CAPÍTULO 5 #3
Siguieron trabajando durante casi una hora.
Prepararon una lista provisional de lecturas, distribuyeron las pistas en diferentes sobres y calcularon cuántas sillas podrían colocar sin bloquear el paso entre las estanterías.
Alma propuso que algunas de las preguntas estuvieran relacionadas con detalles de las cubiertas, mientras Vera insistió en que todas debían poder resolverse sin que los participantes tuvieran que leer textos demasiado pequeños o rebuscar en lugares difíciles de alcanzar.
No se trataba solo de que el juego fuera divertido; quería que resultara cómodo para quienes acudieran a la librería y que nadie tuviera que sentirse excluido por no poder resolver una pista de la misma manera que otra persona.
—Podemos utilizar pistas de distintos tipos —dijo Alma—. Algunas pueden depender de una palabra en el título, otras de la ilustración de una cubierta y otras de una descripción que leeremos en voz alta. Así nadie tiene que hacer siempre lo mismo.
Vera sonrió.
—Eso me gusta. Y podemos preparar una versión en letra grande para quien la prefiera.
—Perfecto. También podríamos dejar las pistas escritas en tarjetas de un color que contraste con el texto.
—¿Ves? —dijo Vera, señalando la lista—. Por eso quería que volvieras.
Alma levantó la mirada hacia ella. Vera había pronunciado la frase con la misma naturalidad con que habría comentado que necesitaba una segunda opinión sobre una estantería, pero al darse cuenta de lo que acababa de decir, sintió que se le calentaban las mejillas.
Podría haber añadido que Alma tenía buenas ideas o que era útil contar con otra persona para organizar el evento.
Ambas cosas eran ciertas. Sin embargo, ninguna le parecía una explicación suficiente para el pequeño placer que había sentido al verla entrar por la puerta.
Alma no hizo ningún comentario que la obligara a justificarse. Se limitó a sonreír y a volver a mirar las tarjetas.
—Pues me alegro de haber venido.
Vera agradeció aquella respuesta sencilla. No necesitaba que Alma la tranquilizara ni que convirtiera el momento en algo importante. Le bastaba con saber que había dicho lo que quería decir y que la fotógrafa no parecía incómoda por haberlo escuchado.
A las cinco y media, la lluvia arreció de nuevo.
El agua golpeaba el tejado con tanta fuerza que a ratos parecía que alguien estuviera arrojando puñados de grava contra las ventanas.
Una corriente de aire se coló bajo la puerta cuando un cliente salió de la librería, levantando varias hojas de papel que descansaban sobre el mostrador.
Vera las sujetó antes de que cayeran al suelo y Alma cerró la puerta con cuidado, comprobando que el pestillo hubiera encajado bien.
—Creo que el tiempo está intentando entrar a comprar un libro —comentó la fotógrafa.
—Si lo hace, pienso recomendarle uno sobre educación.
Alma volvió a la mesa y recogió los sobres que habían preparado.
Vera se levantó para comprobar las ventanas del fondo, porque había notado una corriente fría cerca de la estantería de novedades.
Al pasar junto a una mesa auxiliar, rozó con la cadera una caja de cartón que alguien había dejado mal colocada.
La caja se inclinó y varios libros que estaban encima se deslizaron hacia el borde.
Vera alcanzó a sujetar dos, pero uno cayó al suelo y otro quedó atrapado entre la mesa y la pared.
—Espera —dijo Alma, acercándose—. ¿Quieres que los recoja yo?
—Sí, por favor. El que ha caído está junto a la pata de la mesa, y el otro se ha quedado detrás.
Alma se agachó y recuperó ambos libros. No intentó mover la mesa ni reorganizar la caja sin consultarle; simplemente los recogió y esperó a que Vera le indicara dónde colocarlos.
El incidente no tuvo importancia, pero Vera sintió un agradecimiento profundo por aquella forma de ayudar, que no la obligaba a explicar por qué no había podido sujetar todos los libros ni a fingir que no necesitaba una mano.
—Gracias —dijo mientras los colocaban en la estantería.
—De nada. ¿Quieres que revisemos también esa caja? Parece que está a punto de declarar la guerra al mobiliario.
Vera miró hacia la mesa y asintió.
—Sí. Si la dejamos ahí, mañana habrá libros por toda la librería.
Trabajaron juntas para despejar la mesa y colocar las cajas en un lugar más estable.
Alma le preguntó dónde prefería dejar cada cosa y Vera fue indicándole qué materiales necesitaba tener a mano y cuáles podían guardarse hasta la semana siguiente.
Cuando terminaron, la mesa quedó libre y el paso entre las estanterías volvió a estar despejado.
Vera comprobó que no hubiera quedado ningún libro en el suelo y regresó al mostrador con una sensación de satisfacción modesta, pero real.
Fue entonces cuando oyó un chasquido procedente del fondo de la librería.
Una de las luces parpadeó y se apagó. Un segundo después, la lámpara pequeña que había junto a la caja registradora se extinguió también, dejando el local iluminado únicamente por la claridad gris que entraba desde la calle y por una lámpara de emergencia situada junto a la puerta.
—Bueno —dijo Alma, mirando hacia el techo—. Parece que el fantasma ha encontrado trabajo.
Vera soltó una risa breve, aunque enseguida buscó el interruptor de la lámpara articulada.
No se encendió. El ordenador seguía funcionando con la batería de reserva, pero la pantalla había reducido el brillo y la luz que quedaba en la habitación no bastaba para distinguir los detalles con comodidad.
Vera conocía bien aquella sensación: el entorno no había desaparecido, pero había dejado de ofrecerle la información que necesitaba para moverse y trabajar con la misma facilidad.
Podía orientarse en la librería porque conocía la disposición de los muebles y había aprendido dónde estaban los obstáculos habituales, pero no quería fingir que podía seguir con cualquier tarea sin modificar las condiciones.
—Voy a comprobar el cuadro eléctrico —dijo—. Está en el pasillo de atrás. ¿Puedes quedarte aquí un momento?
—Claro.
Vera caminó hacia el fondo siguiendo el recorrido que conocía de memoria.
La lluvia seguía golpeando las ventanas y el sonido parecía más intenso ahora que la cafetera y el ordenador habían dejado de emitir sus pequeños ruidos habituales.
Encontró la puerta del pasillo, encendió la linterna del teléfono y comprobó el cuadro eléctrico.
El interruptor general seguía en su sitio, así que no parecía tratarse de una avería interna.
Probablemente había saltado la luz en parte de la calle, algo que ocurría de vez en cuando las tormentas se alargaban.
Volvió al mostrador y consultó el teléfono. Había recibido un mensaje de la compañía eléctrica, enviado unos minutos antes, que informaba de una incidencia en la zona y de una estimación de tiempo que no garantizaba nada. Vera dejó escapar un suspiro y guardó el aparato.
—Parece que no es solo la librería. Hay una incidencia en el barrio y todavía no saben cuánto tardarán en arreglarla.
Alma miró hacia el escaparate. La calle estaba casi vacía y la lluvia había borrado buena parte de la luz del día.
—¿Qué quieres hacer?
La pregunta hizo que Vera la mirara. Alma no había empezado a recoger las cosas ni había decidido que debían marcharse. Tampoco había ofrecido soluciones antes de saber qué necesitaba. Simplemente le estaba preguntando qué quería hacer, como si la respuesta le correspondiera a ella.
Vera pensó en las tareas que todavía tenía pendientes, en los sobres que habían preparado y en la lista de cuentas que seguía esperando en el ordenador.
Podía cerrar la librería, marcharse a casa y continuar al día siguiente, cuando hubiera luz.
No tenía sentido quedarse allí intentando trabajar a oscuras, y menos aún con una tormenta que parecía dispuesta a durar toda la tarde.
—Creo que voy a cerrar antes —respondió—. No puedo seguir trabajando con esta luz y, si la incidencia tarda, tampoco tiene sentido que nos quedemos aquí sin hacer nada.
Alma asintió.
—Me parece bien. ¿Quieres que te ayude a guardar las cosas?
—Sí, gracias. Podemos dejar las tarjetas en la carpeta y cubrir los libros que hemos sacado. Mañana continuaré desde aquí.
Trabajaron juntas para recoger la mesa. Alma guardó los sobres, Vera comprobó que la carpeta estuviera completa y ambas devolvieron los libros a las estanterías.
Después Vera apagó el ordenador, cerró la caja registradora y revisó que las ventanas estuvieran bien aseguradas.
No necesitaba que Alma hiciera nada por ella, pero le agradecía su presencia.
La tarde se había convertido en una sucesión de pequeños contratiempos y, aun así, no se sentía sola frente a ellos.
Había alguien a su lado que podía recoger un libro, sostener una carpeta o esperar en silencio mientras ella comprobaba una cosa más.
Cuando terminó, Vera se puso el abrigo y cogió el bolso.
Se acercó a la puerta para girar el cartel, pero antes de abrirla miró hacia la calle y vio que el agua caía con tanta fuerza que apenas se distinguían las casas del otro lado de la plaza.
El viento empujaba la lluvia contra el escaparate y las ramas del árbol situado junto a la fuente se doblaban de un lado a otro.
Vera calculó mentalmente el trayecto hasta su casa y decidió que no le apetecía recorrerlo en aquellas condiciones.
Alma se colocó el abrigo y se acercó a la puerta, observando el cielo.
—Creo que mi paraguas no sobreviviría a una segunda batalla.
—El mío está en casa, así que no estamos en condiciones de juzgar a nadie.
—Podríamos esperar un poco.