Un octubre para encontrarte CAPÍTULO 6 #3
41%

CAPÍTULO 6 #3

Dejó el plato en el fregadero y volvió al escritorio.

Tenía que responder a un correo de la agencia, revisar el presupuesto de la campaña y confirmar una sesión de retratos para la semana siguiente.

Abrió el mensaje de la agencia y leyó de nuevo los detalles del proyecto.

La campaña le ofrecía una oportunidad real de crecer profesionalmente, trabajar con un equipo interesante y conseguir contactos que podían abrirle otras puertas.

También exigía pasar varias semanas fuera, con una disponibilidad que afectaría a otros encargos y a su vida en el pueblo.

Nada de eso era imposible, pero necesitaba negociar algunas condiciones antes de comprometerse.

Alma empezó a redactar una respuesta en la que preguntaba si era posible concentrar parte de las sesiones en bloques más intensivos y mantener algunas fases de edición desde Galicia.

No mencionó la librería ni a Vera, porque no tenían relación con aquella decisión profesional.

Si quería aceptar la campaña, tendría que hacerlo porque encajaba con sus objetivos, y si necesitaba rechazarla, tendría que poder explicar por qué sin inventarse una razón que sonara mejor.

Su vida no debía girar alrededor de una persona a la que estaba empezando a conocer, del mismo modo que tampoco quería utilizar su trabajo para evitar cualquier posibilidad de intimidad.

Envió el correo y se quedó mirando la pantalla.

No sabía si la agencia aceptaría negociar ni si el proyecto terminaría encajando con sus planes.

Por primera vez en varios días, sin embargo, la incertidumbre le pareció algo con lo que podía convivir.

Había hecho una pregunta concreta, había expresado lo que necesitaba y ahora tendría que esperar la respuesta.

No podía controlar el resultado, pero sí la honestidad con la que planteaba sus condiciones.

El teléfono vibró de nuevo. Esta vez era Inés, que había decidido llamarla en lugar de seguir escribiendo mensajes.

—Necesito que me digas que has contestado a la agencia —dijo su amiga en cuanto Alma respondió—. Porque, si no lo has hecho, voy a tener que ir hasta tu casa y comprobar que no te has convertido en una persona que deja los correos importantes para siempre.

Alma se echó a reír.

—He contestado. Estoy esperando a que me aclaren unas condiciones.

—Bien. ¿Y qué tal el resto de tu vida?

—¿Qué parte?

—La parte en la que volviste al pueblo para descansar y ahora pasas más tiempo en una librería que en tu propia casa.

Alma cerró los ojos y apoyó la frente en la mano.

—¿Quién te ha contado eso?

—Nadie. Tú misma me dijiste que habías ido a ayudar con una noche de historias, que la librera era muy graciosa y que habías preparado galletas para llevarle. No hacía falta contratar a un detective.

—Eran bizcochitos, y no los preparé para ella. Estaba probando una receta.

—Por supuesto. ¿Y la receta se llama Vera?

Alma soltó una carcajada, aunque notó que se le encendían las mejillas incluso estando sola en el estudio.

—No empieces.

—No estoy empezando nada. Solo quiero saber si te gusta.

Alma se quedó callada durante un instante.

Podía negarlo, hacer una broma y cambiar de tema.

Inés la conocía lo bastante bien como para reconocer cualquiera de aquellas estrategias, y Alma sabía que la conversación no terminaría hasta que respondiera de una manera mínimamente honesta.

Lo cierto era que no tenía ninguna razón para ocultárselo a su amiga, salvo la incomodidad de escucharse decirlo en voz alta.

—Sí —admitió—. Me gusta.

Inés guardó silencio durante un segundo y después soltó un sonido de satisfacción que Alma conocía demasiado bien.

—Por fin.

—¿Por fin qué?

—Por fin te gusta alguien y no has decidido marcharte a otro país antes de la segunda conversación.

—Todavía no he decidido nada.

—Eso ya lo sé. Y no te estoy pidiendo que decidas nada. Solo te estoy diciendo que puedes disfrutar de algo sin convertirlo inmediatamente en un problema logístico.

Alma miró la pantalla del ordenador, donde seguía abierto el correo que acababa de enviar a la agencia.

—Es que hay muchas cosas que no sé. No sé qué quiere ella, no sé qué va a pasar con la campaña y no sé si estoy preparada para empezar algo que podría complicarse.

—¿Y tienes que saberlo todo hoy?

Alma sonrió, reconociendo en la pregunta una versión de lo que Vera le había dicho la tarde de la tormenta.

—Parece que todo el mundo está de acuerdo en que soy demasiado aficionada a resolver las cosas antes de que ocurran.

—Quizá porque lo haces.

—Qué desagradable es tener amigos que te conocen.

—Es uno de los grandes inconvenientes de la amistad. Ahora dime una cosa: ¿quieres volver a verla?

Alma no necesitó pensarlo.

—Sí.

—Entonces vuelve a verla. No tienes que prometerle nada, ni decidir si vas a pasar el resto de tu vida en San Amaro das Follas, ni comprar una casa con una librería incorporada. Puedes quedar con ella y descubrir qué tal os sentís cuando estáis juntas.

Alma se quedó mirando la ventana. El cielo seguía cubierto, y una hoja amarilla se había quedado atrapada en el canalón del edificio de enfrente.

—Lo sé —dijo al fin—. Creo que lo que me cuesta es aceptar que algo pueda importarme antes de saber cómo va a terminar.

La voz de Inés se suavizó.

—Pues tendrás que aprender a soportarlo, querida. Nadie te garantiza el final antes de empezar la historia.

Alma se rio, pero aquella frase se le quedó dando vueltas después de despedirse.

Nadie le garantizaba el final. Era una idea bastante obvia, y aun así había pasado años intentando construir relaciones y proyectos de manera que pudiera retirarse sin sentir que había perdido demasiado.

Había confundido la posibilidad de marcharse con la libertad de elegir, sin reconocer que, a veces, también podía elegir quedarse.

No para siempre, no bajo cualquier condición y no a costa de sí misma, sino mientras aquello que estaba construyendo siguiera teniendo sentido.

Pensó en Vera, en su manera de hablar de la librería y de las adaptaciones que había incorporado a su vida.

No fingía que todo fuera fácil, pero tampoco esperaba a tener garantías para seguir adelante.

Hacía cambios cuando los necesitaba, pedía ayuda cuando quería y encontraba soluciones sin convertir cada dificultad en una prueba de su valor.

Alma admiraba aquella forma de vivir, aunque sabía que no debía convertirla en una lección ni esperar que Vera le enseñara a superar sus miedos.

Si quería acercarse a ella, tendría que aprender a hacerse cargo de sus propias decisiones.

Y quizá el primer paso fuera tan sencillo como dejar de buscar una excusa profesional cada vez que le apetecía verla.

El lunes transcurrió entre encargos, llamadas y una sesión de retratos que se alargó más de lo previsto porque el cliente llegó tarde y después quiso cambiar de escenario.

Alma trabajó con la concentración habitual, ajustando la luz, dando indicaciones y buscando la expresión que hiciera que las fotografías se parecieran a la persona que tenía delante.

Cuando terminó, descargó las imágenes, preparó una copia de seguridad y respondió a los mensajes que se habían acumulado durante la tarde.

La vida profesional seguía avanzando con su ritmo habitual, y Alma agradeció tener tareas concretas en las que concentrarse.

Aun así, cada vez que encontraba un momento libre, se preguntaba cuándo volvería a ver a Vera.

No quería escribirle solo para comprobar si estaba disponible, como si la librera tuviera que mantenerse a su disposición cada vez que a ella le apetecía compartir una tarde.

Tampoco quería esperar tanto que la invitación terminara pareciendo una ocurrencia olvidada.

Después de darle varias vueltas, decidió que podía preguntarle si necesitaba ayuda con las fotografías del evento.

Era una razón real, aunque no fuera la única que tenía para querer verla.

El mensaje salió a última hora de la tarde.

Vera respondió cuando Alma estaba guardando la cámara en su funda.

Alma sonrió, apoyándose contra el borde del escritorio.

Alma dejó el teléfono y notó que la alegría que le había producido la respuesta no venía acompañada esta vez de la misma necesidad de analizarla.

Vera había aceptado que fuera al día siguiente, y eso era suficiente.

Podía ir a la librería, revisar las fotografías y pasar un rato con ella.

No tenía que decidir nada más antes de acostarse.

El martes amaneció con una lluvia ligera que desapareció a media mañana.

Alma aprovechó las primeras horas para editar las imágenes del encargo anterior y preparar una selección para Vera.

Eligió cuatro fotografías de la librería: una del escaparate, otra del rincón de lectura, una de las estanterías iluminadas y una última en la que se veía el mostrador con la pequeña calabaza de cerámica.

También preparó algunas propuestas de carteles, con el título de la actividad, la fecha y una breve descripción.

Quería que el anuncio resultara atractivo sin perder la personalidad del lugar, así que evitó los colores demasiado estridentes y las letras decorativas que podían dificultar la lectura.

Cuando terminó, exportó las versiones en distintos tamaños y las guardó en una carpeta para poder enseñárselas a Vera.

Después se quedó un momento mirando la fotografía del rincón de lectura.

Había tomado aquella imagen durante la tarde de la tormenta, justo antes de que se fuera la luz.

En la fotografía, el sofá antiguo aparecía junto a una estantería baja, con la manta doblada sobre el respaldo y una taza vacía sobre la mesa auxiliar.

Era una imagen sencilla, pero transmitía una sensación de calma que le gustaba.

Alma pensó que, si la librería pudiera hablar, quizá diría algo parecido a lo que Vera había dicho aquella tarde: que no hacía falta resolverlo todo en el mismo momento.