Un octubre para encontrarte CAPÍTULO 5 #5
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CAPÍTULO 5 #5

Alma permaneció en silencio, prestándole atención.

Vera agradeció que no intentara completar la historia por ella ni mostrara esa expresión de compasión que había aprendido a reconocer demasiado bien.

Podía hablar de los cambios sin convertirlos en una confesión dolorosa, y no quería que la conversación se transformara en una enumeración de todo lo que había dejado de hacer.

Había cosas que ahora le costaban más y otras que había aprendido a resolver de una forma diferente.

Algunas adaptaciones eran sencillas; otras exigían tiempo, dinero y una paciencia que no siempre tenía.

Ninguna de ellas anulaba el hecho de que la librería seguía siendo suya.

—He cambiado la iluminación, reorganizado algunas cosas y aprendido a utilizar herramientas que antes no necesitaba —continuó—.

Uso la ampliación digital cuando me resulta útil, y el lector de pantalla para ciertos documentos largos.

También he aprendido a dejar de insistir cuando una tarea empieza a agotarme.

Puedo retomarla más tarde o buscar otra manera de hacerla.

No siempre me sale bien, pero cada vez me cuesta menos aceptar que no tengo por qué resolverlo todo a la primera.

Alma asintió despacio.

—Tiene sentido.

Vera soltó una pequeña risa.

—No sabes lo mucho que me alegra que te parezca razonable. Hay gente que escucha algo así y enseguida empieza a explicarme lo que debería hacer, aunque no tenga ni idea de cómo trabajo.

—No voy a fingir que sé más que tú sobre tu propia vida —dijo Alma—. Puedo preguntarte, escucharte y aprender. Pero no sería justo que yo decidiera qué necesitas solo porque he observado algo desde fuera.

Vera sintió que aquella respuesta le llegaba a un lugar más profundo de lo que había previsto.

No porque Alma hubiera dicho algo extraordinario, sino porque había reconocido con sencillez una diferencia que para Vera era fundamental.

Podía aceptar que alguien le acercara un libro, le leyera una lista o la acompañara por una calle concurrida sin que aquello significara que necesitaba ceder el control de sus decisiones.

Lo difícil no era aceptar ayuda; lo difícil era encontrar a alguien que comprendiera que ayudar no le daba derecho a decidir por ella.

—Gracias —dijo, después de un momento—. No todo el mundo entiende esa diferencia.

Alma dejó la pasta sobre el plato y apoyó las manos en la mesa.

—Supongo que a veces la gente quiere solucionar algo porque no sabe qué hacer con la incomodidad de no poder solucionarlo. Es más fácil ofrecer una respuesta que quedarse escuchando.

Vera la miró con curiosidad.

—¿Te pasa a menudo?

Alma soltó una risa sin demasiado humor.

—Más de lo que me gustaría. Con mi trabajo, por ejemplo. Cuando alguien me cuenta un problema, suelo pensar enseguida en lo que podría hacer para ayudar. A veces funciona. Otras veces me doy cuenta de que la otra persona solo quería hablar, y yo ya estoy intentando organizarle la vida.

—¿Y te cuesta quedarte sin hacer nada?

La fotógrafa reflexionó antes de responder.

—Me cuesta no sentir que debería hacer algo. Pero estoy intentando aprender que estar presente también es hacer algo, aunque no produzca un resultado que pueda enseñar al final del día.

Vera pensó en las fotografías de Alma, en la forma en que había hablado de encontrar detalles que ya estaban allí.

Quizá la fotógrafa estaba aprendiendo a mirar también sin necesidad de conservar una prueba de lo que había visto.

Aquella idea le gustó, aunque no se atrevió a decirlo en voz alta.

En lugar de eso, cogió una pasta y la partió en dos.

—Pues hoy puedes practicar —dijo—. La lluvia no parece dispuesta a marcharse y no tenemos ninguna tarea urgente. Puedes quedarte aquí sin solucionar nada.

Alma sonrió, y la tensión que se había instalado en su expresión se suavizó.

—Creo que puedo intentarlo.

La conversación había cambiado algo entre ellas, aunque Vera no habría sabido explicar exactamente qué.

No se trataba de que ahora conociera mejor la historia de Alma ni de que la fotógrafa hubiera descubierto un secreto sobre ella.

Era más bien una sensación de haber compartido un espacio distinto, una parte de la vida cotidiana que no estaba organizada alrededor de un objetivo concreto.

No tenían que terminar las tarjetas, elegir los libros ni encontrar una solución para las cuentas.

Podían sentarse en una cocina pequeña, escuchar la lluvia y hablar de las cosas que les costaban sin convertirlas en problemas que debían resolver de inmediato.

Alma se levantó para mirar por la ventana.

La calle seguía vacía y el agua descendía por los canalones en pequeños torrentes.

Vera la observó desde la mesa, fijándose en la forma en que la luz de la lámpara portátil dibujaba un borde cálido alrededor de su perfil.

La fotógrafa se había recogido el pelo de cualquier manera y llevaba las mangas del jersey un poco subidas, dejando al descubierto las muñecas.

Parecía cómoda, como si hubiera olvidado que estaba en una librería que no era suya, esperando a que pasara una tormenta que ninguna de las dos podía controlar.

—¿Puedo preguntarte otra cosa? —dijo Alma, sin apartarse de la ventana.

—Depende. ¿Incluye un interrogatorio sobre mis hábitos de lectura?

—No. Es sobre ti.

Vera apoyó la taza sobre la mesa.

—Adelante.

Alma tardó unos segundos en formular la pregunta.

—¿Hay algo que te dé miedo de lo que viene?

La frase no fue pronunciada con solemnidad, pero Vera comprendió que Alma no se refería únicamente a la noche de historias ni a las dificultades de la librería.

Podría haber respondido que le preocupaba el dinero, que temía que las ventas siguieran bajando o que le inquietaba no encontrar una manera sostenible de mantener el negocio.

Todas esas cosas eran ciertas, pero no eran lo que Alma estaba preguntando.

La fotógrafa quería saber si había algo en el futuro que Vera no supiera cómo nombrar, algo que le costara reconocer incluso ante sí misma.

Vera se quedó mirando la luz de la lámpara sobre la mesa.

No le gustaba hablar de su visión en términos de miedo, porque no quería que toda su vida quedara reducida a una condición médica ni que las personas que la conocían empezaran a verla como alguien que esperaba una pérdida inevitable.

Había aprendido a convivir con la incertidumbre, aunque eso no significaba que siempre supiera cómo hacerlo.

Algunos días le resultaba fácil adaptar una tarea, pedir información o cambiar un hábito.

Otros, una dificultad pequeña bastaba para recordarle que no podía prever exactamente qué necesitaría dentro de un año.

—Sí —respondió al fin—. Me da miedo no saber cómo será mi vida dentro de unos años.

No en el sentido de que crea que todo vaya a ir mal, sino porque no puedo planearlo todo.

Hay cosas que quizá me resulten más difíciles y otras que todavía no sé cómo tendré que hacer.

Puedo adaptarme a muchas, pero no siempre tengo ganas de estar adaptándome.

Alma se volvió hacia ella. No se acercó ni intentó tocarla, y Vera agradeció que respetara aquel espacio mientras terminaba de hablar.

—A veces me cansa tener que pensar en cosas que antes hacía sin prestarles atención —continuó Vera—.

La luz, las etiquetas, ciertos documentos, algunos recorridos que conozco de memoria pero que cambian cuando hay obras o muebles en medio.

Son cosas pequeñas, pero se acumulan. Y hay días en los que me gustaría no tener que calcular nada, simplemente hacer lo que quiero sin detenerme a pensar en la manera más cómoda o segura de hacerlo.

Alma asintió, con una seriedad tranquila que hizo que Vera se sintiera escuchada.

—Lo entiendo —dijo—. O, mejor dicho, no puedo saber exactamente cómo se siente para ti, pero entiendo que te canse tener que pensar en todo eso. No voy a decirte que no tienes que preocuparte, porque sería absurdo. Pero tampoco creo que tengas que estar preparada para todo el tiempo.

Vera levantó la mirada.

—¿No?

—No. Puedes resolver las cosas cuando lleguen. Y puedes pedir ayuda cuando quieras, sin que eso signifique que no sabes cuidar de ti misma.

Vera sintió que la respuesta le aflojaba algo en el pecho.

Había escuchado consejos parecidos antes, pero muchas veces venían acompañados de una confianza excesiva en que todo terminaría saliendo bien.

Alma no le estaba prometiendo que el futuro sería sencillo ni que siempre encontraría una solución.

Solo le estaba recordando que no necesitaba anticiparse a cada dificultad para demostrar que podía enfrentarse a ella.

—Supongo que tengo que aprender a no tratar cada cambio como un examen —dijo Vera.

—¿Y quién ha dicho que tengas que aprobarlo todo?

La pregunta la hizo sonreír.

—Mi parte más insoportable.

—Esa parte necesita vacaciones.

—Lleva años negándose a pedirlas.

Alma soltó una risa suave y regresó a la mesa.

Se sentó de nuevo frente a Vera, dejando entre ellas el espacio suficiente para que ambas pudieran moverse con comodidad.

Durante un momento ninguna habló. Vera escuchó la lluvia, el zumbido lejano de algún aparato que seguía funcionando en la trastienda y la respiración tranquila de Alma.

La librería estaba oscura, las tareas habían quedado a medias y las cuentas seguían esperando en el ordenador.

Sin embargo, por primera vez en toda la tarde, Vera no sintió la necesidad de volver inmediatamente a ellas.

—¿Y a ti? —preguntó después de un rato—. ¿Qué te da miedo de lo que viene?

Alma miró sus manos y se frotó el pulgar con el índice, un gesto pequeño que Vera no había visto antes.

—Supongo que quedarme en un sitio el tiempo suficiente para que empiece a importarme demasiado —respondió.

Vera no dijo nada, esperando a que continuara si quería hacerlo.