Un octubre para encontrarte CAPÍTULO 6 #4
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CAPÍTULO 6 #4

Guardó la fotografía y cerró el ordenador. Era hora de ir a verla.

A Última Folla estaba abierta cuando Alma llegó, y la campanilla de la puerta anunció su entrada con el sonido familiar que ya empezaba a reconocer.

Vera se encontraba detrás del mostrador, revisando un pedido con la lámpara articulada encendida.

Llevaba un jersey azul oscuro y el pelo recogido en una coleta baja que dejaba algunos mechones sueltos junto a las sienes.

Al oír la puerta, levantó la cabeza y sonrió al reconocerla.

—La fotógrafa oficial ha llegado puntual. El gato estará encantado.

—Espero que haya preparado mi contrato.

—Lo está redactando. Por ahora solo ha incluido una cláusula sobre el uso responsable de las calabazas.

Alma dejó el abrigo en el perchero y se acercó al mostrador.

Había imaginado aquella escena varias veces durante el día, pero ahora que estaba allí se dio cuenta de que no necesitaba preparar ninguna frase ingeniosa ni buscar una excusa nueva para justificar su presencia.

Vera le había pedido que fuera, y ella había querido hacerlo.

No había nada más complicado que eso, al menos por el momento.

—He traído las fotografías y algunas propuestas para el anuncio —dijo, sacando el portátil de la bolsa—. Podemos revisarlas juntas y decidir cuáles funcionan mejor.

—Perfecto. He conseguido terminar las cuentas de la semana, así que hoy estoy en condiciones de apreciar las artes visuales sin pensar en los impuestos cada treinta segundos.

—Un logro extraordinario.

—No te imaginas. Incluso he tomado café antes de abrir.

Vera la condujo hasta la mesa del rincón de lectura y apartó un par de libros para hacer espacio.

Alma abrió el ordenador y empezó a enseñarle las imágenes, describiendo los encuadres y las diferencias entre una versión y otra.

Vera le hizo preguntas sobre el tamaño del texto, el contraste de los colores y la forma en que aparecería el anuncio en la pantalla de un teléfono.

Alma escuchó sus observaciones y ajustó algunos detalles mientras trabajaban.

No se limitó a mostrarle una propuesta terminada para que Vera la aprobara; quería que el resultado representara la librería tal como ella la imaginaba.

Al cabo de unos minutos, Vera señaló la fotografía del rincón de lectura.

—Esta me gusta mucho. Parece que invita a sentarse, aunque no tengas intención de comprar nada.

—Creo que esa es una de las cosas que más me gustan de la librería. No parece que tengas que justificar por qué has entrado.

Vera se quedó mirando la imagen ampliada.

—Me gusta pensar que es así. Quiero que la gente pueda venir a buscar un libro, a preguntar algo o simplemente a resguardarse de la lluvia.

No siempre van a comprar, y no pasa nada.

A veces vuelven otro día, o recomiendan la librería a alguien.

Me gustaría que el lugar tuviera ese tipo de vida, aunque ahora mismo no siempre sea fácil mantenerlo.

Alma comprendió que la última frase no era una invitación a ofrecerle una solución económica ni una forma de pedirle que hiciera más fotografías.

Vera estaba compartiendo una preocupación real, sin esconderla detrás de una broma.

Alma no tenía que resolverla, pero podía escucharla y ayudarla con lo que sí estaba en sus manos.

—Creo que el anuncio puede transmitir eso —dijo—.

No solo que habrá una actividad el treinta y uno, sino que la gente puede venir a pasar un rato aquí.

Podemos poner una frase sobre las historias, el chocolate y el rincón de lectura, y dejar claro que no hace falta saber nada de antemano para participar.

Vera sonrió.

—Eso me gusta. Quiero que la gente venga porque le apetece, no porque crea que tiene que demostrar que sabe mucho de literatura.

—Podríamos añadir que el único requisito es tener curiosidad.

—Y no intentar sobornar al gato de cerámica.

—Eso debería aparecer en letra grande.

Vera se rio, y Alma sintió que aquella risa le hacía más bien de lo que estaba dispuesta a reconocer.

Continuaron revisando el cartel, ajustando el texto y escogiendo las fotografías que mejor encajaban con la idea.

Cuando terminaron, Vera guardó una copia de las propuestas y le pidió a Alma que le enviara las versiones definitivas para publicarlas en las redes de la librería.

Alma prometió hacerlo aquella misma tarde.

Después cerró el portátil, pero ninguna de las dos se levantó inmediatamente.

La librería estaba tranquila y, desde el escaparate, llegaba el sonido de las hojas que el viento arrastraba por la calle.

Vera apoyó las manos sobre la mesa y miró hacia la puerta, como si estuviera comprobando si quedaba algún cliente por entrar.

—¿Tienes que irte ya? —preguntó.

Alma notó que la pregunta le provocaba una alegría inmediata, pero esta vez no intentó disimularla con una broma.

—No. ¿Por qué?

—Porque estaba pensando en preparar un té. Y tengo una caja de galletas que necesita ser consumida antes de que se convierta en una pieza arqueológica.

—Me parece un asunto de máxima importancia.

Vera se levantó para ir a la cocina, y Alma la siguió después de preguntarle si podía llevar las tazas.

La librera le indicó dónde estaban y continuó hablando mientras preparaba el agua.

No había ninguna tarea urgente, ninguna caja de adornos que amenazara con caer sobre sus cabezas y ninguna tormenta que las obligara a quedarse.

Solo tenían una tarde tranquila, una caja de galletas y tiempo para conversar.

Alma se sentó frente a Vera cuando volvieron a la mesa.

La fotógrafa había pensado que, al verla de nuevo, sabría algo más sobre lo que quería.

En realidad, sabía lo mismo que antes: quería pasar tiempo con ella, quería conocerla mejor y quería descubrir si aquella cercanía podía convertirse en algo que ambas eligieran.

No tenía una respuesta para el resto, pero empezaba a comprender que no necesitaba tenerla.

—¿En qué estás pensando? —preguntó Vera, después de observarla unos segundos.

Alma sonrió y sostuvo la taza entre las manos.

—En que me alegro de haber vuelto al pueblo.

Vera inclinó ligeramente la cabeza.

—¿Solo por el té?

—El té es una parte fundamental del argumento.

—Por supuesto.

Alma la miró, y durante un instante sintió el impulso de decirle que también se alegraba de haber encontrado la librería, de haber conocido a la mujer que discutía con las facturas y de tener una excusa para regresar cada pocos días.

Podría haberlo dicho. No era una declaración de amor ni una promesa que la obligara a saber qué iba a ocurrir después.

Pero todavía estaba aprendiendo a reconocer sus propios sentimientos antes de convertirlos en palabras, y no quería precipitarse solo porque la posibilidad de ser sincera le resultara emocionante.

—También por otras cosas —añadió finalmente.

Vera no le pidió que las enumerara. Sonrió, como si comprendiera que había algo más detrás de la frase y estuviera dispuesta a dejarle el tiempo necesario para descubrirlo.

Alma agradeció aquel silencio. Por primera vez en mucho tiempo, no sintió la necesidad de llenarlo ni de buscar una salida.

Podía quedarse sentada frente a Vera, tomar el té y escucharla hablar de los libros que quería incluir en la noche de historias.

Podía disfrutar de la tarde sin decidir todavía qué nombre ponerle a lo que estaba naciendo entre ellas.

Y, mientras Vera le explicaba por qué una de las novelas elegidas merecía cerrar la velada, Alma comprendió que quizá lo más importante no era aprender a quedarse para siempre, sino dejar de marcharse antes de saber si quería hacerlo.