

Llevaba un jersey color teja, unos vaqueros oscuros y el pelo recogido de cualquier manera, con varios mechones que se habían escapado alrededor de la cara.

Parecía haber venido caminando bajo la lluvia, aunque el paraguas que llevaba en la mano seguía entero, un detalle que Vera consideró una provocación personal después del desastre del paraguas roto en su primer encuentro.

—No sabía que te habías incorporado oficialmente a la plantilla —respondió Vera—. Tendré que hablar con la asesoría.

—Me conformo con un café y una cláusula que me permita llevarme los libros que quiera.

—Eso no es una cláusula laboral. Es un atraco.

—Un atraco cultural.

Vera soltó una carcajada y notó que el sonido le salía con una facilidad que últimamente se había vuelto habitual cuando Alma estaba cerca.

Aquello era, precisamente, lo que empezaba a inquietarla: no solo le gustaba la manera en que Alma la miraba, o la curiosidad que parecía sentir por las cosas que ella contaba, sino también lo poco que necesitaba esforzarse para estar a gusto con ella.

No tenía que suavizar todas sus respuestas ni disimular sus silencios.

Podía ser irónica, impaciente o estar cansada, y Alma no parecía interpretar ninguno de esos estados como una invitación a marcharse.

—He traído las últimas pruebas del cartel —anunció Alma, levantando la bolsa—. Y una propuesta para las fotografías de la librería. Si te parece bien, podríamos hacerlas esta semana, cuando hayas terminado de colocar las decoraciones.

—¿Ya estás pensando en las decoraciones?

—Vera, estamos a veintidós de octubre. Halloween está a nueve días. Si no empezamos a tomárnoslo en serio, acabaremos poniendo una calabaza sobre la caja registradora y llamándolo concepto artístico.

—No subestimes el poder de una calabaza bien situada.

—No lo hago. De hecho, he preparado una propuesta con tres calabazas, hojas secas y una fotografía de Don Ramiro con expresión misteriosa.

—Don Ramiro siempre tiene expresión misteriosa. Es parte de su contrato.

Alma dejó la bolsa sobre el mostrador y sacó varias hojas impresas.

Vera se acomodó las gafas y acercó los documentos para examinarlos.

Había aprendido a reconocer cuándo una dificultad dependía de una mala adaptación y cuándo necesitaba probar otra herramienta.

La letra pequeña del primer cartel había resultado incómoda, así que le había pedido a Alma que aumentara el tamaño y mejorara el contraste.

La nueva versión era mucho más clara y conservaba el estilo que habían elegido juntas: tonos ocres, un fondo cálido y pequeñas ilustraciones de hojas que enmarcaban el título sin robarle protagonismo.

—Está muy bien —dijo Vera después de revisar la información—. Se lee con facilidad y no parece que estemos anunciando una liquidación de existencias.

—Había considerado añadir una frase como «Venga por los libros, quédese por el chocolate», pero me pareció que podía resultar demasiado agresiva.

—Al contrario. Creo que deberíamos imprimirla en una pancarta.

Alma sonrió y se sentó en la silla que había junto a la mesa de trabajo.

Vera le explicó que había elegido cuatro relatos breves, una selección de poemas y un fragmento de una novela de misterio para cerrar la velada.

Quería que la noche tuviera un hilo conductor, pero no que pareciera una clase; esperaba que la gente pudiera escuchar, tomar algo caliente y quedarse conversando después de las lecturas.

La librería necesitaba vender libros, por supuesto, pero Vera no quería convertir el encuentro en una sucesión de recomendaciones comerciales.

Le importaba que las personas salieran de allí con la sensación de haber compartido algo, aunque solo fuera una historia y una taza de chocolate.

Alma escuchó con atención y fue tomando notas en el móvil.

No intentó cambiar las decisiones que Vera ya había tomado, pero hizo preguntas que ayudaron a concretar detalles que todavía estaban en el aire: si habría un pequeño espacio para que los asistentes recomendaran sus lecturas favoritas, si convenía reservar algunas sillas cerca de la entrada para quienes prefirieran marcharse antes y si la librería disponía de una lámpara adicional para iluminar la zona de lectura sin deslumbrar a nadie.

Vera agradeció la última pregunta, no solo por su utilidad, sino porque Alma la había formulado como parte de la organización general, sin convertirla en una cuestión exclusiva de sus necesidades visuales.

—Puedo traer una lámpara pequeña de casa —ofreció Alma—. Tiene luz cálida y se puede regular. Pero solo si te parece que encaja con lo que quieres hacer.

—Enséñamela primero. No pienso aceptar una lámpara que parezca sacada de una sala de interrogatorios.

—Es una lámpara, no un sospechoso.

—Las lámparas también tienen intenciones.

—Eso explica muchas cosas de esta librería.

Vera volvió a reírse y se inclinó sobre las fotografías que Alma había extendido en la mesa.

Una mostraba el escaparate desde la calle, con las estanterías al fondo y la figura de Don Ramiro junto a un libro abierto.

Otra recogía un rincón de lectura junto a la ventana, donde la luz gris de la mañana caía sobre una butaca y una manta doblada.

La tercera era una imagen del mostrador, con una taza de café, un cuaderno y varios libros apilados de forma deliberadamente desordenada.

No aparecía ninguna persona, pero Vera sintió que aquellas fotografías hablaban de ella más de lo que esperaba.

Alma había conseguido retratar el lugar sin convertirlo en un escenario vacío, como si la librería siguiera habitada incluso cuando no había nadie dentro.

—Me gusta esta —dijo Vera, tocando el borde de la segunda fotografía—. La del rincón.

—A mí también. La hice ayer, cuando pasé por aquí a recoger las medidas del escaparate.

—No recuerdo que estuvieras tanto tiempo.

—Estabas atendiendo a una señora que quería encontrar una novela para su hermana. No quise interrumpir.

Vera recordó la visita. Alma había entrado, saludado desde la puerta y esperado a que terminara de atender a la clienta antes de acercarse.

Después habían revisado el cartel y hablado de las fotografías durante unos minutos.

Vera no había reparado en que Alma se había quedado observando el rincón de lectura, ni en que había vuelto a pasar por allí cuando ella estaba ocupada.

Aquella atención discreta le produjo una ternura que prefirió no analizar demasiado.

—Podrías haberme dicho que querías fotografiarlo —comentó.

—No quería mover nada sin preguntarte. Además, la luz estaba bien y no necesitaba cambiar nada.

—Me alegra que alguien aprecie el caos organizado que mantengo en esa esquina.