CAPÍTULO 5 #7
Vera miró la hora y se sorprendió al comprobar que eran casi las ocho.
La lluvia había vuelto a convertirse en un murmullo constante, y la plaza empezaba a recuperar el movimiento habitual de las primeras horas de la noche.
Un coche pasó despacio frente al escaparate, levantando agua junto al bordillo, y alguien cerró una ventana en el edificio de enfrente.
—Sí —admitió Vera—. Mañana revisaré lo que queda y comprobaré las cuentas con un poco más de paciencia.
Alma guardó los lápices en el recipiente y cerró la carpeta.
Después se puso el abrigo, aunque no cogió inmediatamente el paraguas roto.
Vera interpretó aquel gesto como una señal de que se estaba preparando para marcharse, y sintió una decepción tan rápida que apenas tuvo tiempo de reconocerla.
No tenía motivos para esperar que Alma se quedara más tiempo.
Habían pasado casi cuatro horas juntas, habían trabajado, hablado y compartido una tarde que había terminado siendo mucho más agradable de lo que Vera había previsto.
Era razonable que la fotógrafa quisiera volver a casa.
Aun así, antes de que Alma llegara a la puerta, Vera se oyó decir:
—Me ha gustado que vinieras.
Alma se volvió. La frase no tenía nada de extraordinario, pero Vera notó que había dejado de esconderse detrás de las bromas y las listas de tareas.
No estaba diciendo que el trabajo hubiera avanzado ni que la ayuda hubiera sido útil.
Estaba diciendo que le había gustado compartir la tarde con ella.
—A mí también —respondió Alma—. Incluso con la parte en la que casi muero bajo una lluvia de libros y calabazas.
—La librería es un lugar lleno de peligros.
—Tendré que volver preparada.
Vera sonrió, aunque esta vez no apartó la mirada enseguida.
—Me gustaría que volvieras.
Alma se quedó quieta durante un instante.
La expresión de su rostro cambió apenas, lo suficiente para que Vera comprendiera que la frase había llegado hasta ella.
No parecía incómoda ni sorprendida de una manera desagradable; más bien daba la impresión de estar decidiendo cómo responder sin esconderse detrás de una broma.
—Volveré —dijo al fin—. Podemos seguir preparando el evento. Y, si algún día no tenemos nada que organizar, siempre podemos buscar otra excusa.
Vera sintió una sonrisa cálida abrirse paso en su rostro.
—Tengo muchos libros que ordenar.
—Y yo un paraguas que necesita un funeral.
—Podríamos organizarlo aquí. Una ceremonia íntima, con lecturas y chocolate caliente.
—No te burles. Era un buen paraguas.
—Estoy segura de que hizo todo lo que pudo.
Alma se rio y cogió el paraguas del cubo.
Antes de abrir la puerta, se volvió una última vez para despedirse.
Vera le indicó que tuviera cuidado con las piedras mojadas y Alma prometió que, si el paraguas decidía volver a atacar, presentaría una denuncia formal.
Después salió a la calle y la campanilla sonó sobre su cabeza, dejando tras de sí un pequeño movimiento de aire frío.
Vera se quedó mirando la puerta cerrada durante unos segundos.
Luego regresó al mostrador, apagó la lámpara de la cocina y recogió la carpeta con las notas.
La librería seguía teniendo facturas pendientes, las ventas no habían mejorado por arte de magia y la noche de historias todavía podía salir de muchas maneras.
Nada de eso había cambiado durante aquella tarde.
Sin embargo, Vera sentía que había conseguido algo que no figuraba en la lista de tareas: había permitido que alguien se acercara un poco más sin tener que renunciar a su espacio, y había descubierto que compartir una preocupación no significaba entregársela a otra persona para que la resolviera.
Antes de cerrar el cuaderno, repasó las notas del evento y añadió una última tarea: «Escribir a Alma para concretar el próximo día».
Se quedó mirando la frase y después sonrió, porque sabía que no necesitaba escribirla.
Alma había dicho que volvería, y Vera había dicho que le gustaría que lo hiciera.
Por una vez, podía dejar que aquellas palabras bastaran.
Apagó las luces de la librería y salió a la calle.
La lluvia había aflojado lo suficiente para que pudiera caminar hasta casa sin empaparse, y el aire olía a tierra mojada y a hojas de castaño.
Vera avanzó despacio, pensando en la tarde, en la conversación de la cocina y en la manera en que Alma había escuchado sin intentar convertir cada miedo en una tarea pendiente.
No sabía qué iba a ocurrir entre ellas, ni quería apresurarse a decidirlo.
Pero mientras caminaba bajo el cielo oscuro de San Amaro das Follas, comprendió que había días en los que el futuro podía esperar, porque lo importante no era tener todas las respuestas, sino descubrir con quién resultaba más fácil hacerse las preguntas.
Y aquella tarde, por primera vez en mucho tiempo, Vera no había sentido la necesidad de marcharse de ninguna parte para estar tranquila. Había bastado con cerrar la librería, escuchar la lluvia y dejar que alguien se quedara a su lado un rato más.