CAPÍTULO 5 #4
Vera miró el teléfono. La incidencia eléctrica seguía sin resolverse, y el pronóstico que aparecía en la pantalla anunciaba lluvia intensa durante al menos una hora más.
No quería obligar a Alma a quedarse, pero tampoco le apetecía salir a la calle para llegar a casa empapada.
Había una pequeña cocina al fondo de la librería, una cafetera que quizá podría utilizarse cuando volviera la luz y un sofá estrecho en el rincón de lectura que llevaba meses prometiéndose reorganizar.
La idea apareció con una claridad inesperada y Vera se quedó quieta un instante, preguntándose por qué le costaba tanto pronunciarla.
No había nada extraño en invitar a alguien a quedarse mientras pasaba una tormenta.
Alma había ido a ayudarla con el evento, habían pasado varias horas juntas y la lluvia hacía que marcharse fuera poco práctico.
Era una decisión razonable, tan sencilla como cualquier otra.
Lo que la complicaba era que Vera quería prolongar un poco más aquella tarde, y todavía no se había acostumbrado a reconocer ese deseo sin buscarle una explicación más aceptable.
Se volvió hacia Alma, que esperaba junto a la puerta sin mostrar impaciencia.
—Si no tienes prisa por volver, podemos quedarnos un rato.
Hay una cocina al fondo y un sofá bastante decente, aunque no voy a prometerte que sea cómodo.
Podemos esperar a que baje la lluvia y, si vuelve la luz, terminar de revisar las lecturas.
Si no, podemos hablar o leer algo. Lo que te apetezca.
Alma la miró durante un momento. Vera no supo si estaba intentando decidir qué responder o si simplemente la había sorprendido la invitación. Después, la fotógrafa sonrió, y aquella sonrisa tuvo un efecto inmediato sobre el pequeño nudo que Vera sentía en el estómago.
—Me apetece quedarme —respondió—. Además, me gustaría comprobar si tu cafetera sobrevive a un apagón.
—Es una máquina muy resistente. Ha sobrevivido a clientes que intentan prepararse un café sin poner agua.
—Entonces está preparada para cualquier cosa.
Vera se rio y cerró la puerta. Al girar el cartel para anunciar que la librería había cerrado antes de lo habitual, se descubrió pensando que quizá aquella tarde no necesitaba convertirse en una noche inolvidable para merecer la pena.
A veces bastaba con que lloviera, con que las tareas quedaran a medias y con que alguien aceptara quedarse un rato más.
La cocina parecía aún más pequeña sin la luz principal.
Vera encendió una lámpara portátil que guardaba en un cajón para los cortes de electricidad y la colocó sobre la encimera, donde proyectó un círculo cálido sobre las tazas y el bote de café.
Alma se quitó el abrigo y lo dejó junto al de Vera, en el respaldo de una silla.
Después se acercó a la ventana, donde la lluvia dibujaba caminos irregulares sobre el cristal.
—Es curioso —comentó—. Cuando era pequeña, me encantaban las tormentas. Me sentaba junto a la ventana y esperaba a que mi madre dijera que ya podía salir a jugar. Ahora solo pienso en si he dejado algo tendido en la terraza.
—La madurez es una sucesión de decepciones domésticas.
Alma se volvió hacia ella, riéndose.
—¿Eso lo has leído en algún libro?
—No. Pero estoy pensando en escribirlo en una taza.
Vera encontró dos velas en un cajón y las colocó sobre la mesa, lejos de los papeles.
No necesitaban encenderlas todavía, pero le gustaba tenerlas preparadas.
Después comprobó si la cafetera podía funcionar con la batería de emergencia, descartó la idea y decidió que podían conformarse con las pastas que Alma había traído.
La fotógrafa abrió la caja y las colocó en un plato, mientras Vera buscaba dos vasos de agua y un pequeño recipiente donde dejar las envolturas.
Se sentaron una frente a la otra, con las rodillas casi rozándose bajo la mesa.
Al principio hablaron de cosas pequeñas: la tormenta, el paraguas de Alma y el gato de la vecina que seguía entrando en su cocina como si pagara alquiler.
Vera le contó que había intentado echarlo varias veces, pero el animal había descubierto que bastaba con mirarla fijamente para conseguir que ella acabara sirviéndole un poco de comida.
Alma afirmó que aquello no era un gato, sino un empresario con una estrategia comercial impecable.
Vera se rio tanto que estuvo a punto de derramar el agua, y durante un rato la conversación se mantuvo en aquel terreno cómodo donde ninguna tenía que decidir qué significaban sus palabras.
Sin embargo, a medida que la tarde avanzaba y la lluvia seguía golpeando las ventanas, los silencios empezaron a alargarse sin resultar incómodos.
Alma se apoyó en el respaldo de la silla y miró alrededor de la pequeña cocina, como si estuviera descubriendo una parte de la librería que no aparecía cuando entraban los clientes.
Vera le explicó que el sofá del rincón de lectura había pertenecido al anterior dueño y que, aunque no combinaba con ninguna de las estanterías, se había negado a cambiarlo.
Alma dijo que le gustaba, que parecía el tipo de sofá en el que alguien podía sentarse a leer un capítulo y acabar pasando allí toda la tarde.
Vera respondió que eso ocurría con frecuencia, aunque la mayoría de las personas fingían que habían perdido la noción del tiempo por culpa de los libros y no porque el sofá fuera demasiado cómodo.
—¿Y tú? —preguntó Alma—. ¿Te quedas aquí después de cerrar?
Vera pensó un momento antes de responder.
—A veces. Cuando tengo que terminar algún pedido o revisar las cuentas. Otras veces me quedo leyendo, aunque procuro no trabajar hasta demasiado tarde. Si paso demasiadas horas aquí, después me cuesta desconectar cuando llego a casa.
—¿Te gusta vivir sola?
La pregunta no sonó indiscreta, pero Vera se tomó un momento para pensarla.
No porque le molestara, sino porque la respuesta no era tan sencilla como un sí o un no.
Le gustaba tener su espacio, ordenar sus cosas a su manera y no tener que negociar cada decisión cotidiana con otra persona.
Le gustaba despertarse sin hablar con nadie hasta que le apetecía, preparar el desayuno escuchando la radio y pasar una tarde entera leyendo si el trabajo se lo permitía.
También había días en los que la casa parecía demasiado silenciosa, en los que habría agradecido contarle a alguien una tontería antes de acostarse o compartir una cena sin tener que planearla con varios días de antelación.
—Sí —respondió finalmente—. Me gusta tener mi espacio y decidir cómo organizo mi vida. Pero eso no significa que siempre me apetezca estar sola.
Alma asintió, como si entendiera perfectamente la diferencia.
—Creo que a mí me pasa algo parecido. Me gusta tener mi casa, mi trabajo y mis horarios, pero a veces me descubro deseando que alguien me pregunte cómo ha ido el día. Y después me sorprendo porque llevo años defendiendo que no necesito a nadie para estar bien.
Vera apoyó los antebrazos sobre la mesa.
—Una cosa no contradice la otra. Puedes estar bien sola y querer compartir algunas cosas con alguien. No tienes que elegir entre ser independiente y tener compañía.
Alma bajó la mirada hacia sus manos y sonrió ligeramente.
—Eso suena muy razonable.
—Lo es. Otra cosa es que nos resulte fácil hacerlo.
La fotógrafa levantó la cabeza y sus ojos se encontraron.
Vera no apartó la mirada, aunque sintió el impulso de hacerlo cuando la expresión de Alma se volvió un poco más seria.
No había nada amenazador en aquel silencio, pero sí una intimidad nueva, distinta de la que habían compartido mientras organizaban las tarjetas o se reían de las calabazas.
La conversación había dejado de girar alrededor de los libros y empezaba a acercarse a algo que ambas reconocían sin haberlo nombrado todavía.
Alma cogió una pasta del plato y la partió por la mitad.
—¿Puedo preguntarte algo un poco personal?
Vera notó que su espalda se enderezaba casi por reflejo. No sabía qué iba a preguntarle Alma, pero agradeció que lo anunciara antes de hacerlo. Le permitía decidir si quería responder, y también le daba tiempo para reconocer si había algún tema que prefería mantener para sí misma.
—Puedes preguntarme —dijo—. Y yo decidiré si te contesto.
Alma sonrió.
—Me parece justo. ¿Cómo has ido adaptando la librería a los cambios de visión?
Vera se quedó mirando la taza vacía que tenía delante.
No era una pregunta inesperada. Había tenido que responderla en otras ocasiones, a veces ante personas que mostraban una curiosidad sincera y otras ante quienes parecían convencidos de que conocer su diagnóstico les daría derecho a comprender todas las decisiones de su vida.
Alma, sin embargo, no había preguntado qué enfermedad tenía ni cuánto tiempo le quedaba antes de perder la visión.
Había preguntado por la librería, por la forma en que ella había adaptado un espacio que conocía bien.
—Poco a poco —respondió—. Al principio intentaba seguir haciendo todo exactamente igual que antes, como si cambiar la manera de hacer una cosa significara que ya no podía hacerla.
Me empeñaba en leer etiquetas con la misma luz, en revisar documentos con el mismo tamaño de letra y en trabajar durante horas sin detenerme, aunque terminara con los ojos agotados.
Después comprendí que estaba gastando mucha energía en demostrarme que todavía podía hacerlo todo de la misma manera, en lugar de preguntarme qué necesitaba para seguir haciéndolo.