Un octubre para encontrarte CAPÍTULO 5
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CAPÍTULO 5

LOS DOMINGOS TAMBIÉN LLUEVE

La lluvia empezó poco después de las diez, cuando Vera llevaba casi una hora intentando convencer a una hoja de cálculo de que las cuentas de la librería podían presentarse de una manera menos deprimente.

Primero fueron unas gotas dispersas que golpearon el escaparate con la delicadeza de alguien que llama a una puerta sin estar seguro de que haya alguien en casa.

Después, el cielo de San Amaro das Follas se cerró sobre los tejados y el agua comenzó a caer con la determinación de quien llevaba toda la mañana esperando su turno.

Vera levantó la cabeza al escuchar el cambio de ritmo, miró hacia la calle y suspiró.

Había dejado el paraguas en casa, lo cual no era exactamente una novedad, pero sí una decisión que empezaba a parecerle especialmente estúpida.

—Claro que sí —murmuró, volviendo a la pantalla—. Porque las facturas no eran suficiente entretenimiento.

La librería olía a papel, madera y café recién hecho.

Vera había encendido las lámparas pequeñas que distribuía entre las estanterías, aunque la luz gris que entraba por los ventanales seguía empeñada en borrar los contrastes y convertir los lomos de algunos libros en una sucesión de manchas de colores parecidos.

En días así prefería trabajar con la lámpara articulada del mostrador y mantener el teléfono a mano para ampliar las etiquetas que necesitaba consultar.

No era la forma más rápida de hacer inventario, pero funcionaba, y había aprendido hacía tiempo que insistir en una tarea sin adaptar las condiciones solo porque antes podía hacerla de otra manera era una excelente forma de acabar con dolor de cabeza y mal humor.

Abrió el programa de gestión, amplió el tamaño del texto y revisó de nuevo los movimientos de la última semana.

Las cifras no habían cambiado desde la noche anterior, por más que ella las mirara con distintas combinaciones de zoom y brillo.

Había vendido algunos libros, recibido un pedido que llevaba días esperando y conseguido que dos clientes habituales encargaran títulos para recoger la semana siguiente.

Eran pequeñas victorias, y Vera intentaba concederles el valor que merecían, pero al final de la página seguía apareciendo la misma suma: alquiler, proveedores, electricidad, impuestos y una lista de gastos que no parecía tener la menor intención de reducirse por iniciativa propia.

La noche de historias podía atraer a gente nueva, pero no iba a arreglarlo todo.

Vera lo sabía y, aun así, llevaba dos días pensando en la distribución de las sillas, en las lecturas que quería seleccionar y en las tarjetas para la búsqueda de pistas.

Había algo reconfortante en preparar un evento, en convertir una preocupación demasiado grande en una lista de tareas que podía ir tachando una a una.

Lo difícil era recordar que, una vez terminadas las tareas, seguiría teniendo que enfrentarse a las cuentas.

Cerró la hoja de cálculo y se quitó las gafas de lectura para frotarse suavemente el puente de la nariz.

No estaba cansada únicamente de la pantalla.

También lo estaba de tener que pensar en todo al mismo tiempo, de calcular cuánto podía gastar en la decoración y cuántas horas tendría que dedicar a preparar el evento sin descuidar el trabajo cotidiano.

La librería era suya, y esa palabra le seguía produciendo una mezcla de orgullo y vértigo.

Había pasado años construyendo aquel lugar a su manera, escogiendo los libros, organizando las estanterías y aprendiendo a reconocer las preferencias de los clientes.

Le gustaba que alguien entrara buscando una novela concreta y acabara marchándose con un ensayo que no sabía que necesitaba, o que una persona regresara semanas después para contarle que había disfrutado de una recomendación.

Esas cosas no aparecían en ninguna hoja de cálculo, pero eran una parte fundamental de lo que hacía que el trabajo mereciera la pena.

El problema era que el cariño no pagaba las facturas, por mucho que Vera hubiera intentado negociar con esa idea en más de una ocasión.

Alargó la mano hacia el cuaderno donde había anotado las tareas del evento y repasó la lista.

Elegir las lecturas, preparar las pistas, revisar la decoración, anunciar la fecha, comprobar si podía conseguir algunas sillas adicionales.

Junto a aquella última anotación había escrito el nombre de Alma, seguido de una pequeña pregunta que se había prometido no interpretar demasiado: «Preguntarle cuándo puede volver».

La había añadido el día anterior, después de recordar que Alma había dicho que le gustaría seguir ayudándola a organizar la noche de historias.

Vera todavía no le había escrito. Podía hacerlo, por supuesto; tenía su número y no necesitaba inventarse ninguna excusa.

Sin embargo, una parte de ella seguía convencida de que era mejor esperar hasta tener algo concreto que consultarle, como si pedirle que volviera a la librería pudiera revelar una intención que todavía no estaba preparada para examinar.

Le molestaba un poco descubrirse tan prudente con algo tan sencillo.

Era una mujer adulta, llevaba una librería, había tomado decisiones bastante más difíciles que enviar un mensaje y no necesitaba convertir una conversación en un examen de sus propias emociones.

Aun así, cada vez que cogía el teléfono para escribirle, terminaba encontrando alguna tarea urgente que hacer.

Aquella mañana había ordenado las facturas, reorganizado una caja de devoluciones y revisado dos veces el correo de los proveedores.

El teléfono seguía en el mismo sitio, con la pantalla apagada, y el mensaje continuaba sin escribirse.

—No voy a discutir contigo —le dijo al aparato, antes de volver a guardarlo en el bolsillo del delantal.

La campanilla de la puerta sonó y Vera levantó la cabeza, esperando encontrar a alguno de sus clientes habituales.

Entró una mujer con un paraguas rojo, sacudiendo las gotas del abrigo, y se acercó al mostrador para preguntarle si tenía alguna novela de misterio que no fuera demasiado violenta.

Vera le recomendó dos títulos, explicó brevemente las diferencias entre ambos y la acompañó hasta la estantería correspondiente.

La mujer terminó escogiendo uno de los libros, agradeció el consejo y se marchó con la promesa de volver para contarle qué le había parecido.

Vera la despidió con una sonrisa y regresó al mostrador un poco más animada.

Aquella venta no iba a cambiar el mes, pero era una venta, y también una conversación de las que le recordaban por qué seguía abriendo la librería cada mañana.

Apenas había vuelto a sentarse cuando el cielo descargó un trueno tan fuerte que los cristales vibraron ligeramente.

Vera miró hacia el escaparate y vio cómo la calle se transformaba en una cinta brillante de agua.

La lluvia golpeaba las piedras, desbordaba los canalones y caía en diagonal bajo el empuje del viento.

La gente que pasaba por la plaza caminaba encogida, con las cabezas bajas y los paraguas inclinados, mientras las hojas mojadas se pegaban al suelo como pequeños animales cansados.

Vera sintió un alivio inesperado. No porque le gustara el mal tiempo, sino porque aquella lluvia imponía una pausa al pueblo.

Los pasos se hicieron más escasos, las conversaciones de la calle desaparecieron y el interior de la librería adquirió esa calma particular que solo aparecía cuando el mundo exterior parecía haberse alejado unos metros.

Le gustaba trabajar mientras llovía, siempre que no tuviera que salir a ninguna parte.

El sonido del agua le permitía concentrarse, y el olor a humedad que se filtraba por la puerta cuando entraba un cliente hacía que la librería pareciera aún más acogedora.

Se levantó para comprobar que las ventanas estuvieran bien cerradas y aprovechó para colocar en el escaparate una pequeña calabaza de cerámica que llevaba dos días esperando su turno.

Al girarla para que quedara orientada hacia la calle, recordó la tarde del lunes y las calabazas de plástico que habían caído sobre la cabeza de Alma.

La imagen regresó con tanta claridad que Vera sonrió antes de darse cuenta.

Recordó su expresión indignada, la manera en que había sostenido uno de los adornos como si presentara pruebas ante un tribunal y el sonido de su risa cuando por fin dejaron de intentar fingir que la situación era seria.

Desde entonces había pensado varias veces en aquella tarde, siempre con la excusa de recordar algún detalle relacionado con la organización del evento.

La caja de adornos, la guirnalda, la lista de lecturas.

En realidad, lo que más recordaba era la sensación de tener a Alma cerca sin sentirse obligada a llenar cada silencio.

Habían hablado de libros, de fotografía y de la manera en que una persona podía encontrar un lugar en la vida de otra sin tener que desaparecer para hacerle sitio.

Vera no sabía si Alma había dicho aquello pensando en alguien concreto o si se trataba simplemente de una idea que le parecía importante.

Lo que sí sabía era que se había quedado dándole vueltas después de que la fotógrafa se marchara.