Un octubre para encontrarte CAPÍTULO 6 #2
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CAPÍTULO 6 #2

No era la primera vez que pensaba en la relación entre su trabajo y la manera en que se acercaba a las cosas.

La fotografía le había enseñado a observar, a esperar el momento adecuado y a reconocer detalles que muchas personas pasaban por alto.

También le había dado una forma de acercarse al mundo que resultaba cómoda: podía estar presente sin tener que explicar demasiado lo que sentía, y siempre tenía una tarea a la que volver cuando una situación empezaba a incomodarla.

Si una conversación se volvía demasiado íntima, podía levantar la cámara y hablar de la luz.

Si una relación exigía decisiones que no sabía tomar, podía refugiarse en el trabajo y convencerse de que necesitaba tiempo.

Su profesión no era una excusa en sí misma, pero Alma sabía que la había utilizado de esa manera más de una vez.

Llegó a una pequeña zona de descanso junto al río y se sentó en un banco de madera.

Desde allí se veía el puente y una parte del pueblo, con los tejados oscuros y las chimeneas empezando a soltar humo.

Sacó el teléfono para comprobar la hora y encontró una notificación de Vera.

Era una fotografía de las tarjetas que habían preparado en la librería, con un mensaje breve: «He revisado las pistas y creo que el fantasma profesional ha aprobado la inspección.

Solo queda decidir si las calabazas tienen derecho a voto».

Alma sonrió antes de leerlo por segunda vez.

Respondió que las calabazas podían participar siempre que no intentaran dirigir la organización, y añadió que estaba dispuesta a ofrecerse como mediadora en caso de conflicto.

Vera contestó con un emoticono de una calabaza y otro de un libro.

La conversación terminó allí, sin ninguna declaración ni invitación, pero Alma se quedó mirando la pantalla durante unos segundos más de lo necesario.

Después guardó el teléfono y se apoyó contra el respaldo del banco, consciente de que la alegría que le había provocado aquel mensaje no tenía nada que ver con las tarjetas.

Podía seguir fingiendo que solo le gustaba hablar con Vera porque era divertida, porque tenía buenas ideas o porque trabajar juntas hacía que la preparación del evento resultara más sencilla.

Todas esas cosas eran ciertas, pero no explicaban por qué había releído el mensaje tres veces ni por qué se había acordado de su sonrisa mientras caminaba junto al río.

Tampoco explicaban por qué empezaba a desear que Vera le preguntara por su vida fuera de la librería, por sus fotografías y por aquella oportunidad profesional que todavía no sabía cómo aceptar.

Quería que la conociera, aunque la posibilidad de ser conocida de verdad le provocara una inquietud que prefería no examinar demasiado.

El sonido de unos pasos la hizo levantar la cabeza.

Una pareja pasó por el sendero con un perro pequeño que parecía convencido de que cada hoja caída merecía una investigación minuciosa.

Alma los siguió con la mirada y pensó en la facilidad con la que algunas personas parecían compartir el mundo sin necesidad de organizarlo todo de antemano.

No sabía si aquella pareja llevaba años junta o si acababan de conocerse, ni tenía motivos para imaginar que su vida fuera especialmente sencilla.

Aun así, le gustó la manera en que caminaban a la misma velocidad, deteniéndose cuando el perro se empeñaba en olisquear una piedra.

Vera le había dicho algo parecido durante el mercado, cuando aceptó su brazo para atravesar la zona más concurrida y le explicó cómo prefería que la acompañaran.

Alma recordaba que había ajustado el paso sin pensar demasiado en ello, procurando no tirar de ella ni anticiparse a cada obstáculo.

Había sido un gesto pequeño, pero le había enseñado más sobre Vera que cualquier explicación general acerca de su visión.

No necesitaba adivinar qué podía hacer por ella; bastaba con preguntarle y escuchar la respuesta.

La idea parecía sencilla cuando la aplicaba a una situación concreta, pero Alma sabía que también tendría que aprender a hacerlo con las emociones.

No podía dar por hecho que Vera quería lo mismo que ella, ni decidir por las dos qué forma debía tomar aquella cercanía.

El río siguió corriendo frente a sus pies, indiferente a sus conclusiones.

Alma se levantó, guardó el teléfono y continuó por el sendero, esta vez sin sacar la cámara.

Quería caminar un rato más, dejar que el aire frío le despejara la cabeza y volver a casa con la sensación de haber hecho algo que no necesitaba terminar en una imagen.

A medida que avanzaba, el cielo empezó a oscurecerse y el viento llevó hasta el camino el olor de la tierra mojada.

Alma pensó que quizá no tenía que resolver todos sus miedos antes de permitir que alguien se acercara.

Podía reconocer que Vera le gustaba y seguir trabajando, responder a la agencia y decidir qué quería hacer con la campaña.

Una cosa no tenía por qué cancelar la otra.

La dificultad estaba en aceptar que, cuando llegara el momento de tomar una decisión, no bastaría con preguntarse qué opción resultaba más cómoda. Tendría que preguntarse también qué quería de verdad.

A la hora de comer, Alma regresó a casa con las botas salpicadas de barro y el pelo revuelto por el viento.

Preparó una tortilla francesa, cortó un tomate y comió de pie junto a la encimera mientras revisaba las fotografías que había tomado durante la semana.

Había imágenes de la plaza, de las fachadas del casco antiguo y de un escaparate decorado con pequeñas calabazas de papel.

También tenía algunas fotografías de los preparativos de la noche de historias, aunque todavía no había decidido cuáles podría utilizar para anunciar el evento en las redes sociales de la librería.

Las imágenes estaban bien, pero quería que transmitieran algo más que una lista de actividades: le gustaría que la gente sintiera que A Última Folla era un lugar donde podía entrar una tarde lluviosa, quitarse el abrigo y encontrar una historia que no sabía que necesitaba.

Abrió la carpeta del evento y empezó a seleccionar algunas fotografías.

Había una de las estanterías con las luces encendidas, otra del escaparate con la calabaza de cerámica y una tercera en la que aparecía el rincón de lectura, con el sofá antiguo y una manta doblada sobre el respaldo.

Alma recordó que Vera había mencionado que algunas personas se quedaban allí más tiempo del previsto, y pensó que sería bonito incluir una frase sobre la librería como refugio para las tardes de otoño.

No quería convertirla en un eslogan publicitario vacío, así que escribió varias versiones y las fue descartando hasta encontrar una que le pareció sencilla: «Una noche de historias, misterio y chocolate caliente.

Trae tu curiosidad; del resto nos ocupamos entre todas».

Se quedó mirando la frase y sonrió. No era especialmente ingeniosa, pero sí cálida, y se parecía a la manera en que Vera hablaba de la librería.

Le envió una captura de pantalla para preguntarle si le gustaba y recibió una respuesta unos minutos después: «Me gusta.

Aunque creo que deberíamos especificar que las calabazas no se hacen responsables de las decisiones románticas de los asistentes».

Alma soltó una carcajada en mitad de la cocina.

Respondió que podía incluirlo en la letra pequeña, siempre que Vera firmara como representante legal del departamento de calabazas.

La librera contestó que tendría que consultar primero con su abogado, que resultaba ser un gato de cerámica con una ética profesional cuestionable.

Alma se quedó riendo frente al teléfono y tuvo que dejarlo sobre la encimera para terminar de comer.

Aquella era la parte que más le sorprendía de lo que estaba ocurriendo.

No era únicamente la atracción, ni el deseo de verla de nuevo, ni siquiera la curiosidad por descubrir qué podía pasar entre ellas.

Era la facilidad con la que una conversación con Vera conseguía integrarse en su día sin convertirse en una obligación.

Alma podía estar trabajando, cocinando o caminando junto al río y, al encontrar un detalle que le habría hecho gracia a la librera, sentir el impulso de compartirlo.

No tenía que esforzarse para mantener la conversación ni inventar temas de los que hablar.

Bastaba con una broma sobre calabazas, un comentario sobre un libro o una fotografía de algo que habían preparado juntas.

Eso era precisamente lo que le daba miedo.

Cuando alguien empezaba a formar parte de sus rutinas, Alma dejaba de poder tratar la relación como una experiencia aislada.

Ya no se trataba de quedar un día, pasar un rato agradable y volver después a su vida sin que nada cambiara.

Vera empezaba a aparecer en sus pensamientos cotidianos, y el deseo de verla de nuevo se mezclaba con la sensación de que podía llegar a echarla de menos.

Aquello no significaba que estuviera enamorada, ni que tuviera que tomar una decisión inmediata sobre el futuro.

Pero sí significaba que ya no podía convencerse de que la situación no le importaba.