Un octubre para encontrarte CAPÍTULO 5 #2
30%

CAPÍTULO 5 #2

Quizá porque aquella idea se parecía bastante a lo que ella quería, aunque no siempre supiera cómo expresarlo.

No necesitaba a nadie que reorganizara su vida, que tomara decisiones en su nombre o que tratara cada dificultad como una invitación a rescatarla.

Había construido una manera de vivir que le permitía trabajar, moverse por el pueblo, leer, cocinar y cuidar de sí misma con la autonomía que necesitaba.

La pérdida progresiva de visión había obligado a modificar algunas costumbres y a aprender otras, pero no había borrado sus preferencias ni convertido su vida en una espera.

Seguía siendo Vera, con sus manías, su humor y su terquedad; seguía queriendo las mismas cosas y descubriendo otras nuevas.

Si alguien iba a acercarse a ella, tendría que comprender que ayudar no era lo mismo que hacerse cargo.

Pensar en ello le recordó que todavía no había escrito a Alma, así que sacó el teléfono y abrió la conversación.

No tenían demasiados mensajes. Un intercambio breve sobre la receta de los bizcochitos, en el que Vera había confesado que se había comido dos antes de la hora de comer, y un mensaje de Alma preguntando si había conseguido localizar la guirnalda de hojas.

Vera había respondido que sí y que ninguna calabaza había sufrido daños irreparables.

Alma había contestado con un emoticono de una calabaza y otro de una cara riéndose.

Era poco, pero bastaba para que Vera supiera que no estaba escribiéndole a una desconocida.

Tecleó:

Lo leyó, añadió

Le pareció demasiado formal, como si estuviera escribiendo a una colaboradora a la que necesitaba contratar para una tarea. Borró la frase y probó otra:

Esta vez sonrió, pero terminó borrándola también. No porque no le gustara, sino porque no quería esconder una invitación sencilla detrás de una broma que pudiera interpretarse de cualquier manera.

Al final escribió:

Lo envió antes de que pudiera encontrar otra cosa que corregir y dejó el teléfono sobre el mostrador, con una sensación de alivio que le pareció completamente desproporcionada.

Después se obligó a volver a las facturas, aunque durante los siguientes minutos descubrió que estaba leyendo las mismas cifras sin retener ninguna.

La respuesta llegó mientras revisaba un pedido.

Vera leyó el mensaje dos veces, sonrió y escribió que sí, que a partir de las cuatro estaría en la librería.

Añadió que la lluvia parecía dispuesta a quedarse, así que podía traer un paraguas.

Alma contestó que lo intentaría, aunque no prometía nada porque el suyo tenía una relación complicada con el viento.

Vera dejó el teléfono y se sorprendió riéndose en voz baja.

La conversación no tenía nada extraordinario, pero le había mejorado la mañana.

No necesitaba analizarlo más. Alma iba a venir aquella tarde, y podrían seguir hablando de la noche de historias.

Si además conseguían organizar algunas tareas, mejor todavía.

Vera decidió que era suficiente y volvió a abrir la hoja de cálculo, esta vez con la atención algo más despejada.

A las cuatro menos cuarto, el cielo seguía descargando agua.

Alma llegó a la librería a las cuatro y diez, con el pelo húmedo, el abrigo salpicado de gotas y una bolsa de papel protegida bajo el brazo.

Vera la vio desde detrás del mostrador y sintió esa pequeña alegría que empezaba a resultarle familiar, aunque todavía no hubiera decidido qué hacer con ella.

La fotógrafa cerró la puerta con el hombro, sacudió el paraguas roto y lo contempló con una expresión de reproche.

—Antes de que digas nada, quiero dejar claro que el paraguas ha luchado con valentía.

Vera dejó el lápiz sobre el mostrador.

—¿Ha ganado el viento?

—Por una diferencia mínima. El árbitro estaba comprado.

Alma levantó el paraguas para mostrarle una varilla torcida y Vera se echó a reír.

La fotógrafa llevaba una bufanda color teja que le asomaba por el cuello del abrigo y tenía varias gotas prendidas en las pestañas.

Parecía haber venido deprisa para no mojarse demasiado, aunque el resultado sugería que el tiempo había ganado la carrera.

Vera estuvo a punto de ofrecerle una toalla, pero recordó que no tenía ninguna a mano y se limitó a señalar el perchero que había junto a la puerta.

—Puedes dejar el abrigo ahí. Si lo cuelgas cerca de la calefacción, quizá consigamos que sobreviva.

—¿Y el paraguas?

—Creo que necesita una despedida digna.

—Pensaba enterrarlo en el jardín.

—No tenemos jardín.

—Entonces habrá que improvisar.

Alma dejó el paraguas en un cubo que Vera utilizaba para recoger el agua cuando algún cliente entraba con el suyo chorreando, se quitó el abrigo y lo colgó en el perchero. Después levantó la bolsa de papel.

—He traído algo para merendar. Esta vez no he intentado hacer nada en el horno.

Vera miró la bolsa con curiosidad.

—¿Debería preocuparme?

—Son pastas de la panadería. He decidido respetar los límites de mis habilidades.

—Una decisión muy sensata.

Alma sacó una pequeña caja de pastas de mantequilla y la dejó junto a la cafetera.

Vera pensó que era un gesto amable, aunque se recordó que no tenía por qué buscar un significado oculto en cada cosa que hacía la fotógrafa.

Había venido a ayudarla con la organización y había traído algo para compartir.

Podía ser tan sencillo como eso, y Vera quería aprender a disfrutar de lo sencillo sin exigirle que se convirtiera en una certeza.

—¿Cómo ha ido la mañana? —preguntó Alma mientras se acercaba al mostrador.

—He vendido tres libros, respondido a un proveedor y descubierto que las facturas no desaparecen aunque las mires con mucha mala cara.

—¿Has probado a amenazarlas?

—Sí, pero son muy poco sensibles a la presión psicológica.

Alma sonrió y miró la carpeta abierta sobre el mostrador.

—¿Has avanzado con el evento?

—Un poco. He elegido algunas lecturas, aunque todavía no estoy segura del orden. También he pensado que podríamos poner las tarjetas de la búsqueda de pistas en sobres pequeños, para que la gente no vea las respuestas antes de tiempo.

—Eso suena bien. Podemos preparar una primera versión y probarla nosotras mismas. Si no funciona, siempre podemos culpar al fantasma profesional.

Vera le acercó la carpeta y señaló las notas que habían preparado juntas el lunes.

Alma se inclinó para leerlas, aunque enseguida se dio cuenta de que Vera estaba buscando algo en la pantalla del teléfono.

La librera había ampliado una lista de títulos y se desplazaba por ella con el dedo, acercando el aparato a su rostro para distinguir una línea que parecía demasiado pequeña.

Alma la observó durante un momento y después apartó la mirada, procurando no convertir una tarea cotidiana en una escena que exigiera una reacción por su parte.

—¿Quieres que lea los títulos en voz alta mientras los revisas? —preguntó.

Vera levantó la cabeza. La pregunta la sorprendió, pero no por la ayuda en sí, sino por la forma en que Alma la había ofrecido. No había alargado la mano para coger el teléfono, ni había decidido que necesitaba intervenir. Simplemente había preguntado, dejando que Vera eligiera.

—Sí, por favor. Así será más rápido.

Alma se sentó a su lado y empezó a leer la lista.

Vera iba comprobando cada título en el catálogo de la librería, indicando cuáles tenía disponibles y cuáles tendría que pedir.

Cuando un nombre le resultaba desconocido, Alma esperaba mientras ella ampliaba la información o consultaba las notas.

No intentaba completar las frases por ella ni se apresuraba a interpretar sus silencios.

Aquella forma de trabajar juntas le permitió concentrarse en la selección de libros sin sentir que debía demostrar nada, y Vera descubrió que podía agradecer la ayuda sin experimentar la sensación de estar cediendo terreno.

Al cabo de unos minutos, Alma dejó el teléfono sobre la mesa y señaló dos títulos que aparecían seguidos en la lista.

—Estos dos podrían funcionar juntos. El primero tiene más misterio y el segundo es más cálido, así que podríamos empezar con el más inquietante y terminar con algo que deje a la gente de buen humor.

—¿Y si empezamos con una historia de fantasmas y terminamos con una de amor?

—Eso sería bastante apropiado para una noche de Halloween.

Vera volvió la cabeza hacia ella.

—¿Lo dices por las historias o por alguna otra cosa?

La pregunta salió con más naturalidad de la que esperaba, pero en cuanto la pronunció sintió un pequeño vuelco en el estómago.

Alma dejó de mover los papeles y la miró con una expresión que no era exactamente de sorpresa.

Durante un instante, Vera tuvo la impresión de que ambas estaban pensando en la misma conversación de la cocina, en aquella frase sobre los romances y las vidas que no debían desaparecer para hacer sitio a otra persona.

—Por las historias, por supuesto —respondió Alma, con una sonrisa que parecía contener algo más que una broma—. Aunque reconozco que una historia de amor con fantasmas tendría posibilidades.

Vera soltó una risa y volvió a mirar la carpeta.

—Mientras el fantasma no tenga que encargarse de la contabilidad, por mí perfecto.

Alma se rio también, y la conversación recuperó su ritmo. Sin embargo, Vera notó que la pregunta había dejado una pequeña huella entre ambas, algo parecido a una puerta que ninguna se había atrevido a abrir del todo, pero que tampoco parecía necesario cerrar.