CAPÍTULO 6
LO QUE UNA FOTOGRAFÍA NO CUENTA
Alma llevaba casi cuarenta minutos intentando editar una fotografía que, hasta aquella mañana, le había parecido perfecta.
La imagen mostraba una pequeña panadería del centro de San Amaro das Follas, con la luz dorada de las cinco de la tarde entrando por el escaparate y la dueña inclinada sobre el mostrador mientras colocaba una bandeja de empanadillas recién hechas.
Había conseguido capturar el instante exacto en que la mujer levantaba la cabeza para saludar a una clienta, con una sonrisa tan natural que parecía formar parte de la luz.
Era una buena fotografía, de esas que transmitían el carácter de un negocio sin necesidad de explicar demasiado, y el cliente estaba satisfecho con el resultado.
Sin embargo, Alma llevaba un rato ampliando y reduciendo la imagen, ajustando la exposición y cambiando la temperatura del color como si hubiera algún detalle escondido que solo necesitara encontrar.
No lo había. La fotografía estaba terminada, y lo sabía.
Se apartó del ordenador, se frotó los ojos y miró hacia la ventana de su pequeño estudio.
El domingo había amanecido cubierto, aunque la lluvia todavía no se había decidido a caer.
Sobre los tejados flotaba una bruma fina que desdibujaba las chimeneas y convertía los árboles de la plaza en siluetas de tonos cobrizos.
El otoño había avanzado durante aquella semana con una rapidez que a Alma le resultaba casi ofensiva.
Las hojas cubrían los bordillos, las mañanas empezaban a oler a leña y las personas que entraban en la cafetería de la esquina ya llevaban las manos alrededor de las tazas como si el café fuera una forma de supervivencia.
Le gustaba aquella época del año. Le gustaba la luz suave, las calles mojadas y la sensación de que todo el mundo tenía una excusa para quedarse un poco más en casa.
También le gustaba que San Amaro das Follas recuperara una tranquilidad que no había encontrado en la ciudad durante los últimos años.
Allí podía caminar sin tener que esquivar multitudes, detenerse a fotografiar una fachada cubierta de hiedra o entrar en una tienda solo porque le había llamado la atención el olor que salía por la puerta.
Había regresado pensando que necesitaba descansar, reorganizar su trabajo y decidir qué quería hacer con los próximos meses.
No esperaba que, a las pocas semanas, una librera de ojos atentos y respuestas afiladas empezara a ocupar una parte considerable de sus pensamientos.
Alma volvió a mirar la fotografía de la panadería, pero lo que apareció en su cabeza fue Vera sentada al otro lado de la mesa de la pequeña cocina de A Última Folla, con la luz portátil dibujando un círculo cálido entre las dos.
Recordó la manera en que había hablado de la pérdida de visión, sin dramatismo y sin fingir que siempre le resultaba fácil, y también la firmeza con la que había explicado que aceptar ayuda no significaba renunciar a decidir por sí misma.
Alma había escuchado sus palabras con una atención que no solía dedicar a las conversaciones ajenas cuando estaba trabajando, quizá porque aquella vez no tenía una cámara entre las manos ni la posibilidad de convertir lo que veía en una imagen.
Solo estaba allí, sentada frente a una mujer que le gustaba cada vez más, intentando no decir nada que pudiera estropearlo.
La palabra apareció con tanta claridad que Alma cerró los ojos un instante, como si así pudiera obligarla a desaparecer.
Le gustaba Vera.
No era una conclusión especialmente sorprendente.
Lo había sospechado en el mercado, cuando se descubrió buscando su risa entre el ruido de los puestos, y lo había confirmado durante la tarde de las calabazas, cuando una simple conversación sobre historias de amor le había dejado una sensación cálida en el pecho durante el camino de vuelta a casa.
Pero hasta aquella mañana había conseguido mantener la idea en un lugar impreciso, escondida detrás de las tareas del evento, las bromas y la excusa perfectamente razonable de que le encantaba trabajar con alguien que tenía tantas ideas.
Ahora ya no podía fingir que todo aquello era solo entusiasmo profesional.
Le gustaba la manera en que Vera escuchaba, su humor seco, la inteligencia con la que encontraba soluciones y la forma en que podía mostrarse vulnerable sin permitir que los demás confundieran esa vulnerabilidad con debilidad.
Le gustaba, incluso, que discutiera con las facturas como si fueran personas con las que pudiera negociar.
Lo que no sabía era qué hacer con aquella certeza.
Alma estaba acostumbrada a reconocer cuándo algo le interesaba.
Lo hacía constantemente con su trabajo: una fachada, una expresión, un rincón iluminado de una manera inesperada.
Su atención se detenía, examinaba los detalles y decidía si quería acercarse.
Con las personas, en cambio, el proceso era bastante menos ordenado.
Podía sentirse atraída por alguien, disfrutar de su compañía y querer volver a verla sin tener que decidir inmediatamente qué significaba todo aquello.
El problema empezaba cuando el deseo de repetir un encuentro dejaba de ser una curiosidad y se convertía en una costumbre que esperaba con ganas.
Entonces aparecía la posibilidad de que aquella persona empezara a importarle, y Alma tenía la mala costumbre de buscar una puerta de salida antes de comprobar si realmente quería marcharse.
El teléfono vibró sobre el escritorio. Era un mensaje de Inés, que llevaba varios días preguntándole por la propuesta profesional que Alma había recibido de una agencia de fotografía.
La campaña era importante, con un presupuesto razonable y la posibilidad de trabajar con un equipo al que llevaba tiempo queriendo acercarse.
El proyecto se desarrollaría fuera de Galicia durante varias semanas, con una fecha de inicio que obligaba a organizarse pronto.
No era una oferta que pudiera ignorar sin pensarlo, y Alma llevaba días pidiendo detalles sobre las condiciones, los desplazamientos y la posibilidad de dividir el trabajo en varias fases.
Alma dejó el teléfono boca abajo, aunque sabía que no podía aplazar aquella conversación indefinidamente.
La oportunidad le interesaba de verdad. Quería trabajar en proyectos de mayor alcance, construir una cartera de clientes estable y dejar de aceptar encargos únicamente porque eran cómodos o porque no requerían desplazarse demasiado lejos.
Había regresado a San Amaro das Follas para reorganizar su vida, no para dejar de construirla.
Si la campaña encajaba con sus objetivos, tendría que considerar seriamente la posibilidad de aceptarla.
Y, sin embargo, cada vez que pensaba en pasar varias semanas fuera, recordaba la cocina de la librería, la lluvia contra las ventanas y la voz de Vera diciéndole que no tenía que resolverlo todo de inmediato.
Le preocupaba que aquella asociación fuera demasiado reciente para tener sentido, que estuviera empezando a tomar decisiones alrededor de alguien a quien apenas conocía.
No quería cometer el error de convertir una atracción en el centro de su vida antes de saber si había algo más entre ellas.
Tampoco quería hacer lo contrario y utilizar una oportunidad profesional como excusa para alejarse de una persona que empezaba a importarle.
Escribió a Inés que todavía estaba revisando las condiciones y que hablaría con la agencia durante la semana.
Después dejó el teléfono a un lado, cerró el archivo de la panadería y se levantó para preparar café.
Necesitaba salir de casa, despejarse y hacer algo que no consistiera en pensar en sus sentimientos como si fueran un encargo con una fecha de entrega.
Se vistió con unos vaqueros oscuros, un jersey verde y una chaqueta impermeable, guardó la cámara en la bolsa y comprobó que llevaba las llaves.
Antes de salir, miró el móvil una última vez.
No había ningún mensaje de Vera, lo cual era perfectamente normal y no debería haberle importado en absoluto.
Le importó un poco.
Alma guardó el teléfono y se marchó antes de poder discutir consigo misma sobre el asunto.
El sendero que bordeaba el río estaba casi vacío cuando Alma llegó.
Había llovido durante la noche y la tierra conservaba un brillo oscuro, mientras las hojas amarillas y rojizas se acumulaban junto a los troncos de los árboles.
El agua corría con más fuerza que en verano, arrastrando pequeños restos de ramas que giraban en los remolinos antes de desaparecer bajo el puente de piedra.
Alma había fotografiado aquel lugar en distintas estaciones y desde varios ángulos, pero siempre encontraba algún cambio que le apetecía conservar: una raíz descubierta por la corriente, la luz reflejada en el agua o una hoja atrapada entre dos piedras.
Era uno de los lugares a los que acudía cuando necesitaba ordenar los pensamientos, porque el río no le exigía nada y el paisaje no tenía ninguna opinión sobre lo que ella debía hacer con su vida.
Caminó despacio, con la cámara colgada al hombro, y se detuvo cerca de un grupo de árboles donde las ramas formaban una especie de techo sobre el sendero.
La luz atravesaba las hojas con un tono dorado y húmedo que habría quedado precioso en una fotografía.
Alma levantó la cámara, ajustó el enfoque y encuadró el tramo de agua que pasaba bajo las raíces.
Estuvo a punto de apretar el disparador, pero se detuvo antes de hacerlo.
No había ningún motivo para no tomar la fotografía; era una imagen que le habría gustado tener.
Sin embargo, de pronto le pareció que no necesitaba convertir cada cosa que le gustaba en algo que pudiera guardar.
Bajó la cámara y continuó caminando.