CAPÍTULO 5 #6
—He cambiado de ciudad, de trabajo y de planes unas cuantas veces.
Algunas decisiones han sido buenas, otras no tanto, pero siempre he podido convencerme de que estaba haciendo lo que necesitaba.
Si algo se complicaba, me iba a otro sitio o empezaba un proyecto nuevo.
No siempre por cobardía; a veces de verdad era lo mejor.
Pero también he utilizado el movimiento como una forma de no tener que decidir qué quería cuando las cosas empezaban a ponerse serias.
Vera pensó en la oportunidad profesional de la que Alma había hablado brevemente durante su visita anterior.
No sabía qué le habían ofrecido ni qué tendría que decidir, pero recordaba que la fotógrafa había mencionado un trabajo que podía llevarla fuera de Galicia.
No quiso preguntarle por ello de inmediato.
Alma estaba hablando de algo que parecía importante y Vera prefería escuchar antes de intentar unir todas las piezas.
—¿Te ha pasado con las relaciones? —preguntó con cuidado.
Alma asintió.
—Sí. A veces he esperado a que las cosas se volvieran complicadas para convencerme de que no funcionaban.
O he tomado una decisión por mi cuenta y después la he presentado como si no hubiera habido ninguna alternativa.
No estoy orgullosa de eso, pero tampoco quiero fingir que no ha ocurrido.
Me cuesta mucho saber cómo quedarme sin sentir que estoy renunciando a algo.
Vera reconoció aquella preocupación, aunque no la experimentara de la misma manera.
Para ella, el problema no era tanto marcharse como conseguir que alguien entendiera que permanecer a su lado no significaba convertirse en responsable de su vida.
No quería que una pareja interpretara cada adaptación como un sacrificio ni que, con el tiempo, empezara a resentir las decisiones que había tomado libremente.
Tampoco quería que alguien se quedara por lástima, por obligación o por la idea de que ella necesitaba que la protegieran.
—Creo que quedarse y renunciar no son necesariamente lo mismo —dijo—.
Pero tampoco creo que tengas que demostrarle a nadie que sabes quedarte.
Si quieres hacer un trabajo, viajar o cambiar de rumbo, deberías poder hacerlo.
Lo importante es que no utilices una decisión para evitar tener otra conversación.
Alma la miró con atención.
—Eso ha sonado bastante dirigido a mí.
—Quizá porque estoy hablando contigo.
La fotógrafa soltó una risa breve, pero no apartó la mirada.
—Tienes razón.
Vera sintió una pequeña punzada de inquietud.
No quería que Alma creyera que estaba intentando descubrir sus intenciones ni que aquella conversación era una forma indirecta de preguntarle qué pensaba hacer con su vida.
Le interesaba conocerla, pero no tenía derecho a exigirle respuestas sobre decisiones que todavía no había tomado.
Si algún día llegaban a hablar de algo más que libros y tormentas, quería que pudieran hacerlo con honestidad, sin que ninguna sintiera que debía prometer un futuro para justificar el presente.
—No tienes que contarme nada que no quieras contarme —añadió—. No te estoy pidiendo explicaciones.
—Lo sé. Y precisamente por eso me resulta fácil hablar contigo.
Alma pronunció la frase sin adornarla, como si fuera una conclusión a la que acabara de llegar.
Vera sintió que se le calentaban las mejillas y bajó la mirada hacia la mesa, fingiendo interés por las migas que habían quedado junto al plato.
No estaba acostumbrada a recibir cumplidos que no intentaran conseguir algo a cambio, y la sinceridad de Alma la desarmaba de una forma que no sabía manejar del todo.
—No te acostumbres —dijo, intentando recuperar el humor—. Normalmente cobro por las conversaciones profundas.
—¿Aceptas pago en pastas de mantequilla?
—Depende de la calidad.
Alma sonrió y Vera también, y la conversación se relajó sin perder del todo la intimidad que había adquirido.
No se habían prometido nada, no habían resuelto sus miedos y ni siquiera habían definido qué estaba ocurriendo entre ellas.
Pero Vera tenía la sensación de haber descubierto algo importante: podía hablar con Alma de sus preocupaciones sin convertirse en un problema que la fotógrafa tuviera que arreglar, y podía escuchar los miedos de Alma sin asumir la responsabilidad de convencerla de que dejara de tenerlos.
Era un comienzo pequeño, pero le pareció un comienzo verdadero.
La luz regresó poco antes de las siete. Primero se encendió la lámpara del pasillo, luego la del techo de la cocina y finalmente las luces de las estanterías, que parpadearon una vez antes de recuperar su brillo habitual.
Vera se levantó para comprobar el ordenador y vio que la batería había aguantado sin problemas.
La incidencia parecía haberse resuelto y la lluvia, aunque seguía cayendo, había perdido parte de su intensidad.
—Parece que podemos volver a la civilización —dijo Alma.
Vera miró la pantalla, comprobó las notificaciones y después volvió la atención hacia la ventana.
—La civilización tendrá que esperar un poco. No pienso salir hasta que la lluvia deje de intentar ahogarnos.
Alma se rio y recogió las tazas vacías.
—Puedo lavarlas mientras esperamos.
Vera estuvo a punto de responder que no hacía falta, pero se detuvo.
Alma no estaba intentando demostrar que podía ser útil ni asumir una tarea que no le correspondía.
Simplemente se había ofrecido a recoger lo que habían utilizado, del mismo modo que ella habría hecho si estuviera en casa de otra persona.
—Gracias. Puedes dejarlas en el escurridor.
Alma llevó las tazas al fregadero y abrió el grifo.
Vera la observó durante un momento, consciente de que se había acostumbrado a su presencia con una facilidad que la sorprendía.
La fotógrafa se movía por la pequeña cocina con naturalidad, aunque todavía preguntaba dónde estaba cada cosa antes de abrir un armario.
No parecía tener prisa por marcharse, y Vera descubrió que tampoco quería que lo hiciera todavía.
Cuando Alma terminó, se secó las manos y regresó a la mesa. Vera había sacado la carpeta con las notas y estaba revisando la lista de tareas que quedaban pendientes.
—Podríamos continuar un rato —propuso la librera—. Si no estás cansada, claro.
Alma se sentó frente a ella.
—No estoy cansada. ¿Qué nos queda?
—Elegir las lecturas definitivas y preparar las primeras tarjetas. Después tendré que revisar el presupuesto y decidir cuánto puedo gastar en la decoración.
La última frase salió con un tono más serio.
Vera no pretendía ocultarle a Alma las dificultades de la librería, pero tampoco quería convertir cada encuentro en una conversación sobre dinero.
Había una diferencia entre compartir una preocupación y pedirle a alguien que se responsabilizara de ella, y Vera quería mantener esa diferencia clara.
Alma, sin embargo, no reaccionó con una oferta inmediata ni le dijo que todo saldría bien.
Miró la lista y esperó a que Vera continuara.
—Puedo ayudarte a revisar las opciones para la decoración si quieres —dijo—. No para decidir cuánto deberías gastar, porque eso lo sabes tú mejor que yo, sino para encontrar cosas que podamos reutilizar o preparar sin comprar demasiado.
Vera asintió, agradecida.
—Eso me vendría bien. Tengo las luces del año pasado, la guirnalda y las calabazas de cerámica. Creo que no necesito mucho más, pero quiero que el escaparate llame la atención.
—Podemos hacer que parezca acogedor sin convertirlo en una tienda de adornos.
—Me alegra que alguien comprenda mis prioridades.
Trabajaron durante otra media hora, eligiendo los títulos que leerían durante la noche de historias y preparando una primera versión de las tarjetas.
Alma escribió algunas preguntas mientras Vera revisaba los libros disponibles y comprobaba que las pistas fueran claras.
A veces discutían sobre una palabra, una cubierta o el orden en que convenía presentar las historias, pero ninguna se empeñaba en tener razón.
Si una propuesta no funcionaba, la cambiaban.
Si una idea de Vera resultaba demasiado complicada, Alma le sugería una alternativa; si Alma planteaba una pista que dependía de un detalle difícil de distinguir, Vera buscaba otra manera de formularla.
Era un trabajo sencillo, pero a Vera le gustaba la sensación de estar construyendo algo con alguien que no necesitaba imponerse para participar.
Cuando terminaron la primera tanda de tarjetas, Alma dejó el lápiz y estiró los dedos.
—Creo que por hoy hemos hecho suficiente.